Lorca después de Lorca: las formas de volver de un poeta que nunca terminó de irse

90 años después de su asesinato, Federico García Lorca sigue habitando escenarios, canciones y poemas. Su obra aún habla de libertad, deseo, amor y opresión, mientras su figura continúa incomodando al presente.

90 años después de su asesinato, Federico García Lorca sigue habitando escenarios, canciones y poemas. Su obra aún habla de libertad, deseo, amor y opresión, mientras su figura continúa incomodando al presente.

90 años después de su asesinato, Federico García Lorca sigue teniendo algo incómodo que decir. Y lo dice desde un escenario, cuando una actriz vuelve a pronunciar las palabras de sus personajes. Desde una guitarra, cuando una canción popular recupera su voz. O a través de los versos que todavía hablan del deseo, de la muerte, de la injusticia y de la libertad.

Pero también lo dice mediante sus silencios. En aquello que quedó sin resolver después de su fusilamiento, en una sociedad que intentó borrar a uno de sus poetas más luminosos y desde una obra que, en lugar de desaparecer con él, encontró nuevas formas de sobrevivir.

90 años después de su muerte, García Lorca continúa apareciendo. No solamente como el poeta del “Romancero gitano” ni el dramaturgo de “La casa de Bernarda Alba”, “Bodas de sangre” o “Yerma“. Existe un Lorca músico, uno dibujante, uno director de teatro, uno viajero y uno profundamente atento a las voces populares. Pero también uno que escribió sobre mujeres encerradas, deseos que desbordan las normas, pueblos perseguidos y personajes que buscan desesperadamente una salida hacia la emancipación.

García Lorca vuelve a levantarse como emblema de un lugar de libertad”, resumió el director Rodrigo Pérez, quien ha montado en el Teatro Nacional Chileno (TNCh) algunos de los clásicos del español. Una frase que parece concentrar buena parte de la vigencia de una figura que, a nueve décadas de transformarse en uno de los desaparecidos de la dictadura franquista, sigue encontrando nuevas formas de aparecer.

Para la académica de la Universidad de Chile y directora de la Fundación Pablo Neruda, Kemy Oyarzún, una de las claves para comprender esa persistencia está en la dimensión profundamente humana de Lorca. No habla solamente del poeta consagrado, sino del hombre que fue capaz de establecer vínculos con otros artistas y de escuchar las voces que quedaban fuera de los centros del poder.

Federico García Lorca, poeta.
Federico García Lorca, poeta.

Oyarzún vuelve, para describirlo, a las palabras de Pablo Neruda, quien retrató a su amigo como “una especie de resumen de todas las edades de España, del florecimiento popular, un producto arábigo andaluz que iluminaba y perfumaba como un jazminero toda la escena de aquella España”.

La imagen es casi física: Lorca como una presencia que ilumina y perfuma. Neruda, recordó Oyarzún, lo describió también como “un relámpago físico, una energía en continua rapidez, una alegría, un resplandor, una ternura completamente sobrehumana”. Y remató: “Su persona era mágica y morena y traía la felicidad. Federico estaba feliz, esa era su costumbre, la felicidad era su piel”.

Pero esa felicidad convivía con una sensibilidad especialmente atenta a quienes vivían bajo distintas formas de opresión. “García Lorca comprendió al pueblo gitano más allá del estereotipo que se había construido sobre su nombre”, plantó Oyarzún. “Se hermanó con el alma, con el gesto y su palabra”. Esa comprensión, agregó, se tradujo en una poesía capaz de recoger “la sonoridad gitana, el alma oculta bajo el estereotipo y la persecución”.

Allí es donde aparece el poeta que no solamente representa, sino que escucha y convierte en materia poética las voces de un pueblo perseguido. Y que, desde esa experiencia, puede aún seguir dialogando con otras comunidades históricamente sometidas.

Para Oyarzún, esa dimensión permite establecer incluso un puente con América Latina: “La represión de todo un pueblo, como ocurre en toda Latinoamérica con los pueblos indígenas y afrodescendientes. Esa honda comprensión de la opresión los unió profundamente”.

La lectura política de Lorca, entonces, no se agota en el contexto de la Guerra Civil española. Su obra sigue atravesada por preguntas que sobreviven a ese momento histórico, y que apuntan a quién puede hablar, amar y decidir sobre su propia vida, y qué ocurre cuando una sociedad intenta imponer límites sobre el deseo y la libertad.

Federico García Lorca, poeta.
Federico García Lorca, poeta.

Las mujeres que no caben en una habitación

Quizás ningún lugar ha permitido que esas preguntas respiren con tanta fuerza como el teatro. En “La casa de Bernarda Alba”, un grupo de mujeres queda encerrado tras la muerte del padre; pero incluso allí, dentro de una casa donde todo parece estar regulado por el silencio, las jerarquías y la vigilancia, el deseo encuentra grietas.

Para Roxana Naranjo, actriz que formó parte del montaje liderado por Pérez en el Teatro Nacional Chileno (TNCh), esa capacidad de Lorca para construir personajes femeninos sigue siendo una de las razones de su vigencia.

“Él lo plantea siempre. Hace eco de la voz de las mujeres y siempre con una postura de que las mujeres son seres pensantes, que tienen deseos, que quieren amar y, sobre todo, la libertad”, afirmó la artista.

Mirando hacia atrás, Naranjo recordó que su vínculo con el poeta comenzó hace varios años, específicamente en el colegio, cuando un profesor le mostró sus textos y también sus dibujos. Y, desde entonces, su relación con el autor ha cambiado con el tiempo. Aunque ya no es aquella estudiante que se acercó por primera vez a sus páginas, hay algo que permanece.

“Él era tan sencillamente profundo”, dice. Y esa profundidad, sostuvo, no deja de reaparecer: “A medida que uno va leyendo los textos, uno se da cuenta que tiene unas profundidades que te dejan como rebotando en la cabeza ciertas frases”.

Lo mismo ocurre con “Bodas de sangre”, donde Naranjo encuentra “una obra de una pasión, de un fuego”. El deseo de escapar de un matrimonio impuesto, de romper con aquello que parece escrito de antemano, vuelve a poner a los personajes frente a una pregunta esencial. O sea, cuánto de la propia vida puede ser realmente elegido.

“Siempre ha rebotado en mí; siempre llega Federico García Lorca a nuestros corazones, a nuestras cabezas. Siempre está ahí”, afirmó. Y ese“siempre” explica, quizás, mejor que cualquier aniversario la supervivencia de Lorca.

Las actrices de "La casa de Bernarda Alba", montaje del TNCH.
Elenco de “La casa de Bernarda Alba” en el TNCH.

El teatro como oficio, no como monumento

Sin embargo, Rodrigo Pérez llegó a Lorca desde otro lugar. Su reciente montaje de “La casa de Bernarda Alba” demuestra que un clásico no necesariamente permanece vivo porque se lo conserve intacto. Esto, ya que puede ser interrogado. “Las obras, finalmente, cuando son tan grandes, hermosas y bien escritas, es una propuesta a dejarlas hablar”, explicó.

De hecho, y en su trabajo, incluso un detalle aparentemente menor podía modificar la lectura completa de la obra. ¿De qué murió el padre de las hijas de Bernarda? ¿Fue una muerte larga o repentina? ¿Qué consecuencias tendría esa diferencia sobre las mujeres que quedan encerradas en la casa?

Las preguntas fueron abriendo una puesta en escena distinta. “Eso, por ejemplo, es dejar hablar a la obra con nuestra propia imaginación, dialogar con nuestra imaginación”, explicó Pérez. “Y a partir de eso surgió todo”. Así apareció una Bernarda distinta. No solamente rígida, sino también sobrepasada; una mujer que, en la lectura del director, “sí quiere a la hija” y que se enfrenta al miedo del mundo que espera afuera.

“Entonces, cambia todo. Pero las palabras son exactamente las mismas. Es lindo mirar esas versiones”, expresó. En esa tensión entre permanencia y transformación aparece otro de los secretos de Lorca, y que tiene que ver con el hecho de que sus palabras pueden ser las mismas, pero nunca terminan de decir exactamente lo mismo.

Pérez también rescata una dimensión menos monumental de su figura. Antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la literatura española, Lorca fue un hombre de teatro que llevó sus obras por distintos lugares de España. “Su teatro era un teatro, llamémosle, itinerante: arriba un camioncito con decorados de papel”, recordó. Allí había, dice, “un amor al teatro, al oficio teatral”.

No era el glamour del gran poeta. Era, más bien, el trabajo concreto de llevar una obra hasta el público. “Es una cosa de oficio, de estar los pies muy bien puestos en el barro”, planteó.

Federico García Lorca, poeta.
Federico García Lorca, poeta.

Neruda y el Lorca músico

Pero hay otro Federico que aparece cuando se corre el foco de sus libros, uno que evidencia su amor y acercamiento a la música. “García Lorca también tenía su costado musical de compositor”, recordó el músico Eduardo Peralta. Amigo de Manuel de Falla, participante de tertulias musicales y poéticas, Lorca también se dedicó a recuperar canciones tradicionales españolas y a llevarlas nuevamente a escena.

El mismo Peralta ha incorporado esa dimensión a sus propios homenajes al poeta. En una de sus presentaciones musicalizó “El lagarto está llorando”, convirtiendo nuevamente aquellos versos infantiles en canción.

Una operación que tiene algo profundamente lorquiano al regresar a la tradición para hacerla vivir otra vez. Porque Lorca también escuchó, recopiló, cantó y tocó. Junto a La Argentinita registró canciones populares españolas y se convirtió en una suerte de puente entre la tradición oral y los escenarios.

Precisamente, esa dimensión musical también permite recordar que la poesía de Lorca nunca estuvo completamente separada del cuerpo. Estaba también en el ritmo, en el cante jondo, en las canciones antiguas, en los romances, en el movimiento de las palabras y en esa capacidad de sus versos para pedir una voz.

Y en Chile, hablar de Lorca inevitablemente conduce también a Pablo Neruda. Según los registros, la amistad entre ambos fue breve, intensa y profundamente creativa. Una relación hecha de poesía, humor, complicidad y también de una sensibilidad política compartida.

Neruda recordaba a Lorca como “Federico que me hacía reír como nadie y que nos enlutó a todos por un siglo”. En 1935, escribió su “Oda a Federico García Lorca“, después de que la desaparición del poeta español comenzara a transformar su propia escritura.

Federico García Lorca y Pablo Neruda.
Federico García Lorca y Pablo Neruda.

La guerra de España que cambió mi poesía comenzó para mí con la desaparición de un poeta”, escribió Neruda. Pero para Oyarzún esa amistad no fue solamente literaria. “La amistad de Neruda y García Lorca no solo estuvo ligada por el amor a la poesía, al arte, a la vida, a la palabra, sino por la profunda incondicionalidad ético-política que los unió”.

Esa relación sobrevivió a Lorca. Su presencia incluso acompañó momentos íntimos de la vida de Neruda. Oyarzún recordó que el 18 de agosto de 1934, mientras nacía Malva Marina, Federico estuvo cerca de la familia y escribió un poema dedicado a la hija del poeta chileno.

Un Lorca que incomoda al presente

Pero volver a Lorca en 2026 no significa únicamente mirar hacia atrás, pues su figura también obliga a mirar alrededor. Para Pérez, la conmemoración ocurre en un momento particularmente inquietante. “Yo tengo la sensación de que esta conmemoración llega en un momento en que (…) hay un levantamiento del fascismo de una manera impresionante”, planteó, advirtiendo que eso representa “un retroceso en un logro que yo ya me atrevo a decir civilizatorio, que tiene que ver con el respeto a la condición humana”.

En ese contexto, Lorca deja de ser solamente una figura histórica y se convierte nuevamente en una advertencia. “Lo matan por ser libre”, afirmó Pérez. “El asesinato cometido contra él, este fusilamiento horroroso, ocurre porque ejerce su libertad desde su sexualidad y su aproximación al arte”.

La actriz Roxana Naranjo llega a una conclusión parecida desde otro camino. Para ella, la vigencia de Lorca está precisamente en que sus temas siguen siendo reconocibles: “Lorca toca temas que son tan universales como la opresión, la libertad, el deseo, el amor, que son cosas que a todos nos tocan, desde Chile hasta Tumbuctú”.

Por eso, dice, “uno habitualmente tiene que volver a escuchar, a leer y a ver a maestros, porque de repente nos perdemos”. Volver a Lorca sería, entonces, una forma de orientarse. Quizás por eso, cuando se cumplen 90 años de su asesinato, hablar de Lorca invita a preguntarse qué hizo con su vida antes de que se la arrebataran.

Poeta, dramaturgo, músico, dibujante, recopilador de canciones, director de teatro, amigo, hombre homosexual, creador profundamente atento a las mujeres y a los pueblos perseguidos. Todas, dimensiones que caben dentro de su figura. Y que hoy siguen encontrando un escenario.

Naranjo lo resume desde una palabra sencilla: cuidado. “Yo creo que también es el cuidarnos, el cariño. Yo creo que hace falta cariño”, expresó. En su lectura, volver a Lorca también implica preguntarse por la forma en que nos relacionamos con quienes están alrededor, por las personas excluidas, por quienes viven en la pobreza, por quienes siguen siendo humillados o reprimidos. “Tenemos que respetarnos, amarnos, querernos”, afirmó.

Rodrigo Pérez, desde el teatro, llega a una conclusión similar, pero la formula en términos de creación: “La poesía es pura libertad. No existe la poesía sin libertad, no existe el teatro sin libertad, no existe la creación sin libertad”. Y luego agrega una frase que parece condensar todo este aniversario: “Libertad que va absolutamente de la mano del amor, del amor por su pueblo, del amor por los personajes que él crea”.

Su creación no es imaginable sin esto y su muerte tampoco es imaginable sin esto”, dice Pérez. “Porque el fascismo a lo que le tiene terror es al amor y a la libertad”.





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