Los Contadores Auditores y el arte de seducir desde la excelencia y la familiaridad

  • 02-08-2026

Los Contadores Auditores, Secretos de oficina, Felipe Olivares, Juan Andrés Rivera, teatro Nescafé de las Artes, Gabriel Urzúa, Antonia Santa María, teatro musical chileno

El pasado viernes fui a ver el estreno de Secretos de oficina en el teatro Nescafé de las Artes, con una sensación que se ha repetido varias veces en los últimos años cuando me siento frente a una obra de Los Contadores Auditores: la alegría de encontrar un espectáculo que nunca subestima a su público.

Hay una prejuicio antiguo que todavía sobrevuela parte del mundo artístico: que las obras más accesibles necesariamente son menos exigentes. Que hacer reír es más fácil que conmover. Que convocar a grandes públicos implica simplificar las búsquedas artísticas. Los Contadores Auditores llevan casi veinte años demostrando exactamente lo contrario.

Con el estreno de Secretos de oficina, la dupla formada por Felipe Olivares y Juan Andrés Rivera vuelve a confirmar que el teatro musical puede ser, al mismo tiempo, un espacio de enorme sofisticación artística y una fiesta compartida. Quienes han visto Morir de amor, Vivo por ella, La incondicional, Provocame o Tu eres la tristeza de mis ojos, probablemente recuerdan la deliciosa emoción de salir del teatro felices y cantando. La fórmula parece sencilla, pero no lo es. Toman melodramas, teleseries, cultura pop y canciones que forman parte de la memoria afectiva de varias generaciones. Construyen historias delirantes, personajes entrañables y situaciones cómicas. Pero debajo de esa aparente liviandad hay una maquinaria teatral de enorme precisión: dramaturgias construidas con inteligencia, un ritmo escénico impecable, dirección musical, coreografías, diseño integral y el trabajo de intérpretes capaces de actuar, cantar y bailar con una naturalidad que hace olvidar el enorme oficio que hay detrás.

También hay una enorme confianza en el público. Los Contadores Auditores nunca parecen partir de la idea de que, para convocar a muchas personas, haya que rebajar la exigencia artística. Al contrario. Sus montajes cuidan la dirección, las actuaciones, la música en vivo, el diseño y el trabajo colectivo con un nivel de detalle que cualquiera reconocería en una producción mucho más solemne.

Secretos de oficina reúne sobre el escenario a varios de los talentos que hemos visto en los musicales anteriores: Gabriel Urzúa, Antonia Santa María, Germán Pinilla, Montserrat Ballarín, Gabriel Cañas, Carmen Disa Gutiérrez, Mariela Mignot, Emilia Noguera y Dayana Amigo. Lo que ocurre sobre el escenario funciona porque cada uno pone su talento al servicio del conjunto y porque detrás existe un equipo creativo que entiende el musical como una disciplina compleja y profundamente colaborativa.

Admiro profundamente la libertad con la que quienes participan en estas creaciones transitan entre distintos territorios del teatro chileno. Muchos de estos actores y actrices, así como los propios creadores, pueden encontrarse en propuestas experimentales, políticas o de investigación escénica —como ocurre, por ejemplo, con los trabajos de Bonobo y otras compañías de vanguardia— y, al mismo tiempo, entregarse con absoluta convicción a un musical popular construido sobre canciones de Miguel Bosé, Mecano o Alejandro Sanz. No hay jerarquías. No hay culpa. Hay oficio.

Ese desplazamiento desafía una falsa división que todavía persiste entre “teatro de arte” y “teatro comercial”. Como si el rigor estuviera reservado para unos pocos escenarios y el entretenimiento fuera necesariamente superficial. En casi dos décadas, los Contadores Auditores han construido una trayectoria que demuestra que esa oposición simplemente no se sostiene.

Pero si tuviera que elegir el mayor aporte de Los Contadores Auditores al teatro chileno, probablemente no hablaría de una obra en particular. Hablaría de las personas que hoy van al teatro gracias a ellos. De quienes perdieron el miedo a entrar a una sala porque descubrieron que podían emocionarse, cantar, reír y salir con ganas de volver. En un momento en que tantas instituciones culturales buscan desesperadamente formar audiencias, ellos llevan años haciéndolo, casi sin convertirlo en discurso.

A veces hablamos de democratizar la cultura como si fuera únicamente un problema de precios o de acceso. Los Contadores Auditores recuerdan que también tiene que ver con crear obras capaces de invitar a nuevos públicos sin renunciar a la inteligencia, al oficio ni a la ambición artística y a apelar a lo que las audiencias ya tienen dentro de su memoria cultural.

No es una tarea sencilla. De hecho, sospecho que es una de las más difíciles que existen. Quizás por eso vale la pena detenerse a celebrar compañías como esta. Porque nos recuerdan que el teatro puede ser profundamente popular sin dejar de ser excelente. Y porque, en tiempos tan propensos a dividir la cultura entre lo “serio” y lo “masivo”, ellos insisten, función tras función, en demostrar que esa frontera nunca fue tan real como algunos quisieron creer.

En tiempos en que el aporte estatal a la cultura corre peligro y en donde tantos defendemos el aporte significativo de las artes a la construcción de nuestras vidas y comunidades, vale la pena mirar con atención lo que Los Contadores Auditores llevan haciendo hace años. No mediante discursos sobre formación de públicos, sino creando espectáculos que respetan profundamente a quienes se sientan en la platea. Nunca simplifican porque el público sea amplio; al contrario, trabajan con una generosidad artística que hace que cualquiera pueda entrar a ese universo sin sentirse excluido.

No es un mérito menor. Ampliar el acceso a la cultura sin bajar la exigencia artística es una de las tareas más difíciles que existen. Ellos la han convertido en una marca de identidad que genera una relación de confianza con sus audiencias función a función.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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