A menos de tres meses de las elecciones de medio término en Estados Unidos, estas prometen no solamente condicionar el futuro de la administración del presidente Donald Trump, sino que cambiar el paradigma que domina al Partido Demócrata.
El 3 de noviembre se renovará por completo la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, además de decenas de gobernaciones y cargos estatales. Para Trump, perder una o ambas cámaras significaría abandonar el escenario relativamente favorable de un congreso controlado por los republicanos y pasar a gobernar frente a una oposición con capacidad para bloquear leyes, abrir investigaciones, controlar presupuestos e incluso volver a instalar la amenaza de un impeachment, el juicio político que lo podría sacar del Despacho Oval antes de cumplir el ciclo completo.
Pero estas elecciones están mostrando otro fenómeno potencialmente más profundo para la política estadounidense. Mientras el actual jefe de la Casa Blanca transformó durante la última década al Partido Republicano desde adentro, una nueva izquierda vinculada a los socialistas democráticos intenta comenzar un proceso semejante en el Partido Demócrata.
De Trump a los socialistas, un diagnóstico compartido
Hace dos años atrás el escenario era muy diferente . Trump consiguió convertir las elecciones de 2024 en un referéndum sobre el desgaste de la administración de Joe Biden. Inflación, costo de vida, inmigración, guerras en Ucrania y Gaza y una percepción generalizada de pérdida de control alimentaron el sencillo mensaje del magnate, con él Estados Unidos podía volver al orden.

Los demócratas, mientras tanto, llegaron divididos, con un Biden como candidato, envejecido y enfermo que terminó retirándose, y una Kamala Harris obligada a defender simultáneamente la gestión de la que formaba parte y presentarse como una alternativa de cambio.
Trump explotó esa contradicción y consiguió incluso avanzar entre sectores que tradicionalmente habían favorecido a los demócratas: trabajadores, latinos, hombres jóvenes y personas sin educación universitaria.
Pero probablemente la transformación más importante que produjo Trump ocurrió antes al interior de su propio partido. Cuando apareció en las primarias republicanas de 2015, no se limitó a atacar a los demócratas, también acusó a las élites republicanas de haber abandonado a sus propios votantes. Cuestionó el libre comercio, las guerras posteriores al 11 de septiembre, la inmigración y la globalización, y consiguió que una parte decisiva del electorado republicano se identificara más con él que con la dirigencia tradicional.
Después, demostró que podía ganar elecciones sin el establishment y el establishment descubrió que difícilmente podía ganar sin los votantes de Trump. Una década después, el Partido Republicano prácticamente se organiza alrededor de su figura.
Sin embargo, ese escenario hoy comienza a rimar desde la vereda contraria con un fenómeno que, salvando todas las diferencias ideológicas y de escala, reproduce algunos de esos mecanismos. Los Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés), y una constelación más amplia de candidatos progresistas están cuestionando no solamente a Trump, sino también al establishment demócrata.

Su diagnóstico sostiene que el problema del Partido Demócrata no es únicamente comunicacional ni electoral. Durante demasiado tiempo habría estado vinculado a grandes donantes, corporaciones, consultores y sectores profesionales urbanos mientras perdía capacidad para responder a las preocupaciones materiales de buena parte de sus antiguos votantes.
Trump y esta nueva izquierda ofrecen respuestas completamente opuestas, pero parten de un mismo diagnóstico. El sistema no está funcionando para la mayoría. Trump responsabiliza a la inmigración, China, la globalización, la burocracia y las élites liberales. Los socialistas democráticos apuntan hacia los multimillonarios, grandes corporaciones, aseguradoras, propietarios, grupos de presión y una distribución cada vez más desigual de la riqueza.
El mensaje cambia, pero la pregunta es la misma: ¿Por qué en el país más rico del mundo una parte creciente de la población siente que cada vez resulta más difícil pagar vivienda, salud, educación, transporte, alimentación o formar una familia? La nueva izquierda está hablando menos de grandes abstracciones ideológicas y más de alquileres, supermercados, salarios, deuda universitaria, guarderías, sindicatos y atención sanitaria.

Los personajes de un movimiento que empieza a ganar elecciones
Pero a diferencia de Trump, son un movimiento, no un proyecto alrededor de su persona. Los socialistas democráticos representan a un grupo que hasta hace una década eran un conglomerado irrelevante, pero que hoy son el centro de la discusión política norteamericana.
Zohran Mamdani, es quien probablemente representa mejor a esta nueva ola. Convirtió la asequibilidad en el centro de su campaña a la alcaldía de Nueva York. El histórico senador de Vermont, Bernie Sanders, abrió ese camino a lo largo de su carrera política, especialmente durante sus campañas presidenciales de 2016 y 2020, poniendo en el centro propuestas que antes ocupaban los márgenes del debate estadounidense. La congresista Alexandria Ocasio-Cortez convirtió después ese progresismo en una cultura política mucho más joven, digital y directa.
Ahora aparece toda una generación de socialdemócratas que intenta demostrar que esas ideas pueden no sólo movilizar, sino ganar elecciones y administrar gobiernos.
Los resultados de las primarias de 2026 han comenzado a entregar algunas señales. Candidatos vinculados directa o indirectamente con esta corriente han derrotado a figuras tradicionales del Partido Demócrata en Nueva York, Colorado y otros estados. En Washington D.C, Nueva York y Seattle también aparecen experiencias municipales vinculadas a DSA.

No obstante, no hay que exagerar, todavía no existe una ola socialista nacional y muchas de esas victorias ocurrieron en distritos urbanos fuertemente demócratas. Ganar una primaria en Brooklyn o Denver demuestra que el establishment puede ser derrotado dentro del partido, pero no necesariamente que esa fórmula sea capaz de convencer al votante independiente de Michigan, Wisconsin o Pennsylvania.
Una elección histórica en Michigan, pero un nombre que pesa
Por eso Michigan puede convertirse en uno de los experimentos electorales más importantes de noviembre. Abdulrahman Mohamed El-Sayed, más conocido como Abdul El-Sayed, médico de 41 años y musulmán. Consiguió imponerse en la primaria demócrata al Senado en un estado que Trump ganó en 2024.
No solo compitió contra el establishment demócrata, sino que además con el lobby israelí estadounidense. El AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí) financió activamente la campaña contra El-Sayed. Ejecutaron la mayor inversión de su historia en una sola contienda electoral, inyectando entre 30 y 32 millones de dólares en la campaña de la demócrata Haley Stevenes para intentar frenar la nominación de El-Sayed en las elecciones primarias.
Ahora, su verdadera prueba vendrá en noviembre donde deberá derrotar al republicano Mike Rogers. De imponerse, los socialistas podrían, no sólo haber derrotado a los moderados dentro del partido, recuperar territorios que los demócratas perdieron frente a Trump, sino que obtener su victoria más importante desde su nacimiento. Esa fue precisamente una de las fuentes fundamentales del poder de Trump dentro del Partido Republicano, demostrar que podía ganar allí donde las élites tradicionales decían que era imposible.

Las encuestas, no obstante, muestran una paradoja. La etiqueta “socialista” continúa generando resistencias importantes en Estados Unidos, pero varias de las políticas que impulsa esta corriente cuentan con apoyos mucho mayores dentro del electorado demócrata; aumentar los impuestos a grandes corporaciones y multimillonarios, ampliar el rol público en salud, fortalecer sindicatos o intervenir frente al costo de la vivienda.
Por eso figuras como Mamdani han aprendido a invertir el orden del discurso. No comienzan explicando qué significa el socialismo democrático. Comienzan diciendo que el alquiler es demasiado caro, que el salario no alcanza o que tener un hijo resulta económicamente prohibitivo. Después ofrecen una respuesta desde la izquierda.
Las elecciones de medio término serán entonces un doble plebiscito. El primero será sobre Trump. Según las encuestas, los republicanos perderían el control de ambas cámaras. Así la oposición podría bloquear partes importantes de su programa, multiplicar investigaciones parlamentarias, citar funcionarios, exigir documentos y convertir los últimos dos años del mandato en una disputa permanente con el Congreso. Incluso la posibilidad de un nuevo impeachment podría volver al centro de la política estadounidense, aunque sigue siendo un escenario complejo aún teniendo votos en ambas cámaras.
Pero el segundo plebiscito ocurrirá dentro del Partido Demócrata. Si los candidatos más progresistas fracasan fuera de los grandes centros urbanos, el establishment podrá contener esta rebelión argumentando que sus propuestas son electoralmente inviables a escala nacional. Si consiguen victorias relevantes en estados competitivos, la discusión cambiará profundamente. Ya no se tratará simplemente de si el Partido Demócrata debe moverse hacia la izquierda, sino de quién tiene realmente una estrategia para reconstruir la coalición electoral que perdió frente a Trump.






