Salida de los No Alineados: el costo de acercarse a Washington sin garantías de reciprocidad

El abandono del foro ocurre en medio de la campaña para instalar en Valparaíso la Secretaría del Tratado de Alta Mar —donde el movimiento había respaldado por unanimidad la candidatura—, sin que el Gobierno exponga cómo compensará ese respaldo.

El abandono del foro ocurre en medio de la campaña para instalar en Valparaíso la Secretaría del Tratado de Alta Mar —donde el movimiento había respaldado por unanimidad la candidatura—, sin que el Gobierno exponga cómo compensará ese respaldo.

La decisión del actual gobierno de sacar a Chile del Movimiento de Países No Alineados, después de 55 años de participación, es uno de los giros diplomáticos más importantes en décadas. Y una señal sobre el lugar que el gobierno de José Antonio Kast espera que el país ocupe frente a la transformación del orden internacional y la competencia entre Estados Unidos y China.

La decisión parece responder menos a una evaluación concreta de costos-beneficios y más a un esfuerzo de alineamiento ideológico, así como a la necesidad de demostrar cercanía con Washington, aunque todavía no entregue beneficios económicos, diplomáticos ni estratégicos proporcionales.

El problema no consiste solamente en abandonar un foro antiguo. Consiste en hacerlo sin explicar qué obtiene Chile a cambio, en un momento en que las potencias medias necesitan más relaciones, más plataformas y más alternativas, no menos.

Del no alineamiento activo a la política de socios preferentes

La Cancillería señaló que el Movimiento de Países No Alineados “ya no responde a los desafíos de la política internacional contemporánea”. La afirmación contiene una parte de verdad. El organismo ya no posee el peso que tuvo durante la Guerra Fría y su diversidad interna limita muchas veces su capacidad para actuar como bloque. Pero esa explicación no demuestra que permanecer perjudicaría a Chile, que existiera una incompatibilidad concreta con el interés nacional o que el Gobierno disponga de una plataforma alternativa para relacionarse con los 120 países que participan en él.

Canciller Francisco Pérez Mackenna.
Canciller Francisco Pérez Mackenna. Foto: Aton.

La supuesta obsolescencia del foro explica por qué podría haber perdido importancia, pero no cuál es la ganancia diplomática de abandonarlo. En política exterior, los mensajes, los símbolos y la comunicación estratégica pesan tanto como los acuerdos. Y el mensaje enviado es que Chile decidió alinearse.

El excanciller Heraldo Muñoz recordó que la participación chilena en los No Alineados permitió frenar los intentos de Bolivia por obtener respaldo durante el litigio marítimo ante la Corte Internacional de Justicia. También advirtió que el retiro ocurre en la antesala de la votación para definir la sede de la Secretaría del Tratado de Alta Mar. Chile busca instalarla en Valparaíso y compite con Bruselas y Xiamen. Para lograrlo necesita votos de África, Asia, el Caribe y los pequeños Estados insulares, precisamente los países que componen buena parte del movimiento.

En julio de 2023, el foro ya había respaldado por unanimidad la candidatura chilena. Salir durante la campaña significa abandonar voluntariamente una mesa donde Chile había conseguido apoyo para uno de sus principales proyectos multilaterales. No es una consecuencia abstracta, es entregar un activo diplomático sin saber qué se recibirá a cambio.

La salida también suma dificultades a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas y reduce la capacidad de interlocución con países donde Chile mantiene una presencia bilateral limitada.

El también excanciller José Miguel Insulza aseguro que “este no es un gobierno no alineado”, sino uno que pretende “tener una alineación y tener socios preferenciales”. Esa frase permite comprender el cambio de fondo.

Senador José Miguel Insulza
Senador José Miguel Insulza. Javier Salvo/Aton Chile

El error: de la autonomía a la subordinación

El Gobierno está reemplazando una política de autonomía mediante la diversificación, por otra basada en la identificación de un socio estratégico principal que no oculta sus intenciones de subordinar.

No alineamiento, sin embargo, no significa neutralidad. Chile podía mantener relaciones estrechas con Estados Unidos, comerciar intensamente con China, integrar la OCDE y participar en el Movimiento de Países No Alineados. Esa superposición no constituía una contradicción, sino una estrategia para estar dentro de múltiples espacios sin quedar subordinado completamente a ninguno.

El canciller Francisco Pérez Mackenna afirmó al inicio de su gestión que una de las prioridades del Gobierno era recomponer las relaciones con Washington y calificó a Estados Unidos como “probablemente” el principal socio estratégico de Chile.

Pero la cercanía ideológica entre José Antonio Kast y Donald Trump no produjo hasta ahora un trato privilegiado, todo lo contrario. Estados Unidos impuso a Chile aranceles de 12,5%, que alcanzaron cerca del 40% de los envíos hacia ese mercado. Si el retiro de los No Alineados pretendió enviar una señal a Washington mientras se negociaban esas medidas, el problema resulta todavía mayor. Chile habría entregado anticipadamente un activo diplomático sin obtener una concesión comercial.

El Presidente José Antonio Kast y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la cumbre "Shield of America"
El Presidente José Antonio Kast y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la cumbre “Shield of America”.

Una política exterior pragmática no se evalúa por la cantidad de gestos de amistad ni por la cercanía ideológica declarada. Se evalúa por los resultados concretos que consigue.

Durante décadas, Chile jugó a ser el mejor portado de la clase dentro del orden internacional de post guerras que Washington armó en beneficio de sus intereses. Abrió su economía, suscribió acuerdos comerciales, defendió el multilateralismo, respetó los tratados y procuró presentarse como un socio estable y previsible. Esa conducta no fue irracional, el país obtuvo beneficios dentro de ese sistema.

Sin embargo, ahora es el propio Estados Unidos el que desmonta una parte importante del orden que construyó. La administración de Donald Trump debilitó organismos internacionales, abandonó acuerdos, utilizó aranceles y sanciones contra aliados y convirtió el acceso a su mercado y a su tecnología en instrumentos de presión política. Acercarse a Washington ya no significa alinearse con una potencia que garantiza reglas estables. Significa hacerlo con un gobierno transaccional, cambiante, dispuesto a subordinar y castigar a sus propios aliados. 

El problema resulta todavía más evidente en América Latina. Estados Unidos volvió a reivindicar una versión actualizada de la Doctrina Monroe con el “corolario Trump”. Exige a los países de la región limitar la influencia china sobre puertos, telecomunicaciones, minerales críticos, centros de datos, cables submarinos y proveedores tecnológicos. Washington no busca solamente cooperación en seguridad. Pretende ordenar las relaciones económicas, tecnológicas y militares del hemisferio según su competencia global con Beijing.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.

Navegar la incertidumbre: No sirve solo la nostalgia

Una política de alineamiento puede obligar a Chile a asumir los costos de una confrontación que no controla y cuyas principales ganancias quedarán en manos de las grandes potencias. La soberanía chilena corre el riesgo de reducirse a elegir cuál potencia determina las decisiones estratégicas del país.

China tampoco representa una alternativa generosa ni una salida automática. Beijing actúa según sus propios intereses comerciales, tecnológicos y estratégicos. Busca mercados, materias primas, infraestructura y apoyos políticos, y también puede trasladar los costos de una confrontación hacia países de menor tamaño.

El no alineamiento activo no consiste en confiar en China ni en reemplazar una dependencia estadounidense por una dependencia china. Consiste en reconocer la estructura material de la economía chilena.

Durante 2025, China concentró el 36,8% de las exportaciones y el 33,3% del intercambio total de bienes. En los primeros cinco meses de 2026 recibió el 34% de los envíos, el doble que Estados Unidos. Chile depende comercialmente de China, pero también necesita a Estados Unidos como socio financiero, tecnológico, político y comercial. Escoger anticipadamente un lado significa reducir la capacidad de negociar con ambos.

ablero de ajedrez con piezas blancas frente a la bandera de China y piezas negras frente a la bandera de Estados Unidos, simbolizando la rivalidad estratégica entre ambas naciones.
Un tablero de ajedrez simboliza la competencia geopolítica entre China y Estados Unidos, representados por sus banderas de fondo. Foto creada por inteligencia artificial.

La crisis del orden internacional también puede representar una oportunidad. La competencia por la inteligencia artificial, los semiconductores, los centros de datos, las telecomunicaciones, los minerales críticos y la energía convirtió las cadenas de suministro en asuntos de seguridad nacional.

Chile posee cobre, litio, energías renovables, infraestructura portuaria, conexiones transpacíficas y condiciones para atraer centros de datos. Puede utilizar esos activos para negociar inversión, industrialización, conocimiento y transferencia tecnológica. Pero también puede quedar reducido a proveedor subordinado de materias primas si entrega su alineamiento antes de exigir compensaciones.

En lugar de administrar estratégicamente la rivalidad entre las potencias, el gobierno de Kast podría perder la capacidad de usar una parte de sus cartas.

Por eso, la crítica no puede limitarse a la nostalgia por una tradición diplomática ni a repetir que Chile permaneció durante 55 años en el Movimiento de Países No Alineados. El orden internacional que sostuvo esa tradición ya no existe. La pregunta relevante es cómo debe actuar una potencia media en una transformación de época.

Chile necesita leer la crisis como una oportunidad para ampliar sus opciones, diversificar sus relaciones y negociar desde sus activos estratégicos. El Gobierno, en cambio, estaría profundizando un giro que parece subestimar la magnitud del cambio o no está sabiendo interpretarlo.

Abandonar una plataforma de bajo costo, acercarse a una potencia que no ofrece reciprocidad y reducir los márgenes de interlocución con el sur global no fortalece la soberanía. La vuelve más dependiente. Y convierte una política exterior que debía responder al interés nacional en un gesto ideológico destinado a complacer a Washington.





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