Lula y Flávio Bolsonaro: Brasil vota entre soberanía y alineamiento de la derecha global

La campaña presidencial enfrenta dos modelos de inserción internacional: la autonomía estratégica que impulsa Lula, frente al alineamiento con la nueva derecha global que representa Flávio Bolsonaro.

La campaña presidencial enfrenta dos modelos de inserción internacional: la autonomía estratégica que impulsa Lula, frente al alineamiento con la nueva derecha global que representa Flávio Bolsonaro.

Comenzó la recta final de cara a las elecciones presidenciales en Brasil. Con la proclamación oficial de Luiz Inácio Lula da Silva como candidato del Partido de los Trabajadores, el actual mandatario deberá medirse contra el senador Flávio Bolsonaro, quien ya fue oficializado como candidato la semana pasada en una polémica presentación. El gigante sudamericano entró en una campaña marcada por la polarización, la soberanía y la creciente participación de actores extranjeros en la política regional.

Lula y su apuesta por la defensa de la soberanía 

Lula llega a su séptima campaña presidencial con 80 años y luego de superar un tratamiento contra el cáncer de piel. En este proceso electoral buscará un cuarto mandato no consecutivo, acompañado nuevamente por Geraldo Alckmin, en una fórmula que reedita la alianza triunfadora de 2022.

Pero esta elección no será una repetición de la anterior. Por primera vez en la historia política reciente de Brasil, los siete partidos de izquierda y centroizquierda con representación en el Congreso acordaron respaldar la candidatura única desde la primera vuelta. Lula llega así con una base partidaria más ordenada, mientras la oposición intenta recomponer el bolsonarismo alrededor del senador Flávio Bolsonaro.

Durante la convención celebrada en São Paulo, Lula no concentró su discurso solamente en los logros sociales de su gobierno. Colocó en el centro de su programa la defensa de la soberanía nacional y la necesidad de preparar al país frente a un escenario internacional más violento. “Quiero estar preparado para que nadie invada este país para llevarse al presidente”, declaró, en una referencia directa a la operación estadounidense que capturó a Nicolás Maduro en Venezuela a comienzos de este año.

Lula junto a su esposa en el lanzamiento oficial de su campaña.
Lula junto a su esposa en el lanzamiento oficial de su campaña. Foto: Redes Sociales de Lula.

La frase no fue un detalle retórico. Lula pidió a la propia izquierda dejar de tratar la defensa como un asunto secundario y prometió aumentar la inversión militar. También cuestionó que un país del tamaño de Brasil no cuente con una fábrica propia de drones para vigilar sus fronteras y proteger la Amazonía. A eso sumó un mensaje sobre la relación de recursos naturales y las potencias: “Ni chinos ni estadounidenses ni franceses van a meter la mano en nuestras tierras raras y minerales críticos“.

Brasil ya relacionaba, desde el 2008, la defensa con la soberanía, la tecnología y el desarrollo industrial. En los anteriores gobiernos del PT avanzaron proyectos vinculados con submarinos, aviación, industria naval y el fortalecimiento de Embraer. Lo nuevo, por tanto, no es la doctrina, sino la jerarquía política que Lula le asigna. La defensa deja de ser una política sectorial y pasa a convertirse en una prioridad presidencial, junto con la educación, la salud, la transición energética y la inteligencia artificial.

El giro también modifica la cultura política de la izquierda brasileña. Durante décadas, su relación con las Fuerzas Armadas estuvo marcada por la memoria de la dictadura y la intervención militar en la política. Lula plantea ahora que una fuerza progresista no puede limitarse a administrar políticas sociales, sino que también debe proteger el territorio, conducir políticamente a las Fuerzas Armadas y desarrollar tecnología estratégica. Busca presentarse no solo como el presidente del empleo y el combate al hambre, sino también como un constructor de poder nacional.

Esta prioridad responde a una lectura más pesimista del escenario internacional. El mundo que observa Lula está atravesado por guerras, intervenciones militares, aranceles usados como castigo, sanciones económicas, competencia por minerales críticos e interferencias electorales. En ese contexto, la diplomacia y el multilateralismo ya no bastarían por sí solos. La paz, según esta nueva mirada, necesita industria propia, tecnología y capacidad de respuesta.

La defensa también sirve para disputar una bandera que la izquierda cedió durante años a la derecha. El bolsonarismo construyó su discurso de seguridad alrededor del enemigo interno; el crimen organizado, la delincuencia, los tribunales y la supuesta amenaza del comunismo. Flávio Bolsonaro mantiene esa línea con propuestas de mano dura, endurecimiento penal y flexibilización del porte de armas. Lula, en cambio, intenta ampliar el concepto de seguridad; incluye las fronteras, la industria, la energía, los minerales, la tecnología y la autonomía política.

Lula en el lanzamiento de la política de liderazgo en el sistema de ciencia y tecnología del país.
Lula en el lanzamiento de la política de liderazgo en el sistema de ciencia y tecnología del país. Foto: Prensa del gobierno brasileño.

Al otro lado, Flávio Bolsonaro fue proclamado por el Partido Liberal como heredero político de su padre, Jair Bolsonaro, inhabilitado por la Justicia Electoral y condenado a 27 años por el intento de golpe posterior a las elecciones de 2022. La convención incluso proyectó un mensaje creado con inteligencia artificial, con la voz y la imagen del exmandatario, en el que presentaba a su hijo como futuro presidente. La candidatura mantiene unido al núcleo bolsonarista, pero enfrenta aislamiento partidario, investigaciones judiciales y dificultades para atraer al electorado moderado.

Entre sus principales problemas aparecen la falta de alianzas con los partidos del llamado Centrão, las tensiones con Michelle Bolsonaro y el escándalo del Banco Master. El Tribunal Supremo autorizó a investigar movimientos relacionados con un supuesto acuerdo de financiamiento para una película sobre Jair Bolsonaro, lo que podría abrir un nuevo frente judicial en plena campaña. Flávio tampoco tiene definida una candidatura vicepresidencial capaz de ampliar su alcance hacia el centro político y el voto femenino.

La sombra de la Casa Blanca y la participación de Javier Milei en el lanzamiento de Flávio Bolsonaro, agrega otra dimensión. Sus ataques contra Lula y el respaldo del trumpismo mostraron que el bolsonarismo no compite solamente como una fuerza nacional. Se presenta como el representante brasileño de una coalición derechista transnacional, conectada con Estados Unidos, Argentina, Israel y otras fuerzas conservadoras de la región.

Para Flávio, esas alianzas entregan legitimidad y permiten presentar su candidatura como parte de una ola ascendente en América Latina que partió con su padre Jair. Para Lula, en cambio, representan una amenaza de subordinación. El presidente intenta mostrar que el bolsonarismo habla de patria dentro de Brasil, pero acepta la intervención de gobiernos extranjeros cuando estos comparten su orientación ideológica. Así transforma la principal fortaleza internacional de sus adversarios en una vulnerabilidad electoral.

La disputa queda formulada como una elección entre dos proyectos de inserción internacional mutuamente excluyentes. Lula propone fortalecer las capacidades militares, tecnológicas e industriales para negociar con todas las potencias sin quedar subordinado a ninguna. Puede cooperar con China, Estados Unidos, Europa o los BRICS, pero busca preservar la autonomía brasileña. El bolsonarismo, en cambio, propone insertar a Brasil dentro de una alianza ideológica liderada por Washington y acompañada por la nueva derecha regional.

Senador Flávio Bolsonaro concede entrevista a los medios en el Senado brasileño.
Senador Flávio Bolsonaro concede entrevista a los medios en el Senado brasileño. Foto: Edilson Rodrigues/Agência Senado.

Las encuestas favorecen a Lula

Las encuestas muestran una contienda estrecha. Lula mantiene una ventaja nacional y llegaría a una segunda vuelta con cerca de 47 o 48 por ciento, frente a un rango de 41 a 43 por ciento para Flávio Bolsonaro. El Nordeste sigue siendo el principal bastión del PT, mientras el Sur, el Norte y el Centro-Oeste favorecen al bolsonarismo. La región decisiva será el Sudeste, que concentra alrededor del 43% del electorado y donde ambos aparecen en empate técnico.

La elección dependerá del costo de vida, la inflación de los alimentos, el empleo, el rechazo hacia ambos candidatos y la capacidad para movilizar alianzas territoriales. Pero por encima de esas variables aparece una disputa mayor. Para la derecha, Brasil es la pieza que falta para consolidar un nuevo ciclo conservador en América Latina. Para Lula, es el único país sudamericano con suficiente tamaño económico, territorial y diplomático para frenar una reorganización regional bajo la conducción política de Washington.

Por eso, el giro de Lula hacia la defensa no debe entenderse solamente como una reacción al caos mundial. También es una respuesta directa a la internacionalización de la campaña opositora. La defensa pasa al centro porque la lucha por el poder en Brasil ya no es exclusivamente brasileña. La gran pregunta es si este discurso se traducirá en presupuesto, industria, tecnología y control civil, o si quedará limitado a una bandera soberanista de campaña.





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