Hablar hoy del escenario internacional es hablar de guerras, tensiones crecientes, comercio bajo presión y de un viejo mundo que muere mientras otro tarda en aparecer. Antonio Gramsci decía que es precisamente en ese interregno (espacio temporal o limbo) donde aparecen los fenómenos mórbidos.
Esa imagen, de un fenómeno mórbido, describe perfectamente nuestro tiempo. Prácticamente cada semana surge una noticia que parece anunciarnos una guerra mayor, una crisis nuclear o un gran shock económico. Sin embargo, esa olla a presión que es el mundo no termina de estallar. El viejo orden pierde capacidad para organizar el sistema, pero todavía no aparece otro capaz de sustituirlo.
No existe una especie de transito desde un orden estadounidense hacia uno chino, sino más uno que pasa de la unipolaridad hacia la multipolaridad, pero sin una hegemonía clara. Lo que existe hoy es algo más desordenado. Distintos centros de poder, instituciones y formas de autoridad coexistiendo sin que ninguno consiga organizar el conjunto.

Por eso también resulta engañosa esa frase cada vez más común en redes sociales de que “nunca pasa nada”. Pasa muchísimo, solo que no como un shock, sino que algo que se expande en el tiempo.
La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán produjo lo que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) calificó como la mayor disrupción petrolera de la historia. El flujo a través del estrecho de Ormuz se desplomó y el Brent llegó a superar los 140 dólares. Todo parecía preparado para un gran shock energético mundial. Pero el sistema reaccionó: se dio la liberación de reservas de emergencia más grande de la historia, Arabia Saudita desvió más petróleo hacia el Mar Rojo, otros productores aumentaron suministros y China redujo parte de su demanda. Los precios terminaron retrocediendo.
No es que no haya ocurrido nada, ocurrió una disrupción gigantesca. Lo que no ocurrió fue el colapso que intuitivamente parecía corresponder a su magnitud. Sin embargo, la amenza aún está y el problema de fondo sigue ahí. La crisis no estalló y tampoco se solucionó. Se sedimento.
Algo parecido sucedió tras la invasión rusa de Ucrania. En 2022 parecía comenzar una verdadera partición económica del mundo. Sanciones, restricciones financieras, energía, tecnología y cadenas productivas reorganizadas según afinidades geopolíticas. La fragmentación efectivamente avanzó, pero ni el FMI ni la OMC observan todavía una economía mundial sencillamente dividida en dos grandes bloques autocontenidos.

Taiwán muestra otra cara del mismo fenómeno. China ha multiplicado la presión militar alrededor de la isla y cada nueva maniobra produce titulares sobre una invasión inminente. La invasión no comienza, pero tampoco volvemos al punto inicial. Aquello que algunos años atrás habría sido una escalada extraordinaria se convierte en la nueva línea base sobre la cual comienza la siguiente crisis.
La inestabilidad estabilizada
Ahí emerge uno de esos fenómenos mórbidos. Las crisis no solamente se multiplican, sino que comienzan a interactuar. Una guerra altera la energía; la energía alimenta la inflación; la inflación intensifica tensiones domésticas; estas impulsan proteccionismo, fragmentación comercial, competencia estratégica y nuevas inversiones militares. El cambio climático, la inteligencia artificial, las migraciones, la transición energética o la rivalidad entre Estados Unidos y China no necesitan compartir una misma causa para terminar retroalimentándose.
A esto se le suele llamársele policrisis, aunque conviene evitar convertir el concepto en una explicación para todo. Más preciso sería decir que el sistema internacional enfrenta una creciente interconexión entre crisis que antes podían procesarse de manera relativamente separada.
Tampoco desapareció la guerra convencional. Ucrania, Gaza y otros conflictos recientes demostraron que los estados todavía pueden recurrir a guerras industriales, territoriales y extremadamente destructivas. Lo que ocurrió fue una ampliación del repertorio. Guerra convencional, sanciones financieras, bloqueos tecnológicos, operaciones encubiertas, sabotajes, ciberataques, coerción diplomática, actores delegados y presión comercial pueden combinarse sin atravesar necesariamente el umbral de una guerra general.
Entre la paz y la invasión existe hoy un espacio gigantesco donde los estados pueden dañarse, condicionarse y castigarse. El sistema parece haber desarrollado así una capacidad enorme para convivir con niveles de coerción y violencia que décadas atrás habrían sido razones de grandes conflictos.
Podríamos llamarlo una especie de inestabilidad estabilizada. La excepción deja de interrumpir la normalidad porque la excepción comienza a convertirse en la normalidad.

Sin embargo, aquí aparece una trampa. Si las crisis no estallan ni tampoco se solucionan, se sedimentan. Más que mera “acumulación”, puesto que cada crisis no queda simplemente puesta encima de la anterior, modifica las condiciones sobre las cuales llega la siguiente.
Cada shock puede resultar manejable aisladamente. El petróleo encuentra otra ruta, los mercados vuelven a abrir, China termina sus ejercicios alrededor de Taiwán. Sin embargo, el mundo posterior a cada crisis ya no es exactamente el anterior. Quedan rutas más largas, presupuestos militares mayores, nuevas sanciones, restricciones tecnológicas, arsenales más grandes, alianzas más rígidas y nuevos precedentes sobre cuánto puede presionarse a un adversario sin provocar una guerra. La siguiente crisis llega entonces sobre una estructura algo más tensionada que antes.
Si existe tanta tensión acumulada, ¿por qué el sistema todavía consigue absorberla?
El politólogo estadounidense, Daniel Drezner señala que la interdependencia no solamente transmite vulnerabilidades; también genera capacidad de adaptación. Si un barco no puede pasar por Suez, rodea África. Si desaparece una fuente de petróleo, aparecen reservas, otros productores o nuevas rutas. Europa perdió buena parte del gas ruso, pagó un costo gigantesco, pero consiguió reorganizar su abastecimiento.
Las redes globales transmiten las crisis rápidamente, porque existen múltiples conexiones que también pueden distribuir parte del golpe. Quizá todo no estalla porque el mundo continúa mucho más interconectado de lo que sugiere la retórica sobre una inevitable desglobalización.

El problema es que, cómo los politólogos Henry Farrell y Abraham Newman explican, la otra cara de esa misma interdependencia, es que las redes globales no son horizontales ni distribuyen el poder de manera equivalente. Finanzas, sistemas de pagos, datos, tecnología e infraestructuras funcionan muchas veces alrededor de nodos centrales difíciles de sustituir. Quien controla esos nodos puede observar los flujos o restringirlos. Es lo que estos autores describen como los efectos panóptico y de estrangulamiento.
La infraestructura que mantiene conectado al mundo también puede convertirse en un arma. El conflicto, por tanto, ya no necesita destruir las redes de la globalización, puede desarrollarse a través de ellas.
La interdependencia cumple entonces tres funciones simultáneas. Amortigua, porque permite redistribuir shocks y encontrar alternativas. Coacciona, porque quien domina los nodos centrales puede utilizarlos contra otros. Y contiene, porque destruir completamente esas conexiones también resulta costoso para quien ejerce la presión. Esto ayuda a explicar por qué nuestro tiempo puede parecer simultáneamente más conflictivo y menos proclive a una ruptura total.
Pero justamente ahí hay un riesgo latente. Si los estados comienzan a considerar toda interdependencia como una vulnerabilidad y responden con sanciones, controles tecnológicos, relocalización productiva, reducción de riesgos y construcción de redes alternativas, pueden terminar destruyendo los mismos vínculos que hasta ahora también han ayudado a contener los conflictos.
El peligro, entonces, quizá no sea simplemente que la olla acumule presión hasta explotar inevitablemente. Puede ser algo más silencioso, pero igual de doloroso. Mientras se administra exitosamente cada crisis particular, se vaya desgastando, utilizando como armas y finalmente debilitando los mecanismos que han impedido hasta ahora que todas esas crisis converjan en una ruptura sistémica.
Quizá todo no estalla porque todavía existen mecanismos capaces de contenerlo. La pregunta es cuánto tiempo podrán seguir haciéndolo si para administrar cada nueva crisis vamos erosionando precisamente aquello que mantiene unido al sistema.






