La OTAN 3.0: la nueva arquitectura que busca Trump para la alianza

La cumbre de la organización transatlántica en Ankara abre una nueva etapa de la alianza. Trump empuja a Europa a gastar, producir y asumir más defensa, mientras Estados Unidos redefine su liderazgo global avanzando a nuevos frentes.

La cumbre de la organización transatlántica en Ankara abre una nueva etapa de la alianza. Trump empuja a Europa a gastar, producir y asumir más defensa, mientras Estados Unidos redefine su liderazgo global avanzando a nuevos frentes.

En el convulso escenario internacional actual, la cumbre número 36 de la OTAN en Ankara, Turquía, adquiere una relevancia especial para entender cómo se está reconfigurando el orden dentro de la propia alianza transatlántica y cómo esa redefinición impacta en el tablero global de poder.

Porque si la mirada se queda sólo en la superficie, en las exabruptos de Donald Trump con sus aliados, la guerra en Ucrania o en Irán, la cita puede parecer una nueva cumbre marcada por conflictos ya conocidos. Sin embargo, la OTAN está entrando en una etapa de renegociación interna, donde ya no sólo importa identificar las amenazas externas, sino definir quién paga, quién produce, quién manda y quién asume los costos reales de la defensa colectiva.

OTAN 3.0

La primera OTAN fue la de la Guerra Fría, creada para contener a la Unión Soviética bajo el paraguas militar, nuclear y político de Estados Unidos. La segunda fue la que vino después de la caída soviética. Una alianza que se expandió hacia el este, intervino fuera de su zona tradicional y se adaptó a crisis regionales, terrorismo, ciberseguridad y nuevas amenazas. La tercera etapa, en cambio, apunta a una alianza menos dependiente del liderazgo directo de Washington y más sostenida por Europa, pero sin romper el vínculo transatlántico. Por eso el secretario general de la organización, Mark Rutte, lo resumió como “una Europa más fuerte en una OTAN más fuerte”.

Foto oficial de los líderes de los 32 miembros de la alianza trasatlántica. Foto: prensa OTAN.

La clave es que no implica una retirada de Estados Unidos, sino un cambio de rol. Washington seguiría siendo fundamental en inteligencia, capacidades nucleares, satélites, defensa antimisiles, transporte estratégico y tecnología avanzada. Pero quiere dejar de ser el sostén operativo permanente de la defensa europea. En este nuevo esquema, Europa tendría que poner más soldados, más municiones, más presupuesto, más industria y más planificación propia. El secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, lo expresó como una defensa “liderada por europeos, no por Estados Unidos”.

Para Washington, ya no es sostenible mantener el mismo nivel de liderazgo militar en Europa mientras compite con China, contiene a Irán, mantiene presencia en Medio Oriente y se prepara para una eventual crisis en el Indo-Pacífico. Por eso, la administración Trump transformó una antigua queja estadounidense en un ultimátum político.

El Pentágono ya planteó reducir entre un tercio y la mitad las contribuciones estadounidenses al modelo de fuerzas de la OTAN, el marco que permite organizar, activar y comandar las fuerzas nacionales de la alianza. Washington quiere que los europeos demuestren que escucharon el llamado de Trump y que están dispuestos a asumir la responsabilidad principal de la defensa convencional de su continente. La pregunta, entonces, ya no es si los países europeos deben valerse más por sí mismos, sino con qué rapidez pueden hacerlo.

Arquitectura vacía: un negocio para Trump

El problema es que la OTAN 3.0 todavía parece más un eslogan que una arquitectura bien diseñada. Exige a Europa hacer más, pero no siempre define con precisión qué debe hacer, frente a qué amenaza y con qué capacidades. Le pide estar armado para hacer frente a Rusia o China, pero les exige ir a Irán a destrabar un conflicto que propio Estados Unidos inició. Quiere que Europa tenga más autonomía, pero quiere que responda a sus conflictos. 

Enfocado en la imágen, Mark Rutte, secretario general de la OTAN, en difuminado, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. Ambos reunidos en el salón oval de la Casa Blanca. Recuperado de Galería Casa Blanca.

La guerra en Ucrania mostró que Occidente no estaba preparado para sostener una guerra larga de alta intensidad. Faltan municiones, misiles, drones, defensa aérea, repuestos, mantenimiento y velocidad industrial. Por eso, el corazón de esta nueva etapa no es sólo presupuestario, sino industrial.

Ahí aparece uno de los cambios que marcó la cumbre del año pasado en la Haya, el 5% del PIB en defensa hacia 2035. Eso implica una reconfiguración enorme para las economías europeas. No se trata únicamente de aumentar partidas militares, sino implica desmontar el estado de bienestar por un estado de seguridad, con más presión sobre las finanzas públicas, la industria, la fuerza laboral y la política interna.

Europa ya no enfrenta sólo una crisis de gasto, sino una crisis de adaptación. Puede aprobar más presupuesto, pero no necesariamente tiene fábricas, técnicos, ingenieros ni soldados suficientes para convertir ese dinero en poder militar real.

El dato más incómodo es que buena parte del gasto europeo en adquisiciones militares termina fuera de la Unión Europea, principalmente en Estados Unidos. Si Europa aumenta su presupuesto solo para comprar armas estadounidenses, no construye autonomía. Financia la misma dependencia, pero pagando más y cediendo más soberanía.

En ese sentido, la OTAN 3.0 que busca Trump termina fortaleciendo a la industria estadounidense más que a la autonomía europea. Cuando Trump pide a la OTAN que aumente su gasto, en la práctica está diciendo: “Compren más armas americanas”.

El permiso para que Ucrania fabrique sus propios sistemas de antimisiles Patriot sugiere un intento de ampliar capacidades fuera del núcleo industrial estadounidense. Sin embargo, estos movimientos siguen siendo gestos dentro de una dependencia estructural asimétrica que Washington no busca eliminar, sino reconfigurar.

La realpolitik y la ventana de oportunidad para Turquía

La cumbre de Ankara también es muestra de la vuelta a la realpolitik. Turquía no actúa como un simple país anfitrión, se presenta como una potencia pivote, capaz de influir en el flanco sur, el mar Negro, el Mediterráneo oriental, las rutas energéticas y los corredores marítimos globales. Su peso no depende sólo de pertenecer a la OTAN, sino de controlar puntos críticos como el Bósforo y los Dardanelos, y de contar con una industria militar en expansión, especialmente en drones, munición inteligente y sistemas autónomos.

Reccep Tayip Erdogan, presidente de Turquía liderando la cumbre de la OTAN en Ankara. Foto: Gobierno de Turquía.

Eso explica por qué el regreso de Ankara al programa de aviones F-35, tras la crisis provocada por la compra turca de los sistemas rusos S-400, sería una señal geopolítica mayor. Washington reconoce que no puede mantener marginado al segundo ejército más grande de la OTAN en un contexto de guerra en Europa del Este y tensión creciente en Medio Oriente. Es un acuerdo transaccional, tecnología militar de punta a cambio de asegurar que Turquía alinee su peso estratégico con los intereses occidentales.

La relación entre Reino Unido y Turquía también expresa esa nueva lógica. Londres necesita anclajes geopolíticos fuertes fuera de la Unión Europea, y Ankara necesita evitar quedar fuera de los nuevos circuitos industriales y militares europeos.

Ambos países comparten dos de las industrias militares más relevantes del continente y operan fuera del paraguas institucional de la Unión Europea. En ese marco, el acuerdo de defensa firmado bilateralmente entre Reino Unido y Turquía —cuyos detalles aún no se han hecho públicos— aparece como un indicio concreto de cómo se están tejiendo nuevas redes de cooperación por fuera de los canales tradicionales de la OTAN.

Un regreso evidente a la lógica de la Realpolitik, pesan más la geografía, la industria y la fuerza que la homogeneidad democrática.

No obstante, esa misma lógica abre contradicciones peligrosas. Los casos de Groenlandia y España muestran que la OTAN 3.0 no necesariamente significa una alianza más horizontal. Trump volvió a plantear que Groenlandia debería estar bajo control estadounidense por razones de seguridad, presencia rusa y china en el Ártico, rutas emergentes y recursos críticos. Washington exige unidad frente a Rusia, pero al mismo tiempo presiona territorialmente a uno de sus propios aliados.

España muestra otra dimensión del problema. Madrid se resistió al objetivo del 5% del PIB en defensa y defendió que podía cumplir sus compromisos militares con un gasto menor. La respuesta de Trump fue tratar a España como un socio insuficiente, amenazar con cortar vínculos comerciales y criticar su falta de apoyo a la guerra contra Irán. Washington empieza a clasificar a los aliados entre útiles e inútiles según su gasto, su alineamiento y su disponibilidad operativa.

Queda, entonces, una pregunta abierta hacia el futuro: ¿Qué riesgos puede traer una carrera armamentística dentro de la propia OTAN, al mismo tiempo que surgen cada vez más tensiones entre sus miembros?





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