La guerra entre Estados Unidos e Irán está estancada en una pausa cubierta por la incertidumbre. Los ataques directos disminuyeron y la diplomacia volvió a ocupar el centro de la escena, pero no existe todavía una salida estable. El conflicto parece atrapado en un círculo vicioso de bombardeos, amenazas, acuerdos provisionales y nuevos incumplimientos.
Sin embargo, está vez algo cambió. Los objetivos originales que motivaron a Washington y Tel Aviv a atacar, quedaron en el pasado y la guerra pasó a concentrarse casi completamente en el control del estrecho de Ormuz, el principal punto de estrangulamiento energético del planeta.
La reconfiguración de objetivos: la lucha por abrir Ormuz
Al comienzo, Estados Unidos e Israel plantearon cuatro objetivos: debilitar o derribar al régimen iraní, terminar con el enriquecimiento de uranio, destruir el programa de misiles balísticos y cortar el apoyo de Teherán a proxys como Hezbolá, Hamás, los hutíes de Yemen y las organizaciones armadas presentes en Irak. Ninguno de esos asuntos ocupa hoy el primer lugar.

La prioridad urgente de la administración de Donald Trump es reabrir Ormuz, restablecer el paso de los barcos comerciales y evitar que la paralización del petróleo, el gas y los fertilizantes golpee de manera todavía más profunda a Asia, Europa y los mercados internacionales.
Según los reportes reunidos durante las últimas jornadas, Estados Unidos, Irán, Omán y Catar trabajan en un nuevo arreglo provisional de 60 días. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, aseguró el 4 de agosto que un acuerdo podía concretarse en cuestión de horas. Cuando se le preguntó si Irán podría cobrar a los barcos que atraviesen la ruta, respondió: “Creo que se trataría de libertad de movimiento”.
Trump, por su parte, habló de “muy buenas conversaciones”, pero volvió a amenazar con golpear a Irán “con mucha fuerza” si las autoridades iraníes incumplen un nuevo compromiso.
Teherán presenta una versión diferente. El Gobierno iraní niega que existan conversaciones directas con Washington e insiste en que solo negocia con Omán los mecanismos técnicos para la navegación.
El portavoz de la Cancillería iraní, Esmail Baghaei, afirmó este miércoles 5 de agosto que las conversaciones son “profesionales” y “avanzan”. También aseguró que Irán y Omán ya acordaron las coordenadas geográficas de una ruta marítima y que la declaración conjunta se encuentra en las últimas etapas de revisión, “si ciertos terceros no obstaculizan el proceso”. Mientras algunos reportes e informes de medios locales aseguran que ese acuerdo ya estaría listo.

El borrador establece, según las informaciones disponibles, rutas separadas para la entrada y salida de embarcaciones. Los barcos que ingresen al Golfo Pérsico utilizarían un corredor administrado por Irán, mientras aquellos que salgan hacia el mar Arábigo transitarían por una vía bajo control de Omán.
También se discuten inspecciones conjuntas, mecanismos de escolta, el levantamiento del bloqueo sobre las exportaciones iraníes y la posibilidad de que Teherán cobre tarifas por servicios de seguridad, algo que Washington rechaza.
Pero incluso si se confirma el acuerdo, no se trataría de una reapertura completa del estrecho. El viceministro iraní de Relaciones Exteriores, Kazem Gharibabadi, afirmó que el entendimiento representa “un modelo nuevo y diferente de la práctica de los últimos 60 años”. Además, advirtió que Irán deberá evaluar si Estados Unidos está realmente dispuesto a cumplir sus compromisos antes de avanzar hacia una segunda fase.
Baghaei agregó que un acuerdo entre Irán y Omán no garantizará por sí solo la seguridad marítima mientras continúen el bloqueo naval estadounidense y las acciones consideradas hostiles por Teherán.
El dato central es que Estados Unidos pasó de exigir la capitulación iraní a negociar la forma en que Teherán controla el estrecho de Ormuz.

La tesis de Mearsheimer: Estados Unidos perdió, pero Irán no ha ganado
Para el politólogo y uno de los teóricos más importantes de la relaciones internacionales estadounidenses contemporáneas, John Mearsheimer. Lo último confirma que Washington perdió la guerra en términos estratégicos.
Según su evaluación, Estados Unidos atacó más de 13 mil objetivos durante 40 días, pero no consiguió derribar al régimen, eliminar el enriquecimiento, destruir los misiles ni romper las alianzas regionales de Irán. La campaña aérea provocó daños, pero no modificó la voluntad política iraní ni eliminó su capacidad de responder. De hecho, solo llevó a EE.UU. a agotar sus reservas de misiles interceptores.
El bloqueo naval tampoco produjo la capitulación esperada. Una medida de ese tipo necesita mucho tiempo para estrangular a un país del tamaño de Irán y, al mismo tiempo, perjudica a quienes la aplican, porque interrumpe la salida de petróleo y altera los precios internacionales. La posterior estrategia de ataques limitados, una dinámica de “ojo por ojo”, tampoco obligó a Teherán a ceder. En cambio, extendió el desgaste y expuso a las fuerzas estadounidenses en la región.
Irán no necesitó igualar todo el poder militar norteamericano, le bastó con conservar suficientes misiles, drones y aliados para elevar el costo de cada nueva ofensiva.
Estados Unidos puede destruir más objetivos que Irán, pero no puede aumentar indefinidamente la violencia sin arriesgar represalias contra sus bases, Israel, las monarquías del Golfo, las instalaciones petroleras, las plantas de desalinización y las rutas comerciales. Ese es el problema de no tener el dominio de la escalada.
Sin embargo, la ventaja iraní tampoco debe confundirse con una victoria definitiva. Teherán logró impedir que la superioridad militar estadounidense se convirtiera en una capitulación política, pero sufrió daños cuya magnitud todavía no está clara. Su economía enfrenta inflación, problemas de abastecimiento y deterioro social. La guerra vino de la mano de una intensificación de la represión interna.
A ello se suma la dificultad confesada del presidente Masoud Pezeshkian para mantener una interacción fluida con el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, quien no ha realizado apariciones públicas desde el fallecimiento de su padre durante los primeros ataques. Y que tras el primer acuerdo cargó con toda la responsabilidad a Pezeshkian.

El programa nuclear tampoco desapareció, quedó postergado. El Organismo Internacional de Energía Atómica no puede verificar plenamente las reservas, las centrifugadoras ni el estado de varias instalaciones. Antes de perder el acceso continuo, el organismo había registrado 440,9 kilogramos de uranio enriquecido hasta el 60%. La pregunta es si los bombardeos frenaron realmente el programa o, por el contrario, empujaron a Irán hacia el desarrollo definitivo de armamento nuclear.
Israel representa otro factor de inestabilidad. El primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó estar decidido a hacer todo lo necesario para evitar que Irán tenga un arma nuclear, “mantenemos total libertad de acción militar” con relación a Estados Unidos.
La guerra también se expande fuera de Ormuz y China consolida su posición sin haber hecho nada
Kata’ib Hezbolá, organización iraquí vinculada al llamado “eje de la resistencia”, advirtió que los ataques de Estados Unidos y Arabia Saudita en Irak podrían abrir un nuevo frente regional y prometió ampliar su arsenal. En paralelo, Ansar Allah, mejor conocidos como hutíes, afirmaron que atacaron petroleros saudíes en el golfo de Adén, desplazndo la tensión hacia Bab el-Mandeb, el mar Rojo y los puertos del Golfo.
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Omán tampoco son simples espectadores. Buscan evitar ataques contra sus territorios, mantener la protección militar estadounidense, preservar sus relaciones comerciales con China e impedir que Irán convierta una concesión provisional en el reconocimiento de una hegemonía permanente. La negociación no trata solamente sobre cómo administrará Irán el estrecho, sino sobre cuánto de esa capacidad será aceptada, limitada, supervisada o presentada como un servicio técnico regional.

En este escenario, China aparece como el principal beneficiado geopolítico. Beijing ganó influencia sin intervenir directamente, mientras Estados Unidos asumió los costos militares, económicos y reputacionales. La guerra aceleró la diversificación de las alianzas del Golfo y reforzó la imagen china como socio comercial y mediador. Pero el gigante asiático tampoco quiere una victoria iraní absoluta ni un estrecho sometido. Su interés es un Golfo multipolar, estable y abierto al comercio.
La guerra atraviesa, por tanto, un punto de inflexión. Estados Unidos agotó buena parte de sus opciones intermedias, Irán demostró que puede impedir una victoria limpia, Israel conserva capacidad para reactivar los ataques y las organizaciones aliadas de Teherán pueden extender la confrontación hacia Irak, Yemen y el mar Rojo.
No existe todavía un vencedor definitivo. Lo que se decide ahora es si la resistencia iraní se transforma en un nuevo equilibrio regional o si esta pausa desemboca en una fase mucho más amplia y destructiva.






