La memoria puede ser un mapa. También puede ser un archivo, una fotografía, un boleto de metro guardado durante décadas o una imagen que reaparece después de años y vuelve a conectar una experiencia personal con la historia de un país. Para el artista chileno Eugenio Téllez, la memoria no es únicamente un ejercicio retrospectivo. Es, también, una forma de ubicarse en el mundo.
Esa idea atraviesa “El ángel de la historia”, exposición que reúne más de seis décadas de su trabajo en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) del Parque Forestal y que podrá visitarse hasta el 11 de octubre. La muestra coincide, además, con la donación de un importante conjunto de obras y materiales de archivo del artista.
Nacido en Santiago en 1939, Téllez ingresó a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile —actual sede del MAC— antes de partir a París en 1960. Allí se vinculó con el histórico Atelier 17 de Stanley William Hayter, espacio fundamental para su formación en el grabado. Más tarde, su trayectoria se desplegaría entre Francia, Estados Unidos y Canadá, donde vivió durante 21 años y ejerció como profesor universitario.
Pero antes de París estuvo Santiago. Y antes de convertirse en artista atravesado por los viajes, estuvieron los cafés, los talleres y las conversaciones con escritores y poetas. “La importancia que tuvo para mí entrar a la Escuela de Bellas Artes, que es el MAC hoy día”, recuerda Téllez, fue fundamental. Aquel espacio se convirtió, durante su juventud, en un punto de encuentro entre artistas y escritores.
“Ahí conocí a los poetas que tú has mencionado: a Enrique Lihn, sobre todo; a Teillier; al poeta Pizarro; a Stella Díaz Varín; a Jorge Onfray”, cuenta en conversación con el programa Palabra Pública. La escuela era también un espacio de convivencia cotidiana. “La actividad constante estaba fuera de las clases. Tú veías que estos poetas se instalaban ahí y había conversaciones entre ellos”, relata. Téllez se acercó a ellos siendo muy joven y encontró en esos escritores no solo interlocutores, sino también “amigos y guías”.

Su vínculo con la literatura sería decisivo. Aunque estudiaba pintura y dibujo —tuvo como profesor a José Balmes—, la escritura comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante en su imaginario. “Yo siempre he sufrido —o no he sufrido, sino que me he sentido muy frustrado— porque en el fondo quería escribir. Y le tengo una reverencia a la escritura. Yo creo que escribir es más difícil que pintar”, afirma.
La relación con Enrique Lihn dejó una marca particular. Téllez recuerda la despedida que le organizaron antes de su partida a París. Lihn levantó la copa y le dijo: “Te vas, no vuelvas nunca más”. Luego vino una advertencia que el artista asegura recordar hasta hoy: “Te puede ir bien, te puede ir mal, pero hay un peligro que te acecha”.
El peligro era el éxito. “Eso me marcó hasta el día de hoy”, reconoce Téllez. “Me quedó la idea de que el artista debe mantenerse siempre un poco marginal”.
En 1960 partió a París con apenas 100 dólares. El viaje significó para él mucho más que una mudanza geográfica. “Llegué y me sentí feliz y libre”, recuerda. No se trataba únicamente de escapar de determinadas circunstancias, sino de la posibilidad de comenzar nuevamente: “Libre no de situaciones específicas en Chile, sino de poder nacer de nuevo”.
La experiencia parisina estuvo marcada por la precariedad, la bohemia y el trabajo en el taller de Hayter. Pero el desplazamiento no terminó ahí. En 1966 llegó a Estados Unidos y el cambio de escala transformó incluso su lenguaje visual.
“Entrar de Chile a Francia… la cosa va agrandándose un poco en Francia, pero Estados Unidos era todo grande. Las mujeres eran grandes, los animales, todo era grande”, recuerda. También lo eran las herramientas y las prensas con las que trabajaba. “Ahí cambió mi imaginario en la parte técnica”.
El viaje, entonces, dejó de ser solamente una circunstancia biográfica para convertirse en parte de su obra. “El viaje, el desplazamiento, el cambio de aire y de lengua afectaron siempre mi arte”, sostiene.
Esa relación entre experiencia personal e historia colectiva es precisamente la que articula el Atlas Mental que forma parte de la exposición. Téllez comenzó a construirlo a partir de fotografías, recuerdos, documentos y objetos acumulados durante décadas. No se trata de un mapa geográfico convencional, sino de una cartografía de experiencias.
“Es como la microhistoria dentro de la macrohistoria”, resume. En ese atlas caben encuentros con personajes históricos, viajes, relaciones personales, acontecimientos políticos y pequeñas huellas de la vida cotidiana. Incluso un ticket de metro puede adquirir un nuevo significado.
“Entonces, era también una cosa de la memoria. Ahí está la cosa: el recuerdo, cómo marcar el momento”, explica. Su archivo, donado a la Universidad Diego Portales, amplía todavía más esa relación con la memoria. Entre los materiales aparecieron matrices de grabado de los años 60 y objetos que Téllez había conservado durante décadas sin necesariamente saber qué lugar ocuparían después.

La fotografía, en ese sentido, le permitió desarrollar una forma de escritura alternativa. “Yo decidí escribir a través de la fotografía”, dice. Una escritura construida mediante imágenes aparentemente desconectadas, pero que juntas forman una historia.
La historia, sin embargo, no aparece en su obra como una sucesión ordenada de acontecimientos. Está marcada por la violencia, las guerras, el exilio, los desplazamientos y las contradicciones políticas. De ahí surge también el título de la exposición: El ángel de la historia, tomado de la célebre reflexión de Walter Benjamin sobre el Angelus Novus de Paul Klee.
Para Téllez, ese ángel observa la catástrofe desde el presente. Pero su interpretación es menos esperanzadora que la de Benjamin.
“Yo creo que no hay mucha esperanza. Es un ángel sin esperanza. Es mi posición”, afirma. La guerra aparece así como uno de los grandes temas de su imaginario. Su experiencia europea, particularmente, ha estado atravesada por distintos conflictos y por la percepción de una historia que nunca termina de cerrarse. “Yo soy profundamente pesimista”, reconoce.
Pero el pesimismo de Téllez no significa abandonar la mirada crítica. Su obra continúa buscando imágenes para aquello que parece difícil de representar: la violencia, la memoria, la muerte y las contradicciones de una época.
Esa búsqueda también alcanza el presente. En la exposición se encuentra una obra dedicada a Gaza, que el artista decidió donar a la comunidad palestina en Chile. “Yo pinté Gaza porque, si yo estoy tan metido en que la historia es mi pintura también y todo eso, entonces tengo que hacer algo”, explica.
En su obra, la historia no es una materia distante. Es algo que ocurre en los lugares que habitó, en las personas que conoció y en las imágenes que decidió conservar. Quizás por eso, hacia el final de la conversación, cuando se le pregunta por una recomendación, Téllez vuelve al cine. Recuerda las películas que veía siendo niño y la fascinación que le provocaban mundos completamente distintos al suyo. Entre ellas menciona “Lo que el viento se llevó” y “La rosa púrpura del Cairo”, película de Woody Allen en la que un personaje entra literalmente en la pantalla.
“Yo creo que eso es parte de todo lo que yo he hecho”, dice. Y entonces aparece, casi como una definición de toda su trayectoria, una última frase: “Yo he entrado en la historia, me he metido mentalmente en la historia y en la vida de los otros”.
En El ángel de la historia, ese gesto vuelve a hacerse visible. Téllez mira hacia atrás, pero no para quedarse en el pasado. Reúne fotografías, mapas, matrices, recuerdos y fragmentos de una vida atravesada por distintos territorios para preguntarse, desde el presente, cómo una persona puede ubicarse dentro de una historia mucho más grande que ella. La respuesta no parece estar en encontrar un lugar definitivo. Más bien, en seguir desplazándose.






