La música pocas veces se queda quieta. Puede comenzar en un bolero y terminar convertida en otra cosa, atravesar una melodía conocida para encontrar sonidos inesperados o tomar una canción y volver a descubrirla desde otro lugar. En la música chilena, esa capacidad de desplazarse entre estilos y lenguajes aparece una y otra vez en intérpretes que se resisten a quedar definidos por una sola forma de hacer las cosas.
Macha Asenjo ha construido buena parte de su identidad alrededor del bolero, pero su recorrido demuestra que el género está lejos de ser un límite. En sus manos, esas melodías pueden convivir con la canción popular, la experimentación, la contingencia y el juego, con un antecedente tan rico como fue La Floripondio. Y durante dos noches en Sala Master, esa amplitud encontró un nuevo espacio para desplegarse junto a Camilo Salinas, el Cuarteto Austral y el multiinstrumentista Martín Benavides.
El 11 y 12 de agosto, las dos funciones agotadas reunieron a un público que llegó con altas expectativas a un escenario especialmente íntimo. Afuera de la sala, incluso había merchandising esperando a los asistentes, una escena que suele acompañar a los grandes nombres de la música popular cuando llegan hasta este espacio. De hecho, entre quienes estuvieron en el público se encontraban también el cineasta Pablo Larraín y el músico Horacio Salinas, dos destacados artistas en sus propias áreas, aunque diferentes en el soporte de su arte.

Pero lo que ocurrió sobre el escenario estuvo lejos de ser una presentación convencional. La noche comenzó con Camilo Salinas frente al piano, interpretando “Muna” y “La ventana en llamas”. Luego ingresó el Cuarteto Austral para sumar “San Cosimato” y “Hielo Mata”, hasta que aparecieron Macha Asenjo y Benavides, virtuoso multiinstrumentista conocido por construir muchos de sus propios instrumentos a partir de materiales diversos, objetos cotidianos y juguetes. Desde entonces, el repertorio comenzó a desplazarse.
Los boleros de Macha se encontraron con la exploración sonora de Benavides y con las posibilidades del piano de Salinas, quien incluso intervino el interior del instrumento para conseguir timbres y sonidos poco habituales. Esto, mientras que el Cuarteto Austral completó una combinación en la que las canciones podían conservar su esencia y, al mismo tiempo, adquirir una nueva forma.
“Fuera”, “SOS” y “Déjame decirte algo” fueron algunos de los temas más coreados por un público que, de hecho, conectó profundamente con la propuesta, demostrando también la disposición y ansias de búsqueda del propio respetable local. Las canciones eran reconocibles, pero algo en ellas había cambiado. Hoy, la familiaridad convivía con la sorpresa.
Y ahí estaba justamente el espíritu del encuentro. No era solamente Macha junto a Camilo Salinas, Martín Benavides y el Cuarteto Austral. Más que un concierto de Macha, de Camilo Salinas, del Cuarteto Austral o de Martín Benavides, el encuentro fue dando forma a una nueva criatura musical, construida a partir de las distintas maneras que cada integrante tiene de entender y explorar el sonido. Una formación distinta capaz de encontrar en la mezcla de sus integrantes una identidad propia.

El cierre comenzó a tomar un tono más contingente con “Resaca sudaka”, una de las canciones más políticas del repertorio de Macha, antes de que el músico y Camilo Salinas pusieran también en el centro a la propia Sala Master. Salinas aprovechó la instancia para insistir en su cruzada por conseguir un nuevo piano de cola para el espacio, mientras Macha llamó a conservar lugares íntimos e históricos como este, capaces de propiciar encuentros colectivos entre músicos y audiencias.
Porque la Sala Master no fue solamente el escenario de estas dos jornadas. Su cercanía y su historia se caracterizan por promover experiencias en la que la música puede respirar de otra manera, lejos de las grandes dimensiones de otros recintos y cerca de un público que respondió con atención, canto y entusiasmo. “Danza digna”, “Regresa” y “Cabildo” llevaron el concierto hacia el final, con un Macha juguetón que cantó y bailó junto al público.
Dos noches que terminaron demostrando que quizás una de las mayores virtudes de la música chilena está precisamente en no quedarse quieta. En poder tomar un bolero, una canción popular, un piano, un juguete o cualquier objeto capaz de producir sonido y convertirlo, por un momento, en algo completamente nuevo.






