El episodio parece menor: un proyecto para declarar feriado el 17 de septiembre, pensado para armar un fin de semana largo de Fiestas Patrias, que el Gobierno decidió no patrocinar porque la ley vigente ya fija cómo se resuelven esos feriados. La diputada Zandra Parisi, del Partido de la Gente, respondió con un argumento que no era sobre el feriado. Recordó que ella necesita algo más de 50 votos para lograr la admisibilidad de su proyecto en la Sala, y que el Gobierno, en cambio, necesita 89 para sacar adelante sus propias iniciativas futuras. El mensaje quedó dando vueltas sin que nadie tuviera que explicarlo dos veces.
Ese tipo de frase es interesante justamente porque no se sabe bien cómo llamarla. Podría ser una negociación legítima, la clase de intercambio que sostiene la gobernabilidad en un Congreso fragmentado como el chileno, donde ningún bloque tiene mayoría propia y todo proyecto importante necesita votos prestados. O podría ser un chantaje, la amenaza de bloquear lo que el país necesita a cambio de algo que, en el fondo, no tiene mucho que ver.
La negociación legislativa clásica funciona con reglas conocidas. Un bloque pide algo, ofrece algo a cambio, y ambos lados quedan mejor de lo que estaban, o al menos no peor. El intercambio de votos entre distintas bancadas -apoyar tu proyecto de riego si tú apoyas mi proyecto de vivienda- existe en todos los parlamentos del mundo, y nadie lo llama chantaje porque los términos están sobre la mesa: se sabe qué se pide, qué se ofrece, y qué pasa si la conversación no llega a ningún lado.
El chantaje se parece por fuera, pero cambia algo esencial: la desproporción entre lo que se pide y lo que se amenaza con quitar. Cuando alguien condiciona su apoyo a la capacidad completa de gobernar -sus 89 votos futuros, la posibilidad de aprobar el presupuesto, una reforma tributaria, cualquier ley que necesite mayoría- a cambio de un feriado adicional, la relación entre el medio y el fin deja de ser razonable. Pedir algo a cambio de algo comparable es una cosa; usar la gobernabilidad entera como garantía de un capricho es otra.
Ahí aparece una primera diferencia: qué tan conectado está lo que se pide con lo que se amenaza. Pedir apoyo a un proyecto de vivienda a cambio de votar la reforma tributaria del Gobierno tiene una lógica de intercambio razonable, aunque sea dura. Pedir apoyo a un feriado a cambio de no bloquear todo lo demás ya no negocia nada en particular, negocia con la gobernabilidad misma, y eso cambia la naturaleza del gesto.
Queda la transparencia de los términos, que Parisi cumple sin problema: dijo lo que dijo en público, con micrófono y con su nombre puesto, lejos del chantaje en su forma más pura, la que opera con amenazas veladas y sin que nadie pueda verificar después quién dijo qué. Pero eso no alcanza para cerrar el caso, porque un chantaje dicho en voz alta sigue siendo chantaje si la amenaza es real y desproporcionada, solo que uno más fácil de identificar que el que se murmura en un pasillo.
Falta todavía preguntar quién carga con el problema real. En una negociación genuina, ambas partes necesitan algo del otro y ambas arriesgan algo si la conversación fracasa. En el chantaje, el costo de decir que no lo asume casi entero quien recibe la amenaza: si el Gobierno no cede en el feriado, pierde votos futuros que necesita para gobernar; si el PDG no consigue su feriado, pierde relativamente poco, porque su bancada sigue existiendo, sigue teniendo micrófono, y probablemente sigue votando según le convenga en cada ocasión puntual.
Nada de esto significa que Parisi esté necesariamente actuando de mala fe. Una diputada de una bancada pequeña, sin ministerios que repartir ni gran bloque detrás, tiene pocas herramientas de presión, y usar la que tiene -el voto- es, hasta cierto punto, lo único que puede hacer. El problema no es que negocie duro; es cuando la negociación deja de tener relación con lo que se está pidiendo y empieza a apalancarse en la necesidad ajena de gobernar, no en el mérito propio de la propuesta.
Ese es, al final, el test más simple: si el argumento a favor de un proyecto necesita apoyarse en lo que le puede pasar a quien lo rechace, probablemente no es un argumento sobre el proyecto. Y si la única razón para aprobar un feriado es el miedo a perder 89 votos en otra pelea completamente distinta, entonces ya no se está discutiendo un feriado.






