A más de tres décadas de su muerte, la sombra de Jaime Guzmán y del gremialismo original sigue proyectándose con fuerza sobre el debate institucional chileno. Tras el fracaso de los recientes procesos constituyentes y en medio de una reconfiguración de las fuerzas de derecha que hoy lideran el Ejecutivo, la vigencia del arquitecto de la Constitución de 1980 vuelve a estar en el centro del análisis histórico y político.
En este contexto, el escritor e investigador Guido Arroyo acaba de publicar Animal político: un perfil de Jaime Guzmán, una obra de corte ensayístico que indaga en las zonas mudas y en las complejidades de quien asumió, con apenas 27 años, la redacción de la carta fundamental durante la dictadura cívico-militar.
En diálogo con Radio Universidad de Chile, Arroyo explicó que optó por el formato de perfil en lugar de una biografía tradicional debido a la necesidad de masticar y desentrañar las múltiples capas de una figura que funcionó como el gran cerebro estratégico del régimen. “Las personas más interesantes de retratar son las más complejas. Guzmán es alguien que se funda desde una postura vinculada al franquismo y al grupo Fiducia, pero que luego demuestra una actitud muy camaleónica y táctica para acceder al poder, pactando incluso con el paradigma neoliberal a cambio de asegurar su proyecto constitucional”, sostuvo el autor.

El cerebro refundacional y la herencia disputada en la derecha actual
Durante la conversación, Arroyo puntualizó que lo que diferenció a la dictadura chilena de otros regímenes autoritarios de América Latina —que solían tener un carácter meramente destructivo— fue precisamente la capacidad de refundación constitucional y el horizonte a largo plazo aportados por Guzmán. “Chile tuvo una espalda para refundar moralmente, cívicamente y culturalmente el país gracias al apoyo civil, y bajo esa única lógica, Guzmán fue la figura más trascendente y con mayor capacidad estratégica e intelectual de ese proceso”, argumentó el investigador.
Al analizar la huella del exsenador en el actual mapa político y en el gobierno de José Antonio Kast, Arroyo trazó una distinción entre las dos grandes corrientes que emanaron de su doctrina, marcando una distancia entre la UDI histórica y el Partido Republicano. A su juicio, existe una brecha profunda entre el proyecto original y sus herederos contemporáneos.
“En la primera UDI, Guzmán puso un acento muy importante en sintonizar con el tejido y el sentir de las clases populares, un elemento que el actual Partido Republicano claramente no posee”, sentenció el escritor, rebatiendo la idea de una continuidad absoluta. En esa línea, complementó: “El Presidente Kast admira el gremialismo primigenio, el más moralizante y antimarxista del lema familia, patria y Dios; pero no el que luego mostró un sentido práctico y técnico en la administración del poder. Hoy vemos en el Gobierno una desconexión radical con el tejido social”.
Las zonas mudas de su asesinato y el inevitable retorno constituyente
El perfil escrito por Arroyo también indaga en el asesinato de Jaime Guzmán en abril de 1991, un hecho que, paradójicamente, terminó por consolidar la hegemonía de la UDI en los años noventa al dotarla de una figura fundacional y de un mártir político inamovible. Sin embargo, el autor advirtió que su muerte sigue rodeada de interrogantes históricas y pistas desatendidas en los tribunales.

“El asesinato está lleno de zonas grises. Hay documentos desclasificados de la CIA e innumerables testimonios del entorno íntimo de Guzmán, incluida su hermana Rosario, que apuntan hacia Manuel Contreras y la DINA como infiltrados o impulsores intelectuales del atentado, ante el temor de que el senador declarara en su contra en las causas de derechos humanos”, reveló Arroyo, contrastando estas tesis con las verdades judiciales asentadas.
Al cierre, el escritor reflexionó sobre la incombustibilidad del legado del fundador de la UDI, asegurando que su figura volverá a emerger inevitablemente cuando Chile retome, en las próximas décadas, el inconcluso debate sobre una nueva Carta Magna que logre un consenso transversal. Para Arroyo, superar la polarización y la precariedad de la actual clase política exige dejar atrás tanto la sacralización fanática como la demonización superficial de su rol: solo excavando con rigor histórico en sus contradicciones será posible comprender las bases que estructuran el Chile del presente.






