La acumulación de guerras, tensiones y crisis simultáneas empuja al mundo hacia uno de los momentos más inestables de las últimas décadas. Lo realmente peligroso es que varios de esos frentes se conectan entre sí, presionan las mismas rutas comerciales, compiten por los mismos recursos militares y obligan a las principales potencias a dividir su atención. Dentro de este escenario, dos conflictos concentran hoy buena parte del riesgo. La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán y la larga guerra entre Rusia y Ucrania.
El frente iraní avanza a una compleja fase
El frente iraní entró en una fase de extrema tensión. Las hostilidades se reanudaron después de un paréntesis de poco más de tres semanas tras el colapso de la vía diplomática. Desde entonces, Estados Unidos e Irán aumentaron progresivamente la intensidad y el alcance de sus operaciones. Al no existir, por ahora, condiciones para una guerra terrestre convencional, ambas partes buscan deteriorar la estructura económica, logística y militar del adversario.
Irán, por su parte está desarrollando una escalada horizontal, expande la presión hacia las bases estadounidenses, los países del golfo, el tráfico marítimo y los aliados de Washington. Estados Unidos, en cambio, impulsa una escalada vertical. Incrementa la capacidad destructiva de sus ataques y amenaza infraestructura cada vez más sensible. Cumpliendo ya los 14 días continuos de ataques que no dejan de escalar en intensidad y objetivos usando ya bombarderos B-1.

Entre los posibles objetivos aparece la instalación conocida como Pickaxe Mountain o Kolang (en persa), construida bajo una montaña y donde, según evaluaciones israelíes, Irán habría trasladado material nuclear y centrifugadoras. Un ataque contra ese complejo podría provocar una respuesta iraní con misiles balísticos sobre Israel, reincorporando plenamente a las fuerzas israelíes que hasta ahora no se han involucrado directamente dejando que EE.UU haga su trabajo por ellos.
Una escalada de esta magnitud podría reactivar los frentes de Irak y Yemen, algo que paulatinamente ya está tomando forma. Israel ya comenzó a habilitar refugios en varias localidades ante la posibilidad de ataques iraníes. Al mismo tiempo, volvieron los enfrentamientos internos en Yemen entre Ansar Allah, también conocidos como hutíes, y las fuerzas respaldadas por Arabia Saudita.
En paralelo, Irán endureció el bloqueo del estrecho de Ormuz. La Guardia Revolucionaria informó del incendio y explosión de un petrolero, detuvo otras embarcaciones y lanzó ataques contra bases estadounidenses en Kuwait. La interrupción de esos flujos y los miedos por mayores escaladas ya empujó el petróleo por encima de los 100 dólares y elevó la incertidumbre en los mercados.

Pero el mayor peligro aparece cuando la guerra comienza a incluir infraestructura civil crítica. Estados Unidos ha amenazado con destruir centrales eléctricas y puentes cada vez que Irán ataque un buque en Ormuz. Teherán respondió que golpeará instalaciones equivalentes en los países que colaboren con Washington.
En ese intercambio aparecen las plantas desalinizadoras, fundamentales para el abastecimiento de agua potable en Israel y en buena parte de los Estados de la región. Si estas instalaciones fueran atacadas, el conflicto podría pasar de una crisis militar y energética a una emergencia humanitaria regional marcada por la escasez de agua y el riesgo sanitario.
La crisis en el gobierno ucraniano suma la incertidumbre
Mientras Oriente Medio se aproxima a uno de sus puntos más peligrosos, Ucrania también enfrenta una crisis política y militar. Después de más de cuatro años de guerra, la estructura interna del Estado muestra señales de agotamiento. La renuncia de la primera ministra Yulia Svyrydenko se sumó a las destituciones del ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, y del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Oleksandr Syrskyi, profundizando las divisiones entre el poder político y el mando militar.
La salida de Fedorov, valorado por impulsar la modernización tecnológica de las fuerzas ucranianas y combatir la corrupción, desató manifestaciones en distintas ciudades. Syrskyi, criticado por representar una conducción militar heredera de la escuela soviética, fue reemplazado por Mykhailo Drapatyi, un general con experiencia de combate y mayor popularidad entre las tropas. Estos cambios podrían interpretarse como una renovación necesaria, pero también revelan una lucha interna por el control de la conducción política y militar en un momento particularmente delicado.

Las encuestas muestran la magnitud del desgaste. Un 88% de los ucranianos declara querer una renovación de las autoridades centrales; un 83% pide cambios en el Parlamento; un 74%, en el Gobierno; y un 67%, en la Presidencia. Cerca del 70% considera que Volodymyr Zelenski debería ser reemplazado una vez terminada la guerra. Rusia intenta utilizar estas cifras y las protestas como prueba de que Ucrania comienza a fracturarse desde dentro.
Al mismo tiempo, Moscú mantiene los ataques con misiles y drones contra infraestructura logística, energética y civil. El Kremlin sabe que una guerra de desgaste no se gana únicamente avanzando sobre el territorio. También se gana deteriorando la capacidad del adversario para financiarse, gobernar, movilizar soldados y conservar el respaldo externo. Ucrania necesita tiempo, cohesión y asistencia constante, precisamente los tres recursos que comienzan a escasear.
La Unión Europea aprobó un préstamo de 90 mil millones de euros para cubrir las necesidades financieras y militares de Ucrania durante 2026 y 2027. Sin embargo, este esfuerzo coincide con crecientes demandas de gasto en defensa, energía y protección de las fronteras europeas. Entre 2022 y 2026, la Unión Europea entregó otros 43.300 millones de euros en ayuda macrofinanciera. El respaldo sigue siendo considerable, pero cada nueva crisis obliga a Europa a repartir recursos limitados entre más prioridades.
Donde convergen los conflictos
Aquí aparece la conexión entre ambos conflictos. Ucrania e Irán no forman parte de una misma guerra ni responden a una conducción militar común. Sin embargo, constituyen dos frentes de una misma crisis sistémica porque presionan simultáneamente las capacidades que sostienen la estabilidad internacional. Ambos conflictos requieren armamento, defensas antiaéreas, inteligencia, financiamiento, energía y atención diplomática.
Estados Unidos enfrenta el dilema más evidente. Ucrania depende de Washington para mantener sistemas Patriot, inteligencia satelital, municiones de precisión y defensa aérea. Pero esos mismos recursos son necesarios para proteger bases, barcos y aliados estadounidenses frente a Irán. Cada misil interceptor utilizado en Oriente Medio debe ser repuesto y no puede enviarse inmediatamente a Ucrania. El problema no es solamente cuánto dinero puede aprobar el Congreso, sino cuánto armamento puede fabricar la industria y en qué plazos.
Rusia también busca aprovechar esta superposición. Aunque concentra su esfuerzo militar en Ucrania, utiliza su relación con Irán para aumentar el costo de la intervención estadounidense en Oriente Medio. Existen reportes sobre una eventual entrega de inteligencia, información satelital y apoyo tecnológico ruso a Teherán, por eso no es casual que hoy se reúna el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, con su homólogo ruso, Serguei Lavrov en la cumbre de la ASEAN.

La convergencia más concreta se encuentra en la energía y el comercio. El conflicto iraní amenaza Ormuz y Bab el-Mandeb. La guerra ucraniana presiona el mar Negro, los puertos, las refinerías y la infraestructura energética rusa. Si los tres espacios se deterioran simultáneamente, una parte considerable de las rutas que transportan petróleo, combustibles refinados, cereales y mercancías queda sometida a riesgos militares.
No es necesario que el petróleo desaparezca para producir una crisis. Basta con que aumenten los seguros, los fletes y los tiempos de navegación. El petróleo puede existir físicamente, pero no llegar donde se necesita ni en el momento requerido.
Por eso, el peligro no se resume en un barril sobre los 100 dólares. La presión se transmite hacia el diésel, el transporte, los alimentos, los fertilizantes, la electricidad y la inflación. Los países alejados de los campos de batalla terminan pagando el costo de guerras que ocurren a miles de kilómetros.
Ucrania e Irán son dos frentes separados, pero comprimen el mismo sistema. Compiten por los mismos interceptores, atraviesan corredores conectados, movilizan a las mismas potencias y tensionan mercados que ya operan con escaso margen.
Cada episodio parece limitado cuando se observa de manera aislada. Pero cuando ocurren al mismo tiempo, sus efectos dejan de sumarse y comienzan a multiplicarse.






