Una de las principales características de la política exterior del presidente Donald Trump pasa por redefinir cuáles son las prioridades estratégicas de Estados Unidos, giro que ha tenido un resultado dispar. Mientras Washington lleva seis meses entrampado en una guerra con Irán sin conseguir transformar su superioridad militar en una salida política favorable, en América Latina su estrategia está teniendo un mayor éxito.
La Casa Blanca no ha conseguido expulsar a China ni alinear completamente a la región, pero sí logró volver a instalar una idea que durante décadas permaneció mucho más disimulada. América Latina es su esfera de influencia fundamental y está dispuesto a utilizar todas las herramientas disponibles para conservarla.
America First: una globalización por bloques
La consigna de campaña, “America First”, no se trata de un aislacionismo, detrás existe una concepción mucho más jerárquica del sistema internacional.
Washington reconoce que su posición relativa cambió, que China puede disputarle espacios en Asia, África e incluso América Latina y que Rusia conserva capacidad para imponer elevados costos en su entorno inmediato. En vez de intentar mantener simultáneamente una hegemonía universal, Estados Unidos concentra recursos, atención y capacidades en aquellos espacios que considera fundamentales para su seguridad y poder.

Es también una expresión de una globalización cada vez más fragmentada y organizada por bloques. La interdependencia no desaparece, pero deja de funcionar bajo la idea de que cualquier país puede comerciar, invertir o desarrollar infraestructura con cualquier otro sin consecuencias. Puertos, minerales, cables submarinos, telecomunicaciones, cadenas productivas o centros de datos comienzan a ser considerados problemas de seguridad nacional.
Esta visión quedó plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y encuentra en Marco Rubio a uno de sus principales ejecutores. Para comprender la política latinoamericana de Trump, es importante detenerse precisamente en la figura del secretario de Estado.
Rubio lleva años combinando dos dimensiones. El tradicional anticomunismo de parte de la comunidad cubanoamericana de Florida, especialmente duro frente a Cuba y Venezuela, y una lectura contemporánea de la competencia estratégica con China. Con su llegada al Departamento de Estado ambas dimensiones terminaron confluyendo, con el objetivo de contener gobiernos considerados adversarios y evitar que potencias extrarregionales consoliden posiciones estratégicas dentro del hemisferio.
No fue casualidad que su primera gira como secretario de estado tuviera como destino América Central y el Caribe. Rubio llegó a definir su orientación bajo la premisa de que, durante demasiado tiempo, Estados Unidos se había preocupado de conflictos lejanos mientras descuidaba su propio entorno. Migración, narcotráfico, infraestructura, cadenas productivas, seguridad económica y competencia con China quedaron incorporadas dentro de una misma estrategia hemisférica.

Los éxitos de la “doctrina Donroe”
El Canal de Panamá fue una de sus primeras demostraciones. Washington presionó al gobierno panameño por lo que consideraba una excesiva influencia china alrededor del canal, particularmente por los puertos de Balboa y Cristóbal, administrados por una filial de la hongkonesa CK Hutchison. La concesión terminó anulada y posteriormente quedó en manos de la estadounidense BlackRock.
Pero Panamá no constituye un caso aislado. Estados Unidos observa también con preocupación el megapuerto de Chancay en Perú, controlado mayoritariamente por la empresa naviera china, Cosco, mientras que Chile quedó involucrado en las disputas sobre cables submarinos e infraestructura crítica de telecomunicaciones.
La importancia de estos casos está en que muestran qué entiende actualmente Washington por seguridad. La doctrina Monroe del siglo XXI consiste en revisar quién construye un puerto, quién controla un cable submarino, quién procesa el litio, quién suministra tecnología y eventualmente quién administra los datos. La infraestructura económica se convierte así en infraestructura estratégica.
Pero la política estadounidense no funciona exclusivamente mediante presión sobre empresas o inversiones chinas. También combina recompensas para quienes se alinean y castigos para quienes resisten.
Argentina representa el primer mecanismo. En octubre de 2025, pocos días antes de las elecciones legislativas de nuestro país vecino, Washington acordó un swap por 20 mil millones de dólares y Trump vinculó abiertamente la continuidad de su apoyo al triunfo del sector del presidente Javier Milei.
En tanto, cuando Brasil mostró el reverso la Casa Blanca impuso aranceles y criticó abiertamente el proceso judicial contra el expresidente Jair Bolsonaro.

Los ejemplos anteriores muestran una característica central de la estrategia. Aranceles, financiamiento, acceso a mercados, inversiones o cooperación tecnológica son ahora mecanismos de coerción política. Estados Unidos conserva en América Latina una ventaja que China difícilmente puede reproducir, proximidad geográfica, mercados, redes financieras, capacidades militares, inteligencia y vínculos históricos con las élites políticas y económicas de numerosos países.
A ello se suma una arquitectura de seguridad que se profundiza rápidamente. El “Escudo de las Américas” formalmente tiene por objetivo combatir narcotráfico, crimen organizado y organizaciones calificadas como narcoterroristas. Sin embargo, los propios funcionarios estadounidenses han conectado estas iniciativas con la recuperación de la Doctrina Monroe, el control de rutas estratégicas y la necesidad de impedir que actores extrarregionales amenacen los intereses estadounidenses.
Colombia permite observar hasta dónde quiere avanzar esa lógica. Tras la llegada de Abelardo de la Espriella al Palacio de Nariño, Bogotá profundizó su cooperación con Washington y se comenzó a discutir un incremento de las operaciones conjuntas contra grupos armados y organizaciones narcotraficantes, acompañado por nuevos recursos estadounidenses.
La lucha contra el narcotráfico sigue siendo la justificación inmediata, pero sobre ella se está construyendo una red mucho más amplia de inteligencia, cooperación militar, control fronterizo y coordinación operacional encabezada finalmente por Estados Unidos.
Debajo de todo esto aparece la dimensión de los recursos y cadenas de suministro. Washington entiende que el poder durante las próximas décadas dependerá cada vez más del acceso a minerales críticos, energía, semiconductores, centros de datos, logística, redes digitales y capacidad industrial. América Latina concentra buena parte de varios de esos recursos y posee además rutas marítimas e infraestructura estratégicamente ubicadas a una distancia incomparablemente menor que Asia o África.

Iniciativas como Pax Silica adquieren especial importancia. Lanzada en 2025, busca asegurar alrededor de países considerados confiables las cadenas necesarias para desarrollar el ecosistema tecnológico asociado a la inteligencia artificial, desde minerales y energía hasta semiconductores, logística e infraestructura digital.
Que Estados Unidos haya escogido precisamente los puertos panameños para un proyecto piloto relacionado con la acreditación de cadenas de suministro muestra cómo convergen tecnología, infraestructura, seguridad económica y competencia estratégica con China.
No se trata de terminar con la globalización, sino de reconstruirla alrededor de hemisferios de control. En ese contexto, las reuniones de Trump con Vladimir Putin y Xi Jinping evocan, precisamente, la imagen de un reparto del mundo.
No es solo Estados Unidos, Israel también
Pero existe todavía otra dimensión que suele recibir menos atención. Esta recomposición hemisférica no beneficia solamente a Estados Unidos. Israel aparece cada vez más integrado dentro de esta arquitectura. En momentos de fuerte cuestionamiento internacional por el genocidio en Gaza, los gobiernos de ultraderecha en la región adquirieron para Israel un valor político y diplomático considerablemente superior al peso económico de esos países.
Buenos Aires profundizó su alineamiento con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu; Paraguay trasladó nuevamente su embajada a Jerusalén y Colombia sigue pasos. Así, comenzaron a surgir nuevas instancias de cooperación entre Israel, Estados Unidos y gobiernos latinoamericanos ideológicamente próximos.

Israel tiene además algo particularmente atractivo para las nuevas derechas latinoamericanas: capacidades de seguridad. Crimen organizado, narcotráfico, vigilancia de fronteras, inteligencia, cárceles y control territorial ocupan posiciones centrales en las agendas de numerosos gobiernos de la región e Israel posee tecnologías, doctrina, capacidades estatales y empresas capaces de exportarlas.
Estados Unidos puede aportar el paraguas estratégico, financiamiento, cooperación militar e inteligencia, mientras Israel puede convertirse en un proveedor complementario de tecnología y capacidades de seguridad.
El reciente restablecimiento de vínculos consulares entre Venezuela e Israel, después de 17 años de ruptura, resulta especialmente ilustrativo. Para Washington, Venezuela significa petróleo, Caribe, migración, China y recuperación de su influencia hemisférica. Para Israel, significa también reducir uno de los espacios latinoamericanos donde Irán había conseguido mayor profundidad política.
Por lo mismo, lo que está ocurriendo en América Latina no puede entenderse simplemente como una disputa entre Estados Unidos y China. Estamos observando la reconstrucción de una esfera de influencia estadounidense dentro de una globalización cada vez más organizada por bloques, pero alrededor de esa recomposición también se alinean intereses de otros aliados.






