El intenso sistema frontal que azota a la zona centro-sur de nuestro país concentró este fin de semana su mayor peligrosidad en la Región de Coquimbo. Pese a que las precipitaciones en la zona central han comenzado a declinar de manera progresiva, las autoridades del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred) confirmaron que la alarma meteorológica se mantendrá activa hasta el próximo martes en el norte chico y en la Provincia de Huasco, en Atacama.
Este escenario plantea enormes desafíos para un territorio que, tras una dura década marcada por la megasequía, se ve expuesto al colapso de su conectividad, la activación violenta de quebradas y al corte del suministro hídrico y eléctrico debido a deslizamientos de terreno.
Para comprender las dimensiones territoriales y geográficas de esta crisis hídrica y en conversación con Diario y Radio Universidad de Chile, el académico del Departamento de Ciencias Ambientales y Recursos Naturales Renovables, Rodrigo Fuster, y la académica del Departamento de Geografía (FAU), María Victoria Soto, ambos de la Universidad de Chile, advierten que las cuencas de los ríos de esta zona poseen una historia geológica y geomorfológica que la actual planificación territorial ha optado por ignorar sistemáticamente.

Para comprender la magnitud de los deslizamientos en Coquimbo, la profesora María Victoria Soto propone observar el relieve con una perspectiva histórica profunda. El semiárido chileno está constituido por una serie de cuencas andinas, y la experta subraya que la morfología de valles transversales como el Elqui, Limarí y Choapa no responde únicamente a la geografía actual, sino que fue esculpida durante millones de años bajo condiciones climáticas diametralmente distintas.
“Los grandes ríos, quebradas y cuencas han sido formados durante periodos con una condición climática distinta a la actual, es decir, esos ríos súper amplios con lechos anchos y terrazas fluviales muy bien desarrolladas son el producto de la evolución geomorfológica climática de las glaciaciones de los últimos 2 millones de años“, explicó la académica. Para dimensionar esta escala evolutiva, la investigadora detalló que los lechos de la Quebrada Santa Gracia alcanzan una amplitud de hasta 500 metros, evidenciando la acción de aguas originadas en una época de fuertes lluvias.
La instauración de la megasequía a partir del año 2010 alteró la memoria del comportamiento de las cuencas en Coquimbo, silenciando artificialmente el flujo natural que precipitaciones más intensas generaban en tiempos anteriores. Hoy, el retorno paulatino de los inviernos regulares, sumado a pulsos excepcionales generados por el fenómeno de El Niño, ha desencadenado que el paisaje reaccione a esta reactivación del flujo de agua.
En ese sentido, Soto indicó que las actuales bajadas rápidas de agua —fenómeno conocido técnicamente como flash flood— son la respuesta natural y predecible del entorno frente al abrupto aumento del caudal hídrico. Esta dinámica se agrava sustancialmente cuando el agua, en lugar de descender limpia, arrastra enormes cantidades de sedimento y material detrítico acumulado en las laderas durante los prolongados años de sequía.

Un factor coadyuvante en esta aceleración de los desplazamientos de tierra es la escasa vegetación del territorio. Así lo reafirmó el académico Rodrigo Fuster, quien puntualizó: “Las cuencas del Elqui, Limarí y Choapa son ecosistemas semiáridos y por ende tienen menor cobertura vegetal de los suelos; eso hace que cuando tenemos eventos de precipitación intensos y abundantes, parte importante de la precipitación que cae fluye por sobre la superficie”.
El punto más alarmante expuesto por los expertos de la Universidad de Chile es el choque estructural entre el comportamiento hidrológico natural y el exponencial crecimiento urbano en áreas catalogadas como zonas de riesgo. A raíz de los largos años de aridez prolongada en la zona, muchos sectores donde históricamente transitaron los grandes caudales —cuyo último gran evento data de los años 1997 y 2017— fueron loteados, urbanizados y transformados en viviendas y zonas parceladas.
Soto criticó abiertamente la ocupación de los grandes lechos del Río Elqui. “La geomorfología deja marcas clarísimas en el territorio, son inequívocas (…) pero el lecho enorme del Río Elqui fue loteado, donde no se reconoce las formas dejadas por los procesos hidrológicos”, sentenció la profesora. Al respecto, el académico Rodrigo Fuster coincidió en que la expansión inmobiliaria carece de una perspectiva sostenible.

“El ordenamiento del uso del territorio debiera procurar que las personas y la infraestructura crítica no se ubiquen en lugares en donde naturalmente el agua va a fluir (…) finalmente, el construir viviendas, puentes o caminos por donde naturalmente van a bajar los ríos, son decisiones que se tomaron en algún momento”, concluyó Fuster.
Las reflexiones de ambos investigadores convergen en una misma alerta para el país y la planificación regional de Coquimbo: el desafío no consiste únicamente en intentar controlar los episodios climáticos extremos que la naturaleza experimenta, sino en reestructurar urgentemente un sistema de urbanización que logre leer, respetar y adaptarse a las ineludibles evidencias que la geología y la historia hidrológica han dejado impresas en el territorio nacional.






