“Orgullo y prejuicio” en el Teatro Municipal de Santiago: Cuando los libros clásicos se atreven a bailar

  • 26-07-2026

Cuando pienso en Orgullo y prejuicio pienso, antes que nada, en esos diálogos. En los ingeniosos intercambios entre Elizabeth Bennet y Mr. Darcy, en las ironías de Jane Austen, en todo aquello que se dice… y también en lo que ese mundo calla.

Por eso tenía curiosidad por ver cómo el Ballet de Santiago resolvería ese desafío. ¿Cómo convertir una novela construida sobre las palabras en un espectáculo donde el cuerpo es el que habla?

Porque, no es menor decidir llevar Orgullo y prejuicio al ballet por primera vez. Jane Austen escribió una novela que parece resistirse a ese lenguaje: una historia sostenida por conversaciones brillantes, ironía y sutilezas psicológicas. Transformar todo eso en movimiento implicaba un riesgo enorme. Y precisamente por eso celebro la apuesta del Ballet de Santiago y del Teatro Municipal de Santiago.

Para desarrollar este hito que cruza disciplinas convocaron a un destacado equipo de artistas británicos que asumió el desafío de crear una obra nueva a partir de uno de los clásicos más queridos de la literatura mundial. Este estreno está a cargo del premiado artista Kenneth Tindall, considerado uno de los coreógrafos más destacados de su generación y actual coreógrafo residente del Northern Ballet (Inglaterra) quien junto al dramaturgo Ian Kelly, desarrollaron la narrativa de este ballet. En donde no se busca ilustrar la novela, aunque estén presentes las escenas más importantes de ella, sino de preguntarse qué podía decir el ballet allí donde las palabras de Austen ya no estaban. La respuesta está en una coreografía que entiende muy bien que el amor, el orgullo, el deseo, el ridículo y los prejuicios también pueden narrarse con una mirada, una distancia, una mano que se acerca o se retira. Lo que en la novela conocemos a través de la voz de Austen, aquí aparece transformado en movimiento.

Uno de los grandes aciertos de esta producción es su música. La partitura original, compuesta especialmente para este montaje por el compositor y multiinstrumentista Frank Moon, tiene una belleza y diversidad que sostiene emocionalmente la historia y dialoga con la coreografía sin buscar protagonismo. A ello se suma el magnífico trabajo de la Orquesta Filarmónica de Santiago -dirigida brillantemente por Pedro-Pablo Prudencio– que convierte cada escena en una experiencia profundamente envolvente.

Además de todos los méritos artísticos de este estreno, para mí lo más esperanzador de esta apuesta está ocurriendo fuera del escenario. La respuesta del público ha sido extraordinaria: funciones agotadas, una función adicional para responder a la demanda y, sobre todo, la sensación de que muchas personas estaban entrando por primera vez a ver un ballet.

Me gustó detenerme unos minutos antes de entrar a la sala y al terminar la función para ver a mucha gente fotografiando el teatro, acercándose al mini set austeniano del hall (bien ahí el equipo de marketing y comunicaciones) para sentirse protagonista de esta historia y compartiendo ese momento con entusiasmo. No parecían visitantes de un espacio que les resultara habitual, sino personas descubriendo un lugar que también les pertenece.

Salí del Teatro Municipal pensando que los clásicos siguen vivos precisamente porque permiten estas nuevas lecturas. Cambian el lenguaje, cambia el escenario, pero las preguntas siguen siendo las mismas a través de los tiempos y culturas: cuánto pesan nuestras primeras impresiones, cuánto cuesta reconocer nuestros propios prejuicios y qué significa realmente aprender a mirar al otro. Si alguna vez han pensado que el ballet es un arte lejano o difícil de descifrar, Orgullo y prejuicio puede ser una muy buena puerta de entrada.

En tiempos en que solemos preguntarnos cómo acercar nuevos públicos a las artes, esta producción parece ofrecer una respuesta sencilla y poderosa: asumir riesgos, crear obras nuevas a partir de los clásicos que resultan familiares y confiar en que el público está dispuesto a dejarse sorprender. Ojalá ese sea también uno de los legados de este Orgullo y prejuicio: recordarnos que las instituciones culturales crecen no sólo cuando amplían su repertorio, sino también cuando amplían su comunidad.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

Presione Escape para Salir o haga clic en la X