En la última semana, una serie de roces diplomáticos entre Rusia y Japón volvió a poner en primer plano una disputa territorial que lleva más de 80 años sin resolverse y que resurge en un momento en que las tensiones comienzan a aumentar en la región.
El detonante fue la visita del presidente ruso, Vladimir Putin, a Iturup, la isla más grande del archipiélago de las Kuriles, ubicado entre el mar de Ojotsk y el océano Pacífico. Japón reclama desde el final de la segunda guerra mundial cuatro de estas islas. Por eso, Tokio calificó la visita como “absolutamente inaceptable”, convocó al embajador ruso y acusó a Moscú de desconocer una reivindicación que considera que está respaldada histórica y jurídicamente.
Putin recorrió una planta de procesamiento de pescado, probó productos locales y se reunió con habitantes de la isla, actuó como si estuviera visitando cualquier otra localidad de la Federación Rusa. Ese gesto de normalización administrativa muestra que para el Kremlin la soberanía sobre las Kuriles ya no constituye una cuestión pendiente que deba negociarse con Japón.
Frente a las protestas japonesas, Rusia respondió que Putin tiene pleno derecho a desplazarse por cualquier parte de su territorio y calificó las declaraciones de Tokio como ofensivas y jurídicamente irrelevantes.

Lo último marca una diferencia importante respecto de lo que ocurría apenas algunos años atrás. Rusia y Japón nunca firmaron un tratado definitivo de paz después de la segunda guerra mundial, precisamente por la disputa territorial. En 1956 restablecieron relaciones diplomáticas mediante una declaración conjunta en la que la Unión Soviética aceptaba eventualmente entregar las pequeñas islas de Habomai y Shikotan después de alcanzar un acuerdo de paz, aunque nunca existió consenso sobre Kunashir e Iturup.
Durante los gobiernos de Shinzo Abe y Vladimir Putin todavía existía una expectativa negociadora, ambos mandatarios acordaron en 2018 acelerar las conversaciones tomando como referencia aquel acuerdo de 1956. Incluso, promovieron proyectos económicos conjuntos y contactos entre comunidades.
Todo ese proceso prácticamente desapareció después de la invasión rusa a Ucrania. Japón se alineó con las sanciones del G7, mientras Rusia respondió suspendiendo las negociaciones de paz y varios mecanismos de cooperación vinculados con las islas. Este año, Moscú afirmó que las relaciones bilaterales habían quedado prácticamente “reducidas a cero”. A eso se suma la reforma constitucional rusa de 2020, que reforzó la prohibición de ceder territorio nacional.
Las Kuriles, además, tienen una importancia estratégica que vuelve todavía más improbable cualquier concesión rusa. La cadena de islas funciona como una barrera entre el Pacífico y el mar de Ojotsk, un espacio fundamental para las operaciones navales y nucleares rusas en el extremo oriental del país. Iturup y Kunashir albergan fuerzas rusas y Moscú ha desplegado capacidades militares en la zona. Desde esa perspectiva, el problema tampoco puede separarse de la creciente cooperación militar entre Japón y Estados Unidos.

Sin embargo, la relación tampoco puede romperse completamente. Japón mantiene intereses energéticos importantes y crecientes con Rusia, obtiene parte de sus importaciones de gas natural licuado y petróleo, que a medida de que no se resuelve la situación en Ormuz, hace más importante el crudo ruso.
El encontronazo diplomático se da semanas después de que se había producido una pequeña señal de distensión. Los cancilleres de ambos países conversaron brevemente en Manila, el primer contacto de ese nivel en varios años. Pero la visita a Iturup interrumpió rápidamente esa incipiente reapertura. De ahí que la situación derivó en protestas diplomáticas formales, convocatorias de embajadores y endurecimiento de la retórica.
Un entorno regional más tenso y con Japón al medio
El problema para Tokio es que el frente ruso no aparece aislado. Aparece en un momento en que Japón enfrenta simultáneamente un entorno regional mucho más tenso y en el que varias disputas históricas —que durante décadas pudieron mantenerse relativamente separadas— empezaron a relacionarse entre sí.
Hacia el sur y sudoeste aparece China. Allí el punto de mayor tensión está en Taiwán, pero la cuestión ya no puede entenderse exclusivamente como una disputa entre Beijing, Taipéi y Washington. Japón ha comenzado a presentar cada vez con mayor claridad la estabilidad del estrecho como un problema directamente conectado con su propia seguridad. La geografía ayuda a explicarlo, las islas más occidentales japonesas se encuentran muy cerca de Taiwán y una crisis militar en la zona afectaría inmediatamente rutas comerciales, cadenas de suministro, bases estadounidenses y la propia defensa del archipiélago.
A eso se suma la disputa por las islas Senkaku (Diaoyu para China) y una competencia económica que Beijing puede utilizar como instrumento de presión, aunque Tokio sigue dependiendo de China en varias cadenas industriales y en minerales críticos para sectores tecnológicos y militares. Así, la presión china puede combinar dimensiones territoriales, militares y económicas. En ese entramado, Taiwán cumple un rol clave: es a la vez un punto de contención, una alternativa para el desarrollo tecnológico y un socio militar de Estados Unidos para contener a China. Por eso, Taipéi se ha convertido también en un problema japonés.

Corea del Norte introduce una segunda línea de presión. Pyongyang mantiene sus programas nuclear y misilístico y utiliza con frecuencia sus ensayos en el mar de Japón como forma de cuestionar el aumento del gasto militar nipón, la incorporación de nuevas capacidades de ataque y la cooperación trilateral entre Tokio, Seúl y Washington. Desde la perspectiva norcoreana, el rearme japonés no constituye una respuesta defensiva, sino una nueva amenaza que conecta con la memoria histórica del imperialismo japonés en la península.
Hacia el norte aparece una disputa congelada con Rusia. Moscú no necesita a Taiwán ni a la península coreana, pero tienen su propia disputa territorial, su propia memoria de la Segunda Guerra Mundial, sus propios intereses militares en el mar de Ojotsk y una relación bilateral deteriorada desde que Tokio se sumó a las sanciones por Ucrania. Precisamente por eso, la visita de Putin a Iturup resulta tan significativa: muestra cómo un conflicto que durante años parecía congelado puede activarse nuevamente cuando cambia el contexto estratégico general.
El resultado es que Japón aparece cada vez más en el centro de varias fracturas distintas al mismo tiempo: al sur, China y Taiwán; al oeste, Corea del Norte y la península; al norte, Rusia y las Kuriles. Y hacia el este se encuentra la principal respuesta japonesa a ese entorno: Estados Unidos.
Tokio sigue profundizando su cooperación militar con Washington, aumentando su gasto en defensa y desarrollando nuevas capacidades de contraataque. También apunta a la cooperación trilateral con Corea del Sur, con quien mantiene una relación históricamente tensa, y a un Estados Unidos del que cada vez depende más económicamente para sostener su moneda.

Pero el acercamiento con Washington contiene una contradicción: cuanto más peligroso percibe Japón su entorno, más necesita del respaldo estadounidense. Al mismo tiempo, cuanto más se rearma y se integra a la estrategia de Washington, más razones entregan China, Rusia y Corea del Norte para presentar a Japón como una amenaza emergente.
Así, lo que empieza a desaparecer no son las tensiones antiguas, porque nunca se fueron, sino los mecanismos que durante décadas permitieron mantenerlas separadas. La disputa ruso-japonesa por las Kuriles podía permanecer congelada. La cuestión de Taiwán podía desarrollarse sin implicar directamente a Japón. La rivalidad intercoreana podía mantenerse dentro de la península. Las heridas históricas entre Japón y Corea del Sur podían coexistir con algún grado de cooperación. Y la alianza con Estados Unidos funcionaba como un elemento relativamente estable de contención.
Hoy cada una de esas piezas comienza a interactuar con las demás. Por eso, el verdadero riesgo para el noreste asiático quizás no esté en una sola gran crisis capaz de provocar por sí misma una ruptura del equilibrio regional, sino más bien en la progresiva conexión entre muchas disputas menores que hasta ahora habían podido administrarse de manera independiente. Y Japón aparece cada vez más como el punto donde todas esas fracturas empiezan a encontrarse.






