El silencioso papel de China en la guerra entre Irán y Estados Unidos: vital para la estabilidad, pero con límites

Pekín es uno de los actores más relevantes y menos visibles de la crisis en Medio Oriente. Pero si la guerra escala y se cierran rutas como Ormuz y Bab el-Mandeb, al gigante asiático podría no quedarle palancas para evitar una crisis global.

Pekín es uno de los actores más relevantes y menos visibles de la crisis en Medio Oriente. Pero si la guerra escala y se cierran rutas como Ormuz y Bab el-Mandeb, al gigante asiático podría no quedarle palancas para evitar una crisis global.

La nueva escalada bélica entre Estados Unidos e Irán volvió a colocar al petróleo, las rutas marítimas y la seguridad energética en el centro de la economía mundial. Pero detrás de los ataques, las amenazas y los movimientos militares existe un actor cuya influencia es menos visible, pero igual de decisiva: China.

Pekín no dirige la guerra, no encabeza las negociaciones ante las cámaras, ni mucho menos envía tropas para defender a Irán. Sin embargo, su peso sobre el mercado global, sus vínculos con los países del golfo y sobre todo su capacidad para alterar la demanda mundial le permiten intervenir en el conflicto sin disparar un solo misil.

La magnitud del poder chino y el status quo regional

China importa normalmente entre 11 y 11,6 millones de barriles de petróleo diarios, equivalentes a cerca de una cuarta parte de todo el crudo que se comercializa internacionalmente. Consume unos 16 millones de barriles al día, pero su producción interna ronda apenas los cinco millones. Es decir, aunque es el quinto productor mundial, necesita comprar en el exterior cerca de dos tercios del petróleo que utiliza. De cada cuatro barriles disponibles en el mercado internacional, aproximadamente uno termina en China.

Esta dependencia convierte a Pekín en un actor muy vulnerable a cualquier interrupción en Oriente Medio —o mejor llamado Asia Occidental—. Cerca del 41% del crudo que importa proviene de esa región y una parte importante cruza el estrecho de Ormuz. Si a eso se suma la amenaza sobre Bab el-Mandeb, debido a una posible activación del frente en Yemen, China podría enfrentar dificultades simultáneas en dos de las rutas marítimas más importantes para el comercio energético mundial. Ormuz concentra buena parte de las exportaciones del Golfo Pérsico, mientras Bab el-Mandeb conecta el mar Rojo con el océano Índico y el canal de Suez.

Barco de petróleo. Foto: Agencia Aton.

Sin embargo, durante la primera gran subida de precios provocada por la guerra, China tomó una decisión que inicialmente pareció contradictoria, redujo drásticamente sus compras. Antes del conflicto importaba alrededor de 11,5 millones de barriles diarios. En mayo bajó a ocho millones y, durante junio, sus adquisiciones habrían caído hasta poco más de siete millones de barriles diarios. El gigante asiático dejó temporalmente de competir por tres o cuatro millones de barriles cada día, una cantidad suficiente para modificar el equilibrio entre la oferta y la demanda mundial.

La maniobra fue posible porque China llevaba años acumulando enormes reservas estratégicas y comerciales. Algunas estimaciones sitúan sus inventarios entre mil 100 y mil 400 millones de barriles, suficientes para cubrir varios meses de importaciones.

Cuando el petróleo se encareció y el transporte por Ormuz se volvió más riesgoso, Pekín comenzó a utilizar el crudo que había almacenado a precios más bajos. Al mismo tiempo, redujo la actividad de sus refinerías hasta cerca de 12,5 millones de barriles diarios, uno de los niveles más bajos desde la pandemia, y limitó la exportación de gasolina, diésel y otros combustibles.

El efecto fue considerable. Los cargamentos que China dejó de comprar quedaron disponibles para India, Japón, Corea del Sur, Europa y otros importadores. Permitiendo que los precios no siguieran disparados y con ello controlando la presión inflacionaria.

Lo más llamativo es que no dijo nada, no dio ningún anuncio, ninguna rueda prensa o comunicado. Simplemente modificó sus compras, utilizó sus reservas y permitió que el resultado se reflejara en los mercados.

La paradoja del salvavidas chino

China actuó así, en primer lugar, para protegerse. Comprar un barril persistentemente caro elevaría los costos del transporte, la industria, la agricultura y la producción petroquímica. Este último sector es especialmente importante, porque más del 60% del crecimiento actual de la demanda petrolera china ya no proviene de automóviles o camiones, sino de la fabricación de plásticos, fibras y materiales sintéticos. Pekín no podía permitir que la guerra golpeara directamente a su industria.

El presidente de China, Xi Jinping, junto a su par de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: X @WhiteHouse.

Pero la decisión también respondió a una lógica estratégica más amplia. Una crisis energética mundial habría perjudicado a Estados Unidos, pero también habría reducido las exportaciones chinas, debilitado a sus socios comerciales y aumentado el riesgo de una recesión global. China sigue dependiendo de mercados capaces de comprar sus productos, de rutas marítimas abiertas, de contratos relativamente estables y de cadenas de suministro que funcionen. Por eso, reducir sus compras no buscaba salvar deliberadamente a Washington, sino proteger un sistema económico del cual China es uno de los principales beneficiarios.

Esto revela una de las paradojas más inesperadas de la actualidad. Desde el fin de las guerras mundiales, Estados Unidos construyó buena parte del orden económico internacional a su medida. Impulsó el dólar como moneda central, protegió las rutas marítimas, promovió la apertura comercial, expandió las cadenas globales de producción y creo toda una institucionalidad internacional para legitimarlo.

El tema es que fue China el que aprendió a utilizar ese sistema mejor que cualquier otro país, incluido Estados Unidos. Se convirtió en la principal potencia manufacturera, en el mayor exportador mundial y en un actor indispensable para el comercio global. Ahora, mientras Donald Trump intenta renegociar ese orden mediante aranceles, sanciones, amenazas y presión directa, Pekín aparece como la potencia interesada en conservar el orden.

Pero ni el Partido Comunista chino ni su presidente Xi Jinping, defienden ese sistema por convicción ideológica. Busca modificarlo, reducir la influencia del dólar, debilitar la capacidad de la Casa Blanca para imponer sanciones y crear redes comerciales y financieras propias. Pero quiere hacerlo gradualmente.

Su escenario ideal no es una implosión estadounidense ni una depresión mundial. Es una erosión lenta del predominio de Washington, suficientemente controlada como para permitir que China ocupe nuevos espacios sin destruir los mercados que sostienen su crecimiento.

El pragmatismo ante la guerra y el riesgo de un Trump que va por un “all in”

Ese mismo pragmatismo explica su posición frente a Irán. China necesita que Teherán sobreviva como un Estado autónomo y que no sea completamente subordinado por Estados Unidos. Irán es un proveedor energético, un corredor hacia Asia Central y uno de los pocos grandes actores regionales que mantiene una política exterior independiente de Washington.

Sin embargo, Pekín tampoco desea una victoria iraní que provoque el colapso de las monarquías árabes, un cierre permanente de Ormuz o una guerra regional sin límites.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos junto a Xi Jinping, presidente de la República de China. Foto: Casa Blanca.

China intenta sostener tres objetivos que resultan difíciles de compatibilizar. Evitar la destrucción de Irán, mantener abiertas las rutas comerciales y conservar sus relaciones con Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar y el resto de los países del Golfo.

Por eso no actúa como un aliado militar tradicional de Teherán. Le entrega oxígeno económico, acceso comercial y posiblemente tecnologías de doble uso, pero evita comprometerse con su defensa directa. Su objetivo es impedir el colapso estratégico iraní, no garantizar una victoria total.

Por un lado se beneficia con el conflicto, puesto que obliga a Estados Unidos a dividir su atención entre Europa, Oriente Medio y Asia. Pero si la guerra vuelve a paralizar Ormuz por mucho tiempo o cierra Bab el-Mandeb, esto empuja al petróleo hacia niveles extremos, el costo económico para China podría superar cualquier beneficio militar.

Xi intenta preservar a Irán, impedir el colapso del comercio energético, desgastar la primacía estadounidense y aparecer después como un actor necesario para reconstruir la estabilidad. El problema es que las herramientas utilizadas por Pekín no son infinitas.

China puede recurrir a sus reservas, reducir temporalmente sus importaciones, limitar la actividad de sus refinerías y aumentar el uso de carbón o energías renovables. Pero no puede compensar indefinidamente una interrupción prolongada de las rutas marítimas. Si Ormuz permanece cerrado y Bab el-Mandeb también se vuelve intransitable, ya no bastará con retirar algunos millones de barriles de la demanda mundial. En ese escenario, la crisis energética dejaría de ser una amenaza contenida y comenzaría a convertirse en una realidad económica global.





Presione Escape para Salir o haga clic en la X