Si durante gran parte del siglo pasado el gran debate político estuvo marcado por la disputa entre capitalismo, comunismo, totalitarismos y democracia. La discusión de nuestros tiempos, es y será cuánto de aquello que entendemos como humano estamos dispuestos a transformar en nombre del progreso tecnológico. En otras palabras, entre humanismo y transhumanismo.
Esa fue precisamente la discusión que se trajo a colación el lunes 17 de agosto en el Congreso Nacional, durante la presentación de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, a cargo del Arzobispo de Santiago, Cardenal Fernando Chomalí. “No es tiempo para superficialidades”, sino de reunir a los distintos actores de la sociedad para replantear cómo estamos comprendiendo la inteligencia artificial, advirtió el máximo representante de la iglesia con más fieles de Chile y el Mundo.

La actividad se realizó en el salón Pedro Montt de la Biblioteca del Congreso Nacional, en Valparaíso, impulsada por el diputado democratacristiano Patricio Pinilla, la vicepresidenta de la Cámara, Ximena Ossandón, de Renovación Nacional, y la diputada republicana Chiara Barchiesi.
La revolución de la IA. La era de León XIV
El parlamentario del Biobio Patricio Pinilla abrió la discusión planteando que, frente a la incertidumbre tecnológica, existe un principio que no debería perderse ,“la centralidad siempre tiene que estar en el ser humano”. Desde su rol como legislador argumento que “la inteligencia artificial, la digitalización y la robótica pueden constituir una buena noticia y una expresión de la capacidad humana”. Sin embargo preciso que no por eso deben quedar abandonadas a su propia lógica. La pregunta, dice, no es si utilizar o rechazar estas tecnologías, sino “bajo qué principios queremos desarrollarlas”.
Ese planteamiento conecta directamente con el eje de Magnifica Humanitas. La encíclica identifica al transhumanismo y al posthumanismo como corrientes distintas, pero articuladas alrededor de una misma promesa. Utilizar la técnica para superar los límites de la condición humana. El problema, desde la perspectiva que León XIV identifica en su encíclica, no está simplemente en ampliar nuestras capacidades mediante tecnología. Más bien, aparece cuando comenzamos a comprender al ser humano como algo susceptible de ser permanentemente optimizado y, con ello, a clasificar personas según su utilidad, rendimiento o capacidad.
El riesgo transhumanista, por tanto, no comienza necesariamente con la modificación biológica del cuerpo. Comienza mucho antes, cuando aceptamos como normal una sociedad que considera lo frágil, lento o improductivo como algo que debe ser corregido o descartado.

Chomalí llevó esa reflexión a un terreno mucho más concreto. El Cardenal recordó la respuesta que el propio Papa le dió cuando le preguntó el por qué de su nombre. “Así como a León XIII le toco la revolución industrial, a mí me toca enfrenta ahora la revolución de la inteligencia artificial”.
Un pequeño mundo de poder y ambición
Pero detrás de los algoritmos que dan forma a la IA existe una estructura económica y política, destacó del texto Chomalí. El cardenal al preguntarse ¿quién se está beneficiando realmente de esta revolución? citó las advertencias de Christopher Olah, cofundador de Anthropic.
Según dijo de Olah, un sorprendido Chomalí, por su honestidad. El poder está radicado en pocas personas que se guían por el orgullo y la ambición, donde compiten comercialmente, por permanecer en la vanguardia tecnológica y por una dimensión geopolítica. Mientras la infraestructura, los datos y la capacidad computacional se concentran en pocas compañías y personas, existe el riesgo de que la transformación tecnológica termine haciendo “a los pobres más pobres y a los poderosos más poderosos”, dijo el Arzobispo de Santiago.
De ahí, hizo un llamado a reunir a empresas, sindicatos, universidades, poder ejecutivo y legislativo a pensar colectivamente cómo acercarnos a la inteligencia artificial. El Papa advirte en la encíclica que la discusión sobre IA no debería limitarse a cuánto aumenta la productividad, sino preguntarse qué transformación productiva estamos construyendo y, sobre todo, quién termina pagando sus costos. Pinilla trasladó ese diagnóstico hacia su trabajo parlamentario, “si la automatización cambia el trabajo, las leyes deberán mantener su función protectora”. Ahí el desafió es, entonces, el cómo hacerlo.
Un cuestionamiento a nuestra moral
Pero la crítica va incluso más atrás que la inteligencia artificial. Chomalí cuestionó nuestra sociedad organizada alrededor de una moral medida en el éxito, la competencia y el rendimiento. Puso como ejemplo el sistema educativo que presta atención a quienes obtienen los mejores resultados y olvida a quienes quedan rezagados.“Aquí hago un meaculpa. Debería invitar a tomar desayuno a los peores resultados y preguntarles porque les fue mal”, dijo el representante de la Iglesia Católica al pensar en los resultados de las pruebas de admisión a la educación superior.

Ahí aparece uno de los puntos centrales del debate que pone de relieve León XIV en la encíclica. Una sociedad que valora a las personas según eficiencia, productividad o capacidad encontrará en la inteligencia artificial una herramienta para profundizar esa lógica. Por eso el debate humanismo-transhumanismo no trata únicamente sobre máquinas, sino sobre la idea de persona que existe detrás de las instituciones que construimos.
Desde esa perspectiva, Chomalí fue especialmente crítico con el debilitamiento de las humanidades en Chile. A su juicio, durante décadas despreciamos áreas como la filosofía, las artes y las humanidades y abandonamos “la pregunta por el ser”. No basta con formar profesionales capaces de utilizar inteligencia artificial, tenemos que formar personas capaces de discutir críticamente qué queremos hacer con ella, reflexióno Chomalí. “Pagaremos muy caro” haber abandonado y despreciado esas áreas, sostuvo el cardenal.
La Magnifica Humanitas es nuestra vulnerabilidad
Ahí adquiere sentido otra de las ideas que recorrió su exposición. Reivindicar la vulnerabilidad como una característica propiamente humana. “¿Qué lugar se le deja a la vulnerabilidad, contemplación y memoria en el mundo de la IA?”, preguntó Chomalí. ¿Habrá espacio para el perdón y la misericordia cuando domine la técnica? Para Magnifica Humanitas, aceptar nuestras limitaciones no constituye una falla que deba ser eliminada, sino aquello que permite construir relaciones de cuidado y solidaridad. “La magnífica humanidad radica en nuestra vulnerabilidad y en esa capacidad que tenemos de ayudarnos mutuamente”, resumió el arzobispo. La tecnología puede simular capacidades humanas, pero no puede reemplazar que surge de la conciencia moral y del encuentro con otros.

El debate, además, supera las capacidades de un estado individual. Qué capacidades tienen países individualmente de regular empresas transnacionales capaces de concentrar plataformas, datos e infraestructura tecnológica. Desde Chile, la pregunta es especialmente incómoda ¿qué capacidad real tiene un estado relativamente pequeño para imponer condiciones sobre sistemas tecnológicos que no controla? Por eso el cardenal vinculó también esta discusión con la defensa del multilateralismo. Frente a tecnologías globales y actores privados con capacidades superiores a muchos estados, desmontar los mecanismos internacionales de cooperación significaría reducir todavía más la capacidad política para gobernarlos.
Las diputadas Barchiesi y Ossandón introdujeron, hacía el final, la idea de subsidiariedad. Según ellas no toda respuesta puede descansar exclusivamente sobre el estado, sino que instituciones como la familia también deberían cumplir un papel frente a estas transformaciones. Ambas coincidieron, sin embargo, con la preocupación por evitar que el poder tecnológico quede concentrado en unas pocas manos.
Quizá el punto común que atraviesa todo el encuentro. La pregunta no es simplemente cuánto podrá hacer la inteligencia artificial en los próximos años, sino qué límites queremos establecerle y bajo qué idea de sociedad. Porque el debate entre humanismo y transhumanismo es hoy el grand debate político de nuestro tiempo. Y eso no implica solo mirar que tipo de Chile tecnológicamente avanzado queremos construir, sino qué concepción del ser humano como mundo queremos tener y construir.






