¿Y la música no sirve para nada?

  • 25-08-2026

Se ha puesto en discusión, a partir de la determinación de áreas prioritarias en el Fondecyt Postdoctoralla relevancia que se le da a las áreas positivistas del conocimiento en desmedro otras que podríamos llamar interpretativas.

La música cae en una tierra de nadie en la que su valor en la sociedad queda sujeta a variables subordinadas a otros ámbitos del saber. Si nos dejamos llevar por lo dicho por Humberto Eco, la música sería un ornitorrinco: “Al igual que este mamífero anfibio, venenoso, electro-receptor y ponedor de huevos, la música tiene un poco de todo y encaja mal en las taxonomías”.

Esta disciplina perfectamente podría ser calificada como un área del conocimiento, ya que tiene de arte, de fenómeno humano colectivo, de expresión individual, de reflexión histórica, de reflexión fisicomatemática, de lenguaje oral, de lenguaje escrito, de semántica, de semiótica y de arquitectura, entre otros elementos. A esto se suma su característica esencial: vive y vivirá en el tiempo para ser apreciada.

En esa dimensión, es una experiencia efímera por naturaleza, porque no hay una audición de una pieza igual a la otra. Y en esa audición conviven variables cognitivas no sustantivables, pero con un significado dado por la relación de sonidos que se dan con un tiempo determinado. Desde ahí se construye un proceso en que la predictibilidad heurística y algorítmica de nuestra mente entran en juego para conformar una expresión a la que le damos algún sentido.

Esta reflexión sirve para entender que la música en la formación humana aporta algo que ningún otro ámbito del conocimiento puede desarrollar, que es el valor del sonido ordenado y estructurado en una prosodia. Este proceso es crucial en la formación del lenguaje humano y conforma una estructura reflexiva que, en palabras románticas, podría ser calificada como “inefable” o bien como abstracto-poética.

Este tipo de ideaciones humanas son la clave para el desarrollo de la creación y para la imaginación de estructuras que, a posteriori, podrían ser avances concretos en otros campos. Por ejemplo, si usted lee el poema “Horas” de Vicente Huidobro y puede entender la alegoría más allá de su literalidad; o si usted puede imaginar dos pelotas de tenis que viajan, una en vertical a 50 kmh y la otra en horizontal a 25 kmh, y puede calcular la dirección y velocidad que resultará de su colisión, es porque está imaginando poética o algorítmicamente de manera efectiva.

Estos (y otros) procesos de imaginación en el tiempo los tiene la música, y es lo que esta aporta a la formación humana. Quedarse con la satisfacción hedonista del goce de la escucha, o la melomanía del conocimiento de datos, o la expresión cultural del fenómeno, son elementos precarios de valoración que en su momento sacaron a esta área del conocimiento del quadrivium y, finalmente, la destinaron a ser una expresión fenoménica para estudiar, gozar, o admirar desde afuera, en vez de permitir adentrarse en ella con propiedad.

Estudiar la música no solo la mejorará como expresión artística y su discernimiento sobre qué escuchar, sino que nos permitiría desarrollar otros procesos creativos o innovativos de manera más eficaz y extrapolable a nuestro saber generalEs hora de pensar en un futuro mejor y la necesidad educarnos integralmente para ser libres.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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