La Rectora de la Universidad de Chile, Alejandra Mizala, publicó este miércoles una columna en el diario El País en la que aborda los desafíos de la inteligencia artificial y cuestiona la mirada que prioriza exclusivamente el desarrollo tecnológico por sobre las ciencias sociales y las humanidades.
“Vivimos una paradoja”, escribe Mizala. “Nunca habíamos dispuesto de tecnologías con una capacidad tan extraordinaria para procesar información, producir contenidos y automatizar tareas. Y, sin embargo, nunca había sido tan evidente que los principales desafíos que esas tecnologías nos plantean no son solamente tecnológicos“.
La rectora reconoce el avance de la IA: puede procesar enormes volúmenes de información, escribir, traducir, programar, generar imágenes y encontrar patrones en bases de datos. Pero advierte que “las preguntas más difíciles que plantea su desarrollo son de otra naturaleza: ¿Qué decisiones estamos dispuestos a delegar en una máquina? ¿Cómo evitamos reproducir y amplificar desigualdades y sesgos? ¿Qué significa aprender cuando una herramienta puede producir un ensayo en segundos?“.

Mizala sostiene que Chile debe fortalecer la formación en ciencias, ingeniería, matemáticas y computación. Pero añade: “Precisamente porque la inteligencia artificial está transformando nuestras economías y nuestras vidas, necesitamos también fortalecer disciplinas como la economía, la sociología, la historia, la filosofía, la antropología, la lingüística, las artes, la comunicación y los estudios culturales“.
“La tecnología puede ampliar extraordinariamente aquello que somos capaces de hacer, pero no puede decidir por nosotros qué vale la pena hacer”, afirma.
La Rectora explica que las ciencias sociales y las humanidades estudian “aquello que la tecnología está transformando: las personas, sus relaciones, sus instituciones, sus culturas y sus formas de comprender el mundo”. Y señala que permiten investigar cómo las innovaciones afectan el empleo, la distribución del ingreso, la educación, la privacidad, la confianza y la democracia.
En la columna, Mizala critica la política científica que prioriza lo aplicado. “Resulta preocupante una concepción de la política científica que identifica demasiado rápido investigación estratégica con ciencia aplicada y desarrollo tecnológico”, dice. “Las sociedades necesitan innovación tecnológica, pero también conocimiento riguroso acerca de sí mismas. De hecho, mientras más aceleradas sean las transformaciones tecnológicas, mayor será esa necesidad”.

La máxima autoridad de la Casa de Bello enumera desafíos que la tecnología no resuelve por sí sola: “La desigualdad, la baja confianza en las instituciones, la calidad de la educación, las transformaciones del trabajo, las migraciones, el envejecimiento de la población, la convivencia democrática, la desinformación o nuestra dificultad para alcanzar acuerdos que permitan sostener políticas de largo plazo”.
También rechaza la idea de que estas áreas requieren pocos recursos. “La investigación contemporánea en ciencias sociales necesita producir datos originales, realizar estudios longitudinales y experimentos, desarrollar infraestructura computacional y reunir equipos interdisciplinarios capaces de sostener programas de investigación durante años”.
Las humanidades “requieren preservar y estudiar archivos y colecciones, desarrollar corpus y repositorios digitales y abrir nuevas formas de acceso y de análisis de nuestro patrimonio cultural”, agrega.
Mizala plantea que la distinción entre disciplinas es cada vez menos útil. “El cambio climático no es solamente un problema de las ciencias naturales; exige comprender comportamientos, instituciones, incentivos y conflictos distributivos. La inteligencia artificial no es solamente un problema computacional, es también económico, educativo, jurídico, ético, cultural y político”, sostiene.
“Una solución técnicamente extraordinaria puede fracasar si no comprendemos a las personas y las sociedades en las que debe insertarse”, destaca.

La autoridad universitaria propone cambiar el enfoque de la política científica: “Una política científica adecuada a nuestro tiempo no debería, entonces, preguntarse qué disciplinas son más útiles y cuáles podemos permitirnos relegar. Debería preguntarse qué conocimientos necesita una sociedad para comprender y conducir las transformaciones que está viviendo”.
Y cierra: “Mientras más poderosas sean las herramientas que construimos, más importante será nuestra capacidad de decidir para qué queremos usarlas. Y para eso necesitamos ciencia y tecnología. Pero necesitamos, más que nunca, ciencias sociales, artes y humanidades”.


