Después de 39 días y 104 partidos, el mundial llegó a su fin dejando mucho más que un campeón. La Copa fue un éxito como espectáculo, movilizó a millones de personas y produjo algunos de los mayores ingresos registrados por la FIFA. Sin embargo, para Estados Unidos el balance político fue bastante menos favorable.
La superpotencia tuvo una oportunidad extraordinaria para limpiar su reputación y dar una imagen de apertura, seguridad y capaz de reunir al mundo, pero el torneo terminó funcionando como una pantalla gigantesca que reflejó sus fracturas internas.
El personalismo de Trump y el mundial
El presidente de EE.UU., Donald Trump, fue el principal protagonista de esa historia. El magnate republicano, fiel a su estilo, no se limitó a cumplir las funciones protocolares propias del anfitrión, sino que buscó ocupar el centro de cada ceremonia. Entregó medallas, desplazó visualmente a los mandatarios de México y Canadá y se coló en la foto oficial de los campeones alzando la copa.

La imagen final, acompañada por abucheos desde parte de las tribunas, resumió el momento. Incluso el momento de protagonismo quedó organizado alrededor de Trump y de las reacciones que provoca. El mandatario convirtió el Mundial en otra extensión de su estilo político, basado en personalizar cada acontecimiento.
El jefe de la Casa Blanca reconoció que había presionado a la FIFA para evitar la suspensión del delantero estadounidense Folarin Balogun antes de los octavos de final. La cercanía del presidente con Gianni Infantino y la superposición entre Washington y la conducción del fútbol internacional aumentaron las dudas sobre los límites entre deporte y poder político. El torneo ya no aparecía solamente como una competencia organizada en territorio estadounidense, sino como otro escenario dentro de la estrategia presidencial de ocupar las cámaras, controlar el relato y convertir cada acontecimiento en una demostración personal de autoridad.
El mejor ejemplo de lo anterior es la contradicción entre la política migratoria de la administración Trump y el mensaje tradicional de que un mundial es la apertura a las personas, convivencia cultural y suspensión simbólica de las fronteras. El torneo convivió con prohibiciones de viaje, deportaciones y advertencias sobre posibles detenciones. Selecciones como Irán, Haití, Senegal y Costa de Marfil representaban a países afectados por restricciones que dificultaban el ingreso de parte de sus aficionados. El caso de un árbitro somalí deportado se convirtió en una muestra concreta de esa tensión.

Estados Unidos invitaba al planeta a una fiesta mientras una parte de su política interna describía a ese mismo mundo como una amenaza. Al mismo tiempo, las tribunas, los equipos y las ciudades demostraban que buena parte de la fuerza cultural, deportiva y económica del país depende precisamente de comunidades migrantes y conexiones internacionales.
La selección estadounidense consiguió una participación destacada y avanzó hasta los octavos de final, pero el ambiente no produjo la misma sensación de encuentro multicultural que rodeó otras competencias. La diversidad estaba presente, pero ya no aparecía como una celebración indiscutida, sino como otro campo de disputa política.
Los dos Estados Unidos
Durante la copa se reflejó de mejor manera la disputa por dos imágenes de Estados Unidos que actualmente atraviesan a la política del país. Por un lado, apareció el país urbano, multicultural y globalizado de ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Miami, Boston o Filadelfia. Por otro, el Estados Unidos proyectado por Trump: fronteras reforzadas, concentración del poder federal, excepcionalismo nacional y hostilidad hacia determinados países.
Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York, utilizó el Mundial para impulsar más de 100 celebraciones gratuitas en los cinco distritos de Nueva York, entradas rebajadas para residentes, transporte hacia el estadio y una fiesta final en Central Park. Su mensaje fue que la Copa debía pertenecer también a los vecinos y no sólo a turistas, patrocinadores y grandes empresas.

Otros alcaldes ofrecieron alternativas similares, aunque desde posiciones distintas. Karen Bass defendió a Los Ángeles como una ciudad abierta en medio de redadas migratorias y amenazas de intervención federal. Michelle Wu convirtió a Boston en una referencia de la defensa de las ciudades santuario. Cherelle Parker relacionó el Mundial y los 250 años de Estados Unidos con una idea de patriotismo urbano y comunitario.
Mientras Trump presentó un mundial organizado desde arriba, mediante la Casa Blanca, las grandes empresas, la FIFA y la seguridad federal, las ciudades intentaron mostrar un evento construido desde abajo, a partir de barrios, trabajadores, inmigrantes y servicios públicos.
La política exterior y las elecciones intermedias
Mientras los estadios mostraban orden, tecnología y capacidad logística, la política exterior estadounidense proyecta desorden e incertidumbre. El mundial comenzó con Trump asegurando que estaba cerca de alcanzar un acuerdo para terminar la guerra con Irán. Terminó, sin embargo, con una nueva escalada militar, amenazas contra infraestructura estratégica y riesgos mayores para el transporte energético mundial.
En medio del mundial también se realizó la cumbre de la OTAN en Ankara. Formalmente, los aliados reafirmaron el artículo 5 y comprometieron 70 mil millones de euros en asistencia militar para Ucrania. No obstante, la reunión quedó atravesada por las presiones de Trump sobre el gasto militar, sus reclamos para controlar Groenlandia y sus ataques contra España. Al mismo tiempo, Estados Unidos redujo parte de su presencia en Europa oriental. Washington reafirmaba públicamente su compromiso con la alianza, pero sobre el terreno enviaba señales de repliegue.

La relación con México y Canadá, los otros dos organizadores, mostró la misma inconsistencia. La sede tripartita debía representar la integración de América del Norte. Pero, el primero de julio, en pleno torneo, la administración Trump rechazó extender en sus términos actuales el acuerdo comercial regional y exigió reglas de origen más estrictas, especialmente para la industria automotriz. Después, el presidente llegó a sugerir que Estados Unidos podría organizar otra Copa sin México ni Canadá. Los tres países compartían estadios y ceremonias, pero Washington cuestionaba simultáneamente la estructura económica y política que los mantenía vinculados.
Una encuesta del Pew Research Center realizada en 36 países ya mostraba una caída de la valoración de Estados Unidos y una menor confianza en Washington como socio. El mundial pretendía ayudar a revertir esa desgastada imagen mediante el poder blando. Pero esa estrategia sólo funciona cuando existe cierta coherencia entre lo que un país muestra y lo que hace.
Dentro de las canchas, el país mostró control. Fuera de ellas, proyectó guerras sin resolución, alianzas sometidas a negociación permanente, fronteras reforzadas y decisiones que podían cambiar después de una declaración presidencial. Estados Unidos todavía ocupa el centro del sistema internacional, pero encuentra dificultades crecientes para representar de manera estable el orden que afirma dirigir.
Ese problema conecta directamente con las elecciones legislativas que se vienen en noviembre. A comienzos de julio, el promedio citado por el Centro de Política de la Universidad de Virginia situaba la aprobación de Trump en torno al 39,4%, frente a un 57,5% de desaprobación. El 14 de julio, The Economist reducía su apoyo al 36%.
Las elecciones de medio término no sólo definirán el control del Congreso, sino que se proyecta la posibilidad de realizar un verdadero plebiscito sobre el propio Trump. La elección deja de ser sólo una competencia partidista y comienza a convertirse en una disputa entre distintos niveles de poder.
Una insurrección no necesita que exista realmente un fraude masivo. Basta con que suficientes personas crean que las instituciones dejaron de ser legítimas.
El Mundial no creó estas tensiones, pero las magnificó. Mostró que el fútbol todavía puede reunir a millones de personas, aunque ya no siempre consiga reconciliarlas. La copa no fracasó como espectáculo, sino como operación de unidad política.






