La carrera por definir a la próxima persona que encabezará Naciones Unidas entró en su fase decisiva. El Consejo de Seguridad comenzó las deliberaciones informales para medir el respaldo de los siete candidatos que buscan reemplazar a Antonio Guterres.
Aunque la elección parece involucrar a los 193 Estados miembros, el verdadero poder se concentra en los 15 integrantes del Consejo y, especialmente, en los cinco miembros permanentes con derecho a veto, Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido.
Straw polls
El mecanismo que ahora se pone en marcha se conoce como straw poll, una votación informal, secreta y no vinculante. Los representantes deben marcar una de tres alternativas frente a cada candidatura: alentar, desalentar o no expresar opinión. Todavía no se elige oficialmente a nadie. Se trata de un primer filtro que permite medir apoyos, detectar resistencias y observar qué nombres pueden sobrevivir a las negociaciones entre los países con derecho a veto.

Este procedimiento no aparece regulado en detalle en la Carta de Naciones Unidas. Es una práctica diplomática introducida en 1981 para evitar votaciones públicas que pudieran terminar en bloqueos abiertos o vetos humillantes. Su objetivo es reducir progresivamente la lista hasta encontrar una figura capaz de reunir consenso y, sobre todo, de no provocar el rechazo definitivo de ninguno de los cinco miembros permanentes.
Durante las primeras rondas, todos los países utilizan papeletas iguales. Así se conoce el número de apoyos y rechazos, pero no se sabe si un voto negativo provino de una potencia con derecho a veto. Más adelante en las votaciones, las papeletas del llamado P5 cambian de color. En ese momento, un voto de desaprobación pasa a ser una señal de que esa candidatura puede quedar definitivamente bloqueada.
Para avanzar, un candidato necesita al menos nueve votos favorables y ningún veto del P5. Cuando emerge un nombre capaz de cumplir ambas condiciones, el Consejo de Seguridad celebra una sesión privada formal y lo recomienda ante la Asamblea General. Los 193 Estados participan entonces en la ratificación, pero el nombre recomendado suele aprobarse por aclamación (votación unánime). La decisión política fundamental, por tanto, ya se tomó antes dentro del Consejo.
La competencia y negociación
En la competencia siguen en pie el argentino Rafael Grossi, director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica; la expresidenta chilena Michelle Bachelet; la costarricense Rebeca Grynspan; la ecuatoriana María Fernanda Espinosa; la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett; el expresidente senegalés Macky Sall; y el diplomático ugandés Olara Otunnu, quien se unió hace una semana a la carrera. Todavía podrían sumarse otros nombres y no existe un favorito evidente. Las rondas podrían extenderse durante dos o tres meses, separadas por semanas de negociaciones.
Ese tiempo entre cada votación es tan importante como el resultado mismo. Las cancillerías de los patrocinantes y los equipos de cada candidatura lo utilizan para visitar capitales, buscar apoyos y descifrar de dónde provienen los rechazos. Las campañas no se desarrollan con actos masivos ni discursos públicos, sino mediante reuniones discretas en Nueva York, Washington, Moscú, Pekín, París y Londres. El objetivo es evitar un veto y asegurar los votos de los diez miembros no permanentes, necesarios para alcanzar la mayoría.

La lógica de esta elección no consiste en encontrar a la persona más popular ni a la figura con el programa más ambicioso, sino al candidato que genera menos rechazo, el mínimo común denominador aceptable. Una figura demasiado cercana a Occidente puede despertar el veto de Rusia o China. Otra percibida como alineada con Pekín o Moscú puede provocar la resistencia de Estados Unidos. Por eso suele imponerse una personalidad con experiencia y peso político, pero también suficientemente pragmática para no amenazar los intereses vitales de ninguna potencia.
El respaldo a una candidatura puede formar parte de acuerdos más amplios sobre la distribución de puestos relevantes dentro de la burocracia de la ONU. Subsecretarías como asuntos políticos, operaciones de paz o asuntos económicos y sociales pueden entrar en el intercambio. La elección se transforma en una negociación por paquetes, equilibrios regionales y espacios de influencia. No se vota únicamente por una persona, sino también por el reparto del poder dentro de la organización.
El problema es que el Consejo de Seguridad está viviendo una de las etapas de polarización más intensas desde su formación en 1945. La relación entre las potencias se volvió más transaccional, la confianza en el multilateralismo se debilitó y países como Francia o Reino Unido ya no tienen el peso de potencia que justificó su derecho a veto.
La ONU enfrenta guerras regionales, crisis humanitarias, restricciones financieras y cuestionamientos sobre su capacidad de acción. Además arrastra una estructura que todavía refleja el reparto de poder de la posguerra, un poder que hoy se está resquebrajando con especial velocidad.
El próximo secretario general no solo tendrá que administrar la burocracia. Deberá recuperar legitimidad, defender la cooperación internacional y convencer a los Estados de que problemas como el cambio climático, las pandemias, los desplazamientos humanos o la gobernanza de Internet necesitan respuestas colectivas. También deberá enfrentar a potencias que utilizan a Naciones Unidas cuando les conviene, pero que la marginan cuando limita sus intereses.
El futuro de Bachelet
En ese marco, la candidatura de Michelle Bachelet enfrenta la verdadera prueba de fuego. Su principal fortaleza es también una de sus vulnerabilidades. Su historial como dos veces presidenta, su paso por ONU Mujeres y por la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos le entrega reconocimiento global y una trayectoria multilateral difícil de igualar. Además, su candidatura recoge dos demandas históricas, que una mujer encabece por primera vez la organización y que América Latina vuelva a ocupar el cargo.

Sin embargo, Bachelet enfrenta riesgos directos dentro del P5. Su trayectoria en derechos humanos puede generar resistencias tanto en Estados Unidos como en China o Rusia, aunque por razones distintas. Sectores conservadores estadounidenses han cuestionado sus posiciones en derechos reproductivos y su actuación frente a China. Pekín, a su vez, podría observar con desconfianza el informe publicado al final de su mandato sobre las violaciones contra la población uigur.
Esa doble presión puede dejarla atrapada entre dos vetos, pero también podría permitirle presentarse como una figura independiente de ambos bloques. El hecho de recibir críticas desde posiciones enfrentadas puede reforzar la idea de que no responde directamente a ninguna potencia. Sin embargo, en una elección donde basta una sola papeleta negativa del P5 para cerrar el camino, esa autonomía también representa un riesgo considerable.
La supervivencia de Bachelet dependerá, en buena medida, del trabajo diplomático de Brasil y México, que sostienen su candidatura tras el retiro del patrocinio chileno. Ambos países deberán convencer a Washington de no bloquearla, asegurar que Beijing y Moscú la vean como una figura de equilibrio y construir una mayoría entre los miembros no permanentes del Consejo.
La campaña necesita que ambos países actúen de manera coordinada y proyecten a Bachelet como una candidata multilateral, más que como la representante de un bloque ideológico.
La primera ronda de straw polls no elegirá todavía al próximo secretario general, pero mostrará quiénes tienen posibilidades reales y quiénes comienzan a quedar fuera. También revelará si las grandes potencias están dispuestas a aceptar una figura con autonomía política o si volverán a imponer un nombre funcional a sus propios intereses. En el caso de Bachelet, esta etapa medirá si su experiencia internacional pesa más que las resistencias que genera.
La elección, en definitiva, no solo definirá a la persona que dirigirá Naciones Unidas. También mostrará qué tipo de organización están dispuestas a tolerar las potencias en un momento de crisis del orden internacional. El próximo secretario general puede intentar superar las limitaciones del presente o terminar reflejando las mismas divisiones que hoy paralizan al Consejo de Seguridad. Esa es la disputa de fondo que comienza a jugarse detrás de las puertas cerradas.






