Más allá del arcoíris: habitar la memoria y la resistencia en América Latina

  • 21-07-2026

Cada 28 de junio se conmemora el Día Internacional del Orgullo, una fecha con raíces profundas en las protestas de Stonewall Inn en Nueva York. Nos recuerda la mañana de 1969 y las protestas y movilizaciones sociales como respuesta rabiosa y digna de la comunidad queer frente a las redadas policiales en su espacio de refugio y diversión. Ejemplo e inspiración de lucha y resistencia, sobre todo por parte de mujeres trans racializadas, frente a la violencia y al atropello por parte de los agentes policiales.

Como un ejercicio de memoria, año a año salimos a las calles, el arcoíris irrumpe en el espacio público para decir aquí estamos, existimos, defendemos nuestros derechos, adquiridos tras largas luchas y movimientos sociales globalmente. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿comienza en Stonewall Inn nuestra lucha como personas latinoamericanas?

Si bien ese hito es un punto de inflexión global, ¿hemos reflexionado en torno a nuestras acciones contestatarias y demandas desde el sur global? Es necesario intencionar un pensamiento situado en nuestro propio territorio y recordar las narrativas disidentes locales que han resistido a procesos colonizadores mucho antes de Stonewall. El sistema binario de género occidentalizado dista mucho de ser un concepto universal. En la cosmovisión mapuche, por ejemplo, el género de la autoridad religiosa, el o la machi, está determinado por su identidad y espiritualidad, no por el sexo asignado al nacer. Es esa fluidez la que les permite interactuar con el reino espiritual. La colonización europea arrasó con muchas de estas tradiciones indígenas, genocidios de pueblos completos, con ello sus culturas y sus lenguas.

La instauración del heteropatriarcado y el racismo estructural persiguieron sistemáticamente a todo cuerpo y experiencia ajena a la heteronormatividad. Por eso, nuestra historia en el continente carga con otras heridas y otras formas de resistencia: travestis perseguidas por dictaduras, sobrevivientes de violencia policial y personas detenidas por el simple hecho de demostrar afecto en la vía pública. Un gesto tan cotidiano como tomarse de la mano en la calle deja de ser un acto íntimo; se convierte en una declaración política de rebeldía cuando lo que se busca es, simplemente, el derecho a existir.

Cuando se habita desde la vereda de la discriminación, resulta imposible no politizar lo cotidiano, porque la biografía y la memoria están atravesadas por el miedo, el estigma y el abandono institucional. Ante la ausencia del Estado, son las propias personas de la comunidad quienes construyen respuestas cuando las instituciones deciden no hacerlo. Fueron las personas viviendo con VIH quienes transformaron el diagnóstico en organización política y exigieron salud, prevención y dignidad. Cuando el miedo alejaba a otros, la comunidad eligió quedarse y sostener la vida de otres. Por eso, nuestras memorias no están en los archivos oficiales: viven en las organizaciones de base, los espacios culturales comunitarios y los lazos de cuidado que se fueron tejiendo para sobrevivir.

Pensar que porque en junio las calles y las marcas se llenan de arcoíris el mundo se ha vuelto tolerante y abierto es un error. A nivel mundial, la diversidad sexual sigue penalizada en 64 países, y en 12 de ellos se castiga con la pena de muerte. En América Latina, aunque existan avances legales innegables en las últimas décadas, el marco normativo es solo la mitad de la verdad. El cambio social hacia una cultura de respeto real va muy rezagado en sociedades polarizadas y conservadoras. La región sigue concentrando de forma desproporcionada la mayor violencia homicida contra personas LGBTIQ+, sumando cientos de víctimas anuales en países como Brasil, México o Colombia, y reduciendo drásticamente la esperanza de vida de la población trans debido a una discriminación estructural. Vivimos un escenario complejo donde el auge de discursos de odio intenta presentar la diversidad como una amenaza y la memoria como algo prescindible. Se ataca la educación sexual, se cuestionan las identidades trans y se debilitan las políticas de prevención.

En Chile contamos con hitos propios que exigen espacio, como la primera manifestación en la Plaza de Armas de Santiago, el 22 de abril de 1973, gatillada también por la brutalidad policial. Hemos conquistado herramientas como la Ley Antidiscriminación y la Ley de Identidad de Género, o avances locales como el instructivo Mara Rita en la Universidad de Chile. Pero nada de esto fue un regalo; todo fue disputado en la calle. Hoy la precariedad sigue latente. Visibilizarse sigue implicando el riesgo de sufrir violencia, y el cruce de clases define si tienes miedo o no a perder tu techo, tu sustento o el apoyo de tu familia al asumir tu identidad. Por eso el concepto de comunidad es nuestro refugio contra la soledad estructural.

Nuestra historia está escrita con nombres propios: Mónica Briones, Daniel Zamudio, Ana Almonacid, Yuridia Pizarro y Nicole Saavedra, Vicente González, y miles de otres que nunca aparecieron en los periódicos. Mientras los medios y el mercado se acuerdan solo en junio de que existimos para tratarnos como una celebración y un potencial cliente, nuestra memoria nos recuerda otra cosa.

El orgullo no es marketing. El orgullo es resistencia, es cuidado colectivo, es interdependencia, es demanda de justicia y, por sobre todo, es memoria viva frente a quienes pretenden borrarnos. Al cierre de este mes, la urgencia sigue siendo interpelarnos: ¿Qué vida digna estamos construyendo? ¿Qué vidas e identidades siguen siendo precarizadas/borradas? Y, frente a la violencia y negación de derechos humanos que persiste, ¿se puede sentir realmente orgullo en Chile?

La invitación es a seguir construyendo comunidad, no perder la alegría y la celebración desde una conciencia y memoria histórica que nos permita articularnos en pos de una vida digna, donde existir no sea una lucha.

Ni un paso atrás.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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