“Historias de Fantasmas” de Siri Husvedt: las conversaciones que continúan

  • 14-08-2026

Leí “Historias de fantasmas” con el corazón apretado. Fui una lectora intensa de Paul Auster en mis veinte y Siri Hustvedt es mi escritora viva favorita. Hay autores que una lee y otros que, de alguna manera, participan de la construcción de nuestra mirada sobre el mundo. Ambos pertenecen, para mí, a esa segunda categoría.

“Historias de fantasmas” fue escrito durante el primer año del duelo de Hustvedt tras la muerte de Auster, su compañero durante 43 años. Es un libro sobre la pérdida, por supuesto, pero también sobre la manera en que una vida se construye junto a otra persona y cuánto de quienes somos está hecho de esas conversaciones, experiencias y recuerdos compartidos.

Hustvedt reconstruye fragmentos de la vida que hicieron juntos: el apasionamiento de los primeros años, la precariedad, la construcción de una familia, las enfermedades, los dolores y la belleza de una relación sostenida durante más de cuatro décadas. De entre todas esas dimensiones hay una que me resulta especialmente conmovedora: la complicidad intelectual que existió entre ambos.

Auster y Hustvedt fueron durante décadas los primeros lectores el uno del otro. Antes de que un manuscrito llegara a un editor, antes de que se convirtiera en ese libro que después tendríamos entre las manos, había sido leído y discutido en casa. Pensar en esa escena modifica también la manera en que podemos acercarnos a sus obras.

Mientras leía “Historias de fantasmas” me preguntaba cuánto de la literatura de Auster está atravesada por el pensamiento de Hustvedt y cuánto de la obra de ella fue moldeada por esas décadas de conversación con él. No en el sentido de una influencia que pueda identificarse o medirse, sino de algo mucho más cotidiano y profundo: pensar junto a otro.

La imagen romántica del escritor suele ser la de una persona sola frente a la página. Pero los libros también están hechos de conversaciones. De las lecturas compartidas, de aquello que alguien nos dijo en una comida, de una discusión que quedó dando vueltas durante días, de una pregunta inesperada, de la persona que leyó una primera versión y vio algo que nosotros todavía no éramos capaces de ver. La autoría puede ser individual, pero el pensamiento rara vez lo es.

Entre los escritos de Hustvedt, el libro también incluye las cartas que Auster escribió para Miles, su nieto, nacido apenas unos meses antes de su muerte. Consciente de que probablemente no tendría tiempo para construir una relación con ese niño, intenta dejarle algo que pueda permanecer: una historia familiar, recuerdos, palabras. Tender un puente hacia alguien que está comenzando su vida cuando la propia está terminando.

Pensé mucho también en “Baumgartner”, la última novela de Paul Auster y que fue publicada el año anterior a su muerte. Cuando la leí sentí que estaba frente a una carta de amor dirigida a Siri. Su protagonista es un hombre que intenta aprender a vivir después de la muerte de la mujer con quien compartió su vida. Auster estaba enfermo cuando escribió la novela y Hustvedt lo acompañaba en ese proceso. Por eso me resultaba imposible no leerla también como una inversión de los papeles: él imaginando para ella el dolor que inevitablemente vendría. Una novela sobre la pérdida escrita por quien está a punto de partir para la persona que tendrá que quedarse.

Después de leer “Historias de fantasmas”, esa impresión se hizo todavía más fuerte. Los dos libros parecen conversar entre sí. Él escribe sobre cómo continuar después de perder a la persona amada. Ella escribe, después de su muerte, tratando precisamente de descubrir cómo hacerlo.

Pero el duelo no ocurre fuera del mundo. Hacia el final de “Historias de fantasmas”, Hustvedt vuelve su mirada hacia el presente político de Estados Unidos. Escribe sobre el deterioro de la democracia, la fragilidad de las instituciones y el avance de discursos autoritarios. Y esas páginas me conmovieron de una manera inesperada porque no pude leerlas solamente como una reflexión política, cuya preocupación comparto. Pensé en lo que significa enfrentar un momento histórico que nos preocupa profundamente sin la persona con quien durante décadas conversamos sobre el mundo.

¿Qué hacemos cuando ocurre algo y la primera persona a quien querríamos contárselo ya no está? ¿Con quién discutimos esa noticia que nos enfurece? ¿A quién le recomendamos el libro que acabamos de terminar? ¿Dónde ponemos todas esas conversaciones que durante años tuvieron un destinatario?

En las últimas páginas sentí que Hustvedt ampliaba el círculo de esa conversación. Como si frente a la ausencia de quien fue durante décadas su interlocutor más cercano buscara también nuestra escucha, nuestra empatía y nuestra solidaridad. El duelo íntimo se encontraba entonces con una preocupación colectiva: cómo seguimos viviendo juntos, cómo defendemos aquello que consideramos valioso, cómo enfrentamos un mundo que muchas veces parece volverse más hostil.

No creo que el diálogo entre Siri Hustvedt y Paul Auster haya terminado con la muerte de él. Probablemente tampoco terminan del todo muchas de nuestras conversaciones importantes. Quienes amamos siguen apareciendo en nuestra manera de mirar una película, de leer un libro, de reaccionar frente a una noticia. A veces incluso podemos imaginar exactamente qué habrían dicho. Seguimos discutiendo con ellos, haciéndoles preguntas, riéndonos de algo que les habría causado gracia.

Tal vez una parte del duelo consista precisamente en aprender una nueva forma de conversar con quienes ya no están. “Historias de fantasmas” habla de esa persistencia. De lo doloroso que es que una conversación de cuarenta y tres años tenga que cambiar de forma y de la belleza de descubrir que, pese a todo, no necesariamente se termina.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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