Los desastres lentos de la democracia: la historia no se dobla sola

  • 08-07-2026

Mientras Estados Unidos conmemoraba los 250 años de su independencia, una fotografía recorría el mundo. En un vagón del metro de Washington, una joven afroamericana viajaba sola rodeada de nacionalistas blancos que regresaban de una manifestación. Nadie parecía amenazarla. No había violencia visible. Sin embargo, era imposible observar esa escena sin que la historia irrumpiera en el presente.

Muchos recordaron a Rosa Parks. La comparación es inevitable, aunque insuficiente. Parks desafió un régimen legal construido sobre la segregación racial. La joven del metro vive en un país cuyas leyes reconocen formalmente la igualdad de derechos. Confundir ambos momentos sería desconocer décadas de luchas democráticas. Pero reconocer esa diferencia no elimina la pregunta que deja la fotografía: ¿cómo es posible que, dos siglos y medio después de la independencia estadounidense, una imagen despierte recuerdos que parecían pertenecer definitivamente al pasado?

Sospecho que la respuesta tiene menos que ver con la historia que con nuestra manera de entenderla. Hemos terminado creyendo que el progreso es una propiedad del tiempo. Repetimos con frecuencia que “el arco de la historia se inclina hacia la justicia”, como si la democracia avanzara impulsada por una fuerza propia. Sin embargo, ni Theodore Parker, quien escribió esa frase en 1853 mientras luchaba contra la esclavitud, ni Martin Luther King Jr., quien la convirtió en uno de los símbolos del movimiento por los derechos civiles, entendieron esas palabras como una garantía. Ambos sabían que la justicia no emerge espontáneamente. Surge cuando las personas se organizan, enseñan, marchan, votan, deliberan, cuidan sus instituciones y se niegan a aceptar la exclusión como parte del paisaje.

Con el tiempo, esa convicción se transformó en una cómoda ilusión. Comenzamos a comportarnos como si las democracias, una vez alcanzado cierto grado de desarrollo, conservaran por sí mismas sus virtudes. Como si los derechos humanos, la libertad académica, la independencia de los tribunales o el respeto por las minorías fueran conquistas irreversibles. La historia, sin embargo, ofrece muy poca evidencia para sostener semejante optimismo.

Desde la psicología sabemos que las personas nos adaptamos con extraordinaria facilidad a los cambios graduales. Lo que ayer nos escandalizaba, mañana deja de sorprendernos. Lo excepcional se vuelve cotidiano casi sin advertirlo. Esa capacidad de adaptación, indispensable para enfrentar muchas dificultades de la vida, también tiene un lado oscuro: puede llevarnos a normalizar condiciones que jamás debieron convertirse en normales. La complacencia no es solamente un problema político, es cultural y psicológico; es una forma de percibir el mundo.

Quizás por eso me interesa pensar la democracia desde un lugar distinto. Durante años he sostenido que los desastres no son naturales. Los terremotos, las inundaciones o los incendios no producen por sí mismos las catástrofes; estas ocurren cuando las vulnerabilidades sociales, económicas e institucionales se acumulan durante años hasta que un evento termina por hacerlas visibles. Cada vez me convenzo más de que las democracias también conocen esta clase de procesos.

Existe una amplia literatura que intenta explicar cómo mueren las democracias. Sabemos que rara vez lo hacen mediante un golpe espectacular o un quiebre instantáneo del orden institucional. Con mayor frecuencia, se debilitan lentamente, a través de la erosión de normas, de la tolerancia creciente frente a conductas antes inaceptables y del deterioro de los contrapesos democráticos. Me interesa, sin embargo, mirar ese proceso desde otro ángulo. Las crisis humanas no ocurren simplemente porque los sistemas fallen de repente. Ocurren porque dejamos de percibir el deterioro de las relaciones que sostienen esos sistemas. La democracia no constituye una excepción.

Las democracias rara vez colapsan de un día para otro. Se erosionan lentamente. El lenguaje público pierde matices. La descalificación reemplaza a la deliberación. La mentira deja de tener costos políticos. La violencia simbólica comienza a parecer un recurso legítimo. Los adversarios dejan de ser interlocutores para convertirse en enemigos. Poco a poco, la ciudadanía aprende a convivir con aquello que antes habría considerado incompatible con la vida democrática. Cuando finalmente hablamos de “crisis democrática”, gran parte del deterioro ya ocurrió.

Chile no es Estados Unidos. Nuestra historia, nuestras heridas y nuestras instituciones son distintas. Precisamente por eso sería un error importar comparaciones simplistas. Pero también sería un error pensar que estamos inmunizados frente a estos procesos. Nuestro debate público lleva años mostrando signos preocupantes de polarización, desconfianza y creciente disposición a reducir la complejidad a consignas. La tentación de dividir el país entre quienes representan el bien y quienes encarnan el mal aparece una y otra vez, desde distintos sectores políticos. Ninguna democracia sale fortalecida cuando deja de reconocer la legitimidad del otro.

Mientras preparo el último curso que impartiré después de más de tres décadas como profesor universitario en los EE. UU., dedicado precisamente a la justicia social en psicología clínica, vuelvo una y otra vez a una idea sencilla. Tal vez hemos entendido mal la relación entre democracia y progreso. El progreso no es una propiedad de la historia. Es una propiedad emergente de nuestras relaciones. Depende de la manera en que nos tratamos, de cómo resolvemos nuestros conflictos, de la calidad de nuestras instituciones y de nuestra disposición a reparar aquello que comienza a fracturarse antes de que la fractura se vuelva irreversible.

Mucho se ha escrito sobre cómo mueren las democracias. Quizás ha llegado el momento de preguntarnos también cómo dejan de darse cuenta de que están muriendo. Quizás esa sea la enseñanza más profunda de aquella fotografía. No nos dice que el pasado haya regresado. Nos recuerda algo más incómodo: que el futuro nunca está asegurado. La democracia no se sostiene por inercia. Como toda obra humana, requiere cuidado, memoria y responsabilidad compartida.

La historia no se dobla sola. Tampoco las democracias se sostienen solas. Ambos procesos dependen, todos los días, de la calidad de las relaciones que somos capaces de construir y proteger.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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