Cada año, cuando se acerca el “Día del Niño”, las vitrinas se llenan de juguetes, las campañas publicitarias se multiplican en pos del consumismo y las redes sociales se inundan de fotografías de niños sonrientes. Se habla de celebrar la infancia, de regalar, de entretener y hay una pregunta que parece quedar suspendida en el aire: ¿y las niñas qué? ¿están invisibilizadas?. No se trata solamente de una cuestión de lenguaje. Se trata de cómo observamos y entendemos las infancias. Refiere también al lugar que les otorgamos en nuestra sociedad y, sobre todo, de cuánta disposición existe para reconocer que todas las infancias tienen derechos que no dependen de la voluntad de los adultos.
Entre esos derechos está el derecho a jugar. Y jugar no es un premio, un descanso después de “lo importante” ni una estrategia para mantener “ocupados” a los niños y niñas, mientras los adultos hacen otras cosas. Jugar es una experiencia fundamental de la infancia que se desarrolla en cualquier momento o lugar y, especialmente, en la naturaleza donde pueden disfrutar, imaginar, crear, relacionarse y construir sentido en el mundo en que se habita.
Por otro lado, la sociedad chilena parece haber olvidado algo que las generaciones anteriores conocían muy bien: todos/as hemos disfrutado jugando en nuestras infancias y ello ha proyectado en la adultez nuevas formas de relacionarnos. Cantamos, inventamos mundos, corrimos, construimos casas con sábanas, jugamos a ser otros, bailamos sin preocuparnos demasiado por la mirada ajena. Jugamos a representar y no necesitábamos que cada juego tuviera un objetivo de aprendizaje, una ficha de evaluación o un resultado observable. Jugábamos porque sí… Jugábamos por Jugar. Quizás ahí, desde estos sentidos, exista una de las grandes deudas de nuestra sociedad con las infancias: hemos convertido aquello que era una experiencia vital en algo que muchas veces debe ser justificado por su utilidad.
Para un Chile convulsionado, hoy parece ser necesario explicar que jugar desarrolla habilidades cognitivas, fortalece el lenguaje, favorece la socialización, potencia la creatividad y contribuye al desarrollo emocional. Todo eso es cierto. La investigación lo ha demostrado ampliamente. Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: un niño o una niña no necesita demostrar que jugar es útil para tener derecho a jugar. Por eso resulta especialmente contradictorio que celebremos a las infancias mientras continuamos transmitiendo, muchas veces sin darnos cuenta, estereotipos que limitan esa identidad.
¿Quién dijo que determinados juegos son para niños y otros para niñas? ¿Quién decidió que ellos pueden ensuciarse, correr, construir y explorar, mientras ellas deben ser cuidadosas, tranquilas y bonitas? ¿Por qué todavía existen juguetes, colores, profesiones y comportamientos que parecen tener género? ¡Los colores son universales!
Cuando una niña escucha reiteradamente que debe ser “delicada”, “bonita” o “comportada”, o le regalamos cuentos tradicionales donde la princesa sólo es feliz si se casa con “el príncipe”, no solo estamos describiendo una expectativa adulta: estamos delimitando las posibilidades de quien puede llegar a ser. El Foro Económico Mundial ha indicado que son 123 años para lograr una paridad de género… entonces… ¿qué estamos esperando para que las niñas tengan mayor espacio de desarrollo?
Celebrar verdaderamente a las infancias implica entonces algo mucho más profundo que comprar un regalo. Implica preguntarnos qué infancias estamos construyendo y qué mundo adulto siendo. Porque una sociedad que permite jugar es una sociedad que comprende que la vida no puede reducirse a la productividad.
Una sociedad que permite cantar, bailar, imaginar y crear es una sociedad que reconoce el valor de la expresión, de la sensibilidad y del encuentro con otros y otras, desde sus multidimensionalidades, como seres únicos y diversos. Y quizás desde el “mundo adulto”, necesitamos recuperar algo de aquello que alguna vez supimos hacer. Necesitamos cantar, aunque no tengamos buena voz. Bailar, aunque no sepamos hacerlo. Reírnos sin una razón particular. Inventar historias. Sentarnos en el suelo. Mirar cómo juega un niño y niña sin interrumpirlo inmediatamente para enseñarle algo, porque así están aprendiendo. Porque una sociedad que ha perdido la capacidad de jugar también corre el riesgo de perder la capacidad de imaginar otros futuros.
El Día del Niño —o, mejor dicho, el Día de las Niñas y los Niños— podría ser una buena oportunidad para revisar nuestras propias deudas.






