¿Es la IA una amenaza para la autoría artística?

  • 12-07-2026

En el contexto de la discusión legislativa sobre la llamada Ley Miscelánea, resulta al menos interesante que la creación artística siga siendo uno de los obstáculos para su plena aprobación. Aun con su avance general, el artículo 8, que modifica la Ley de Propiedad Intelectual y permite usar obras protegidas para el entrenamiento de modelos de IA sin pedir autorización ni pagar a sus autores, ha sido frenado ya en dos ocasiones en la Comisión de Hacienda.

Su votación ha suscitado críticas de distintos gremios, como Anatel, la Sociedad Chilena del Derecho de Autor, la Alianza contra la Piratería Digital y la Asociación Nacional de la Prensa, que consideran que esta normativa representa una “expropiación regulatoria”. A ellos se han sumado incluso parlamentarios oficialistas de la comisión, como Diego Schalper, quien denunció que la norma permite “apropiarse de la creación de otros”.

Y a tan solo días de su votación total y del despacho del nuevo marco legal, los efectos que estas medidas pueden tener sobre la protección de los derechos de autor en el campo creativo siguen marcando diversas posiciones políticas e ideológicas. Más allá de la justa defensa por parámetros que han permitido construir una industria rentable para profesionales de las artes que se enfrentan constantemente a la inestabilidad económica, otro punto sobre el estrecho margen entre los conceptos de “derecho de autor” y “propiedad privada” se ha puesto de manifiesto.

Mucho antes de la existencia de modelos de IA, cientos de artistas ya denunciaban y eran denunciados por plagio. Las artes modernas y contemporáneas, fuertemente marcadas por nuevos paradigmas de reproducción técnica desde el siglo XIX, ofrecen ejemplos emblemáticos. Desde la obra String of Puppies (1988) de Jeff Koons, una clara reversión de Puppies (1980) de Art Rogers; hasta el caso de Bob Dylan, quien tras recibir el Premio Nobel de Literatura 2016 fue acusado de plagiar su discurso de aceptación con textos del sitio de reseñas literarias Sparknotes.

Inspiraciones, reproducciones y adaptaciones encuentran un límite, como lo establece la legislación chilena, en la falsificación, la alteración o la atribución indebida de una obra registrada. Sin embargo, estas situaciones específicas suelen ser excedidas por aquello que es un hecho en las prácticas artísticas y que describió el autor estadounidense T. S. Elliot en El bosque sagrado (1920): “Los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los malos poetas desfiguran lo que toman, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente”.

Porque incluso después de los ajustes necesarios sobre el avance tecnológico que parece amenazar las condiciones presentes de los derechos de propiedad en la creación artística, quedarán otras dudas por despejar. ¿Será el afán perfeccionista de las IAs lo que logre frenar su desarrollo al corregir los errores que nos distinguen como humanos y evidenciar su incapacidad para apropiarse de la creatividad? O bien, ¿podrían estos avances sin protección para los artistas implosionar las ideas de propiedad privada en las que se sustentan los objetivos socioeconómicos de estos modelos y, en definitiva, de nuestras sociedades?

Sí, como aseguraba Leonardo da Vinci en sus Cuadernos de notas, la única fuente de conocimiento completamente original es la naturaleza y copiar el trabajo de otros siempre obligará a cargar con sus defectos, la discusión sobre la IA no se agotaría en su capacidad de imitar o en la incapacidad de un Estado para regular sus consecuencias. Sino más bien en la contradicción de un modelo que necesita apropiarse del trabajo humano para prometer lo imposible: que algún día podrá reemplazarlo.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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