Cuando Juan Gabriel rompió las fronteras entre la música popular y la "alta" cultura

El histórico concierto de 1990 en el Palacio de Bellas Artes llega a las salas nacionales con "Juan Gabriel: Mi Primer Bellas Artes", que tendrá funciones en cines chilenos desde este viernes 28 de agosto.

El histórico concierto de 1990 en el Palacio de Bellas Artes llega a las salas nacionales con "Juan Gabriel: Mi Primer Bellas Artes", que tendrá funciones en cines chilenos desde este viernes 28 de agosto.

Hay imágenes que, con el paso del tiempo, adquieren una fuerza que probablemente no tenían cuando fueron registradas. Juan Gabriel sobre el escenario del Palacio de Bellas Artes, vestido para la ocasión, desplegando su teatralidad frente a una sala acostumbrada a otros códigos. La orquesta detrás. El público frente a él. Y, en medio de uno de los recintos culturales más solemnes de México, una figura que parecía haber llegado para demostrar que las fronteras entre lo popular y lo consagrado podían ser mucho más frágiles de lo que se pensaba.

Ese momento ocurrió en 1990 y quedó inscrito como uno de los hitos de la trayectoria de Alberto Aguilera Valadez, Juan Gabriel. Ahora, más de tres décadas después, aquellas imágenes regresan a las salas de cine chilenas con “Juan Gabriel: Mi Primer Bellas Artes”, documental que recupera el histórico concierto y que llegará a la cartelera nacional el último fin de semana de agosto.

Pero volver a Bellas Artes no significa solamente volver a escuchar canciones conocidas. También significa regresar a una discusión que aquel concierto puso sobre la mesa, relacionada con quiénes pueden ocupar determinados escenarios, qué músicas son consideradas dignas de ellos y, en definitiva, cuánto pesan las fronteras sociales y culturales a la hora de definir qué entendemos por arte.

En Chile, Juan Gabriel conoce bien esa capacidad de atravesar generaciones. Su música se instaló hace décadas en la memoria popular y, lejos de desaparecer con el tiempo, parece haber encontrado nuevas formas de permanecer.

“Creo que en Chile Juan Gabriel es una figura tremendamente valorada, querida, idolatrada por varias generaciones”, señala la escritora Johanna Watson. A su juicio, el paso de los años incluso ha permitido que nuevas audiencias descubran una dimensión que durante mucho tiempo quedó escondida detrás de la etiqueta de cantante romántico.

Poster de "Mi primer Bellas Artes".
Poster de “Mi primer Bellas Artes”.

“Muchas personas de las generaciones más nuevas han aprendido a valorar a este músico que, en otra época, parecía un cantante más del estilo romántico, pero con los años, la música le ha hecho justicia. Me parece que hoy tiene más fans de los que tenía cuando dejó este plano”, plantea.

Y es que hay algo particularmente resistente en la figura de Juan Gabriel. Sus canciones siguen circulando, pero también lo hace su imagen: el vestuario, los gestos, la voz, la teatralidad y esa manera de convertir el escenario en una extensión de sí mismo.

Watson lo resume así: “Juan Gabriel va a tener siempre un grupo de gente que lo va a admirar y va a seguir cautivando almas que conecten con su música, con su histrionismo, con su legado, con su vestuario, con su capacidad de ver el arte y de verse a sí mismo como una obra en sí misma”.

Tal vez por eso la historia del Bellas Artes resulta tan significativa. Porque Juan Gabriel no llegó allí como un artista que necesitara validación. Para entonces, ya había construido un cancionero gigantesco y una relación profunda con el público mexicano. Lo que estaba en juego era, más bien, qué ocurría cuando una figura de la cultura popular irrumpía en un espacio asociado históricamente a las expresiones más académicas y a determinados sectores sociales.

El periodista y crítico musical Marcelo Contreras considera que ahí está precisamente la dimensión revolucionaria de aquellos conciertos. “Esos conciertos son absolutamente cruciales para comprender a cabalidad lo que implica la música popular y, de una vez por todas, ponerle un parelé a toda esta idea de que hay ciertos recintos que solamente reciben determinadas expresiones artísticas que, por supuesto, tienen que estar sintonizadas con la élite”, sostiene.

Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes de México.
Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes de México.

El quiebre no era solamente simbólico. También estaba en el escenario. Juan Gabriel tenía una presencia imposible de domesticar: una energía que desbordaba las categorías con las que podía habérsele intentado clasificar.

“Ahí, Juan Gabriel fue absolutamente pionero, clave, revolucionario incluso. Bien lo grafican las imágenes: incluso el público más atildado que estaba presente ahí no se pudo resistir a ese torbellino, a esa energía visceral que tenía Juan Gabriel en escena”, dice Contreras.

El resultado fue un momento que Contreras califica como “sísmico” para la cultura mexicana y, por extensión, para América Latina. Un punto de inflexión que permitió imaginar que aquellos recintos también podían ser habitados por artistas populares.

“Marca un punto de inflexión respecto de cómo ciertos recintos pueden recibir perfectamente a artistas que son más populares”, explica. “Y, en ese sentido, creo que marca ese quiebre que es tan necesario para que, finalmente, el arte sea disfrutado sin distinción de clase”.

La historia tendría un último capítulo particularmente simbólico. En 2016, cuando Juan Gabriel murió, el mismo Palacio de Bellas Artes que había generado controversias décadas antes abrió nuevamente sus puertas para recibirlo. Esta vez, no para un concierto, sino para despedirlo. El artista popular que había irrumpido en el recinto terminó convertido también en parte de su propia historia.

Esa relación entre espacios culturales y públicos es precisamente una de las reflexiones que propone Dominique Thomann, directora del Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile (CEAC), a propósito del estreno del documental.

“El estreno del documental sobre los conciertos de Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes nos invita a reflexionar sobre algo que es bastante fundamental: la importancia de que espacios como este se abran a los artistas populares”, señala.

La discusión no es ajena a Chile. Durante los últimos años, escenarios tradicionalmente vinculados a las artes clásicas también han comenzado a recibir a figuras de la música popular, ampliando sus públicos y tensionando, de paso, las fronteras con las que históricamente se ha organizado la cultura. Ejemplo de ello son los recientes conciertos de figuras como Myriam Hernández y Alfredo “Pollo” Fuentes en el Teatro Municipal de Santiago, o de músicos como Manuel García y Francisca Valenzuela en la Gran Sala Sinfónica de la U. de Chile.

“Cuando la música popular, las artes visuales o las artes escénicas ocupan ese escenario, se reconoce el valor cultural que tiene para millones de personas y se logra democratizar el acceso a espacios que históricamente han estado asociados a las artes más bien llamadas clásicas”, plantea Thomann.

En Chile, la historia de Juan Gabriel también se escribió desde abajo. Su llegada al Festival de Viña del Mar durante los años 90 estuvo marcada, según Watson, por una convocatoria que provenía principalmente del público y no necesariamente de los circuitos tradicionales del periodismo musical. El cantante mexicano encontró aquí una audiencia que ya conocía sus canciones y que había hecho de ellas parte de su propia banda sonora.

Con los años, su influencia también alcanzaría a músicos chilenos. Watson menciona, por ejemplo, a Cristóbal Briceño como parte de una generación que ha sabido mirar la canción popular en español sin la distancia ni los prejuicios que durante décadas acompañaron a la balada romántica.

Porque quizás esa sea una de las claves para entender la persistencia de Juan Gabriel, que nunca necesitó elegir entre lo popular y lo artístico. En sus canciones convivieron la vulnerabilidad, el exceso, el melodrama, el humor, el amor y la pérdida. En su figura convivieron también el cantante, el compositor, el intérprete y el personaje. Y en Bellas Artes, todas esas dimensiones encontraron un escenario que parecía reservado para otras músicas.

Este fin de semana, las salas de cine chilenas volverán a abrir esa puerta. Esta vez, no para discutir si Juan Gabriel debía estar ahí, sino más bien para comprobar por qué terminó convirtiéndose en una leyenda capaz de regresar, una y otra vez, a los lugares que alguna vez parecieron no estar hechos para él.





Presione Escape para Salir o haga clic en la X