Los socialistas demócratas irrumpen en la política de EE.UU.

  • 11-07-2026

Las primarias de los demócratas en EE.UU. llegan en un momento crítico para el partido. No solo están lidiando con las consecuencias de sus derrotas electorales de 2024 y con la necesidad de desplegar una oposición efectiva ante un Donald Trump negativamente recargado y desatado, sino que esto se da en medio de una importante desafección ciudadana  (Pew le dan a los demócratas solo un 39% de adhesión, mientras CNN un 27%) y en medio de una polarización social que no vistas desde momentos como la Guerra Civil (1861), el New Deal de Roosevelt (1933) o el Movimiento por los Derechos Civiles 1956-1969.

Kenneth Baer, exfuncionario de Obama, dijo que el partido “necesita definir por qué lucha y comunicar esa visión del mundo”. Al igual que lo sucedido con los laboristas en el Reino Unido, los demócratas han perdido su relato histórico y debilitado el contacto y la solidaridad popular que los caracterizó, lo que les ha dificultado su capacidad para articular un proyecto colectivo en sociedades posindustriales, fragmentadas, desesperanzadas y enojadas. Una encuesta IPSO-Reuters, por ejemplo, dice que el 74% cree que el costo de vida va por mal camino, mientras que la brecha de desigualdad sigue creciendo: en el tercer trimestre de 2025, el 1% concentró el 31,7% de la riqueza, desmintiendo la esencia del “sueño americano” en cuanto a que el origen socioeconómico no determinando el destino de las personas.

El nacimiento del Partido Demócrata se produjo alrededor de la figura de Andrew Jackson, un héroe militar de la guerra anglo-estadounidense de 1812. Éste se presentó como el representante del “hombre común” frente a las élites políticas y económicas de Washington. Su victoria presidencial en 1828 marcó el inicio de una nueva etapa en la política estadounidense y dio origen al partido, cuya organización nacional quedó consolidada en 1832. Entre sus principios originarios, estaban la defensa de la democracia popular (aunque inicialmente coexistía con exclusiones), la defensa del gobierno limitado, los derechos de los estados, rechazo a los privilegios de las grandes instituciones financieras y empresariales, y con el New Deal (1933-1938) del presidente Roosevelt pasó a promover un papel más activo del Estado en la economía, la protección social y la regulación de los mercados.

Sin embargo, este influjo de partido progresista de masas se fue mediatizando con su captura por parte de un liderazgos de “barones y baronesas” proveniente de hogares bien acomodados y/o ricos, muchos de ellos provenientes de universidades del Ivy League o similares (élites económicas urbanas, especialmente de los sectores tecnológico, financiero, universitario y profesional), que ayudaron a que el dinero dominara la política (se necesita mucha plata y nexos para las campañas), esos que practican la política desde pasillos y salones del gobierno y Congreso o en lugares exclusivos y que están muy ajenos a la cotidiana y compleja realidad de la calle. Así, por ejemplo, los patrimonios de Kamala Harris al igual que Joe Biden llegan a entre US$ 8 y 10 millones, el de Nancy Pelosi alcanza los US$ 250 millones, Gavin Newson entre US$ 20 y 30 millones, los Obamas entre US$ 70 y 90 millones, los Clinton US$ 120 millones, JB Pritzker más de US$ 3.000 millones, John Kerry está casado con la heredera de la fortuna de H. J. Heinz Company, más donantes multimillonarios como George Soros, Michael Bloomberg, Reid Hoffman, Laurene Powell Jobs, etc.

Tras consecutivas derrotas electorales a manos republicanas en los setentas y ochentas, estos liderazgos demócratas concluyeron que debían acercarse más a los intereses empresariales para competir con recursos y el partido adoptó la llamada “Tercera Vía” con Bill Clinton (1992–2000). Así creó el grupo Democratic Leadership Council (organización centrista que limitó aún más las políticas progresistas), lo que ideológicamente implicó la aceptación de la economía de mercado, privatizaciones parciales, tratados de libre comercio, vínculos con Wall Street y transformar la justicia social en una mixtura de políticas de fondo y paliativas.

Esto, además de limitar y/o paternalizar la justica social y de anclar la representación demócrata en acaudalados y adherentes de la Tercera Vía, consolidó una élite donante (bancos, fondos de inversión, tecnológicas, farmacéuticas, aseguradoras, Hollywood y universidades) que financian sus campañas, think tanks y medios afines. A cambio, estas élites han condicionado políticas claves que afectasen sus intereses (desregulación financiera, propiedad intelectual, impuestos moderados a grandes fortunas), alejando al partido de su base electoral natural, hablamos del sector laboral (en especial, del “Cinturón del Óxido”) y de los ciudadanos de a pie y del “hombre común” del que habló Jackson. No es casualidad, entonces, que el senador demócrata por Maryland, Chris Van Hollen, haya dicho que los votantes han demostrado su “profunda frustración” y su “verdadera sensación de que…el establishment (partidario) no está haciendo lo suficiente para cambiar el statu quo”.

Hoy, sin embargo, se ha producido una inflexión en el cuadro político interno que, si bien le da respiro también tensiona a esta colectividad donde escaseas los principios, pero abundan los airesde apatía y decadencia (48% de los estadounidenses se declaran independientes, no representados por el duopolio – CNN). Desde el triunfo de Alexandria Ocasio-Cortez (apoyada por el grupo progresista Justice Democrats) sobre Joe Crowley en las primarias de Nueva York en el 2018, no se veía un terremoto político como el actual, donde los candidatos progresistas están desplazando a los demócratas incumbentes (más conservadores) a pesar de tener el apoyo de los barones y baronesas del partido.

El triunfo del economista socialdemócrata, Zohran Mamdani, y de su programa social en la alcaldía de Nueva York y de las demócratas Abigail Spanberger en Virginia y de Mikie Sherrill en Nueva Jersey, ha sido seguido por las contundentes victorias en de los tres candidatos (Darializa Ávila Chevalier, Claire Valdez y Brad Lander) respaldados por Mamdani en las primarias demócratas para la Cámara de Representantes en Nueva York.

La victoria de los autoproclamados Socialistas Democráticos de América (DSA) en Nueva York (un estado muy clave para los partidos nacionales) puso de manifiesto el auge de la izquierda, denotó un hartazgo con la cúpula y visibilizó las profundas divisiones en el partido que busca recuperar el control del Congreso de manos de los republicanos/MAGA en noviembre. El congresista de California, Ro Khanna, dijo que los triunfos eran el “comienzo de un nuevo, audaz y fuerte (partido)”, añadiendo que “los oligarcas van a venir por nosotros…que vengan”, mientras otros como Josh Shapiro, gobernador de Pensilvania, tratando de morigerar la ola/diferencias está pidiendo un “congreso ideológico”.

Los triunfos progresistas (y que pueden repetirse) han alentado no sólo a los sectores más de izquierda de los demócratas (hablan de una nueva era), sino que al ciudadano de a pie a elegir fuera de establishment. Así se demostró, por ejemplo, en las primarias del primer distrito del estado de Colorado, donde Melat Kiros, una socialista demócrata primeriza (29), derrotó a la incumbente congresista demócrata Diana DeGette. Kiros dijo: “No vamos a esperar para dar la batalla contra Trump y la oligarquía. No vamos a esperar para abolir (ICE) y aprobar Medicare para Todos…poner fin a la vieja forma de hacer política, eliminar la influencia del gran dinero y rechazar a los comités de acción política de las grandes empresas y al Comité Israelí-Estadounidense de Asuntos Públicos…para poner fin al genocidio en Palestina”.

Así vemos que, entre los principales candidatos a la nominación demócrata para el cargo que deja el senador Gary Peters en Michigan (un estado en que Trump ganó por un estrecho margen en 2024), se encuentran la representante Haley Stevens, moderada; la progresista senadora de los suburbios de Detroit, Mallory McMorrowt; y el progresista Dr. Abdul El-Sayed, un exfuncionario de salud pública. La prevalencia de candidatos progresistas provoca inquietud en los incumbentes del establishment, tal como lo ha expresado Jim Kessler del grupo demócrata de la Tercera Vía, al decir que “si el resto del país cree que los demócratas suenan remotamente como los candidatos de la DSA, estamos fritos”.

La hostilidad hacia el socialismo (socialdemocracia) y ese amor incondicional a la propiedad privada de la cual hablaba Alexis de Tocqueville el siglo XIX, se ha ido mediatizado en medio de la incertidumbre, como lo están demostrando los resultados positivos logrado por los candidatos socialista. Hoy hay un contexto distinto en EE.UU. con una generación entera más abierta donde la elegibilidad depende más del carisma individual que de la etiqueta ideológica; con un sistema bipartidista que permite que el DSA pueda “capturar” al partido tal como lo hizo MAGA hizo con los republicanos; y una evaluación donde entre los jóvenes de 18 a 29 años, el socialismo ya es más popular que el capitalismo (45% favorable).

No obstante, hasta el momento esto no presagia una nueva hegemonía, sino que mirando a noviembre más bien se asemejaría a un “jambalaya electoral” (mezcla heterogénea, con nuevos candidatos y diversidad ideológica) o “una gran carpa” como dijo el senador Chuck Schumer. En todo caso, el partido deberá integrar esta nueva corriente progresista y su agenda enfocada en la justicia económica y la ampliación de los derechos civiles en mira de las elecciones de medio termino y las elecciones presidenciales de 2028 (no olvidemos que Trump ganó en 24 de los 50 estados por más de 10 puntos).

Zohran Mamdani es un perfil que esta desafiando el molde del “establishment” y, por lo mismo, se está convirtiendo en un paradigma (un laboratorio de políticas públicas y fórmula de renovación) y símbolo de ruptura con la élite bipartidista que ha dominado la política durante décadas y no está lejos de estar en una papeleta para las primarias presidenciales demócratas. Ante la irrupción de la ultraderecha, el progresismo chileno debería mirar con mayor detención esta realidad y la de los laboristas en el Reino Unido.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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