El regreso a la guerra abierta con Irán: la apuesta más arriesgada de Trump

EE.UU. busca imponer condiciones por la fuerza, pero enfrenta un dilema: evitar el control iraní sobre el estrecho de Ormuz sin que eso derive en una escalada difícil de contener, sin abrir otra guerra larga y sin desestabilizar el petróleo mundial.

EE.UU. busca imponer condiciones por la fuerza, pero enfrenta un dilema: evitar el control iraní sobre el estrecho de Ormuz sin que eso derive en una escalada difícil de contener, sin abrir otra guerra larga y sin desestabilizar el petróleo mundial.

La tregua entre Estados Unidos e Irán quedó atrás. Lo que hasta hace pocos días parecía un frágil intento de contención diplomática terminó convertido en una nueva fase de confrontación militar. El presidente Donald Trump dio por agotada su paciencia al inicio de la cumbre de la OTAN y anunció el fin de las negociaciones en torno al memorándum con Teherán.

Desde entonces, el ejército estadounidense mantiene por tercer día consecutivo ataques. Ya alcanzaron cerca de 170 objetivos militares iraníes en cinco provincias concentradas al sur del país, con un saldo de al menos 14 muertos y 78 heridos, según el Ministerio de Salud de Irán.

El control de las rutas: la razón del quiebre

El origen inmediato de esta nueva escalada está en el control de las rutas en el Estrecho de Ormuz. El memorándum firmado el 17 de junio establecía que Irán reabriría el paso al tráfico comercial de forma gratuita durante 60 días. Pero Teherán interpretó que su derecho a “gestionar la reapertura” le permitía rediseñar los canales de navegación, obligando a los buques a pasar profundamente por aguas territoriales iraníes, cerca de las islas de Qeshm y Larak.

Con esa maniobra, el régimen buscaba dos objetivos. Por un lado, acostumbrar a las flotas internacionales a seguir sus directrices. Por otro, preparar el terreno para cobrar tarifas de tránsito una vez terminado el período de gratuidad.

Mapa del Estrecho de Ormuz.
Mapa del estrecho de Ormuz. Foto: Aton/ Europa Press.

Estados Unidos leyó esa jugada como la consolidación del control iraní de una de las rutas más importantes para la economía energética global, algo que ni antes de la guerra tenía. Era una derrota en toda regla. Por eso, junto con Omán, impulsó una ruta alternativa por el sur, dentro de aguas jurisdiccionales omaníes, abrazando la costa de la península de Musandam.

Para Washington, la fórmula es perfecta, mantiene activo el flujo de petróleo y deja sin efecto el control iraní sobre Ormuz. Para el ala dura iraní, sin embargo, esa maniobra fue leída como un cerco. Si el corredor de Omán se consolidaba, Irán perdía su principal herramienta de presión antes de cerrar cualquier acuerdo definitivo.

La respuesta iraní fue librar ataques con drones y misiles contra buques que inauguraban esa ruta alternativa. Ese movimiento le entregó a Trump el argumento perfecto para reactivar la ofensiva. Trump lo resumió en Truth Social: “Esto es en represalia por el bombardeo de barcos de ayer por parte de Irán. Si vuelve a ocurrir, será mucho peor”. Irán respondió con misiles balísticos y drones contra bases estadounidenses en Kuwait, Baréin y Catar, elevando el conflicto de una escaramuza a la reanudación de ataques a gran escala.

Ataques a los que Israel ya prometió unirse, mientras que ahora tiene la vía libre para reanudar sus operaciones en el Líbano, especialmente hacia la capital y las poblaciones chiítas.

Trump busca volver a ser quien impone las condiciones: el riesgo de Kharg

Lo que Trump parece buscar no es una negociación clásica, sino una rendición parcial desde la imposición de fuerza. Dice públicamente que no quiere tratar más con Irán, incluso los llama “basura”, al mismo tiempo que usa la presión militar para obligar a Teherán a aceptar sus condiciones: libre navegación por Ormuz, reducción de ataques contra buques, límites al programa nuclear y, eventualmente, restricciones sobre misiles o capacidades regionales. Pero esto muestra una contradicción evidente. Trump quiere romper la tregua, castigar a Irán y mostrarse implacable, pero sin quedar atrapado en una guerra larga. En otras palabras, no quiere aparecer pidiendo una mesa de negociación, quiere forzar una salida política que pueda vender como una capitulación iraní.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump recibe el cortejo funebre de uno de los militares fallecidos en Oriente Medio. Vía X @WhiteHouse

La amenaza sobre la isla de Kharg muestra hasta dónde puede llegar esa lógica coercitiva. La isla de Kharg no es un objetivo más, es el principal nodo exportador de petróleo de Irán y concentra cerca del 90% de sus ventas de crudo. Atacar o tomar Kharg equivale a poner bajo amenaza el corazón económico del régimen.

Si Irán usa Ormuz como palanca para encarecer el petróleo global, Estados Unidos amenaza Kharg como contrapalanca. Pero ahí la estrategia entra en un terreno mucho más riesgoso. Bombardear instalaciones permite sostener el relato de una represalia quirúrgica, tomar Kharg exigiría tropas estadounidenses sobre suelo iraní, control de perímetro, defensa antiaérea, logística naval y exposición directa a bajas.

Ese es el punto políticamente más complejo para Trump. Una parte del trumpismo puede aceptar bombardeos si se presentan como golpes rápidos y contundentes. Pero una operación terrestre en Irán activa todos los fantasmas que Trump prometió superar. Irak, Afganistán, guerras eternas, soldados muertos, gasto militar y élites empujando conflictos externos. Ahí puede perder a dos sectores al mismo tiempo, a los halcones, si no va hasta el final, y a su base aislacionista, si termina metido en otra guerra sin salida. Por eso Kharg puede ser su carta de presión más fuerte, pero también el punto en que la ofensiva deje de ser controlable.

El mercado energético al límite

Bloomberg informó que el tráfico marítimo por Ormuz quedó casi paralizado, con unos 14 buques de carga al día frente a un promedio de 34 tras el alto el fuego. El Brent, que había vuelto a niveles cercanos a los previos a la guerra, rebotó hacia los 79 u 80 dólares por barril. El problema es que van quedando muy pocos colchones de seguridad.

Enormes columnas de humo tóxico salen de almacenes de petróleo en la capital de Irán, Teherán, luego de ser atacada por bombardeos conjuntos de Israel y Estados Unidos
Enormes columnas de humo tóxico salen de almacenes de petróleo en la capital de Irán, Teherán, luego de ser atacada por bombardeos conjuntos de Israel y Estados Unidos. Vía X@mhdksafa.

Las reservas estratégicas de petróleo de Estados Unidos cayeron a unos 319 millones de barriles, su nivel más bajo desde 1983. Si se mantiene una interrupción física real en Ormuz. Washington tiene menos margen para liberar reservas y contener los precios. Un salto del crudo sobre los 100 dólares podría reactivar la presión inflacionaria global y golpear directamente la base electoral de Trump antes de las legislativas de noviembre. Sin contar el riesgo que significaría que Irán busque activar su carta en el mar rojo y bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb, un paso marítimo vital que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico, es el acceso directo al canal de Suez, siendo la ruta más corta entre Europa y Asia. Concentra cerca del 15% del comercio global y el 12% del flujo de petróleo, su cierre sería una estocada mortal a la estabilidad energética global.

Además, la variable rusa vuelve mucho más frágil el equilibrio. El recrudecimiento de las operaciones ucranianas en contra de las capacidades productoras de crudo ruso han debilitado la disponibilidad del mismo, obligando a Rusia a exportar menos. La clave es que mucho de ese petróleo ruso que era comercializado a través de la flota fantasma y el mercado negro servía para oxigenar a los mercados asiáticos y controlar el precio. Sin esto, la presión para sostener la cadena de suministros solamente aumenta.

Trump intenta convertir la presión militar en una salida política que parezca rendición iraní y no negociación entre partes. Necesita mostrarse implacable sin abrir una guerra larga; necesita golpear a Irán sin disparar el precio del petróleo; necesita decir que no negocia, pero requiere algún tipo de salida política. Esa es la trampa de la escalada, cada golpe se presenta como limitado, pero obliga al otro actor a responder para no perder credibilidad. Un circulo vicioso del que ninguno parece escapar.





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