Queridos jóvenes:
Probablemente muchos adultos estén intentando entender por qué ahora se habla tanto de “farmear aura”. Y quizás ustedes estén pensando: qué exagerados. Porque, en realidad, es un juego. Una pose. Una mirada. Una forma de caminar. No reaccionar. Hacer algo con estilo. Quedar bien sin que parezca que lo intentaste demasiado.
Ganar aura.
Perder aura.
“+1000 aura.”
“-500 aura.”
Si te tropiezas delante de la persona que te gusta, pierdes aura. Si haces algo impresionante y después sigues como si nada hubiera ocurrido, ganas. Si intentas demasiado parecer interesante, probablemente acabas de perderla toda. La gracia está precisamente ahí.
El aura es una especie de puntuación imaginaria de la presencia: cuánto estilo, seguridad, carisma o “coolness” proyecta alguien. Y “farmear” viene del lenguaje de los videojuegos: repetir acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. En internet, ambas cosas se juntaron y apareció esta idea de que incluso nuestra presencia puede jugarse como si fuera un marcador.
Y, sinceramente, entiendo por qué resulta divertido. Todos hemos jugado alguna vez a parecer más seguros de lo que nos sentíamos.
Todos hemos querido entrar a algún lugar como si supiéramos exactamente qué estábamos haciendo.
Todos hemos intentado que no se notara que alguien nos gustaba.
Todos hemos fingido que algo no nos importaba demasiado.
La adolescencia siempre ha tenido algo de actuación.
Lo interesante es que ahora existe un marcador.
Aunque sea imaginario.
Y quizás por eso me interesa tanto esta moda.
Porque los juegos importan.
No solamente porque nos entretienen, sino porque ensayan reglas. Nos enseñan a competir, a esperar, a perder, a ganar, a repetir, a frustrarnos, a ser resilientes, a expresar lo que sentimos, y a obtener recompensas por supuesto. Los niños juegan a ser adultos mucho antes de comprender qué significa serlo. Ensayan personajes, prueban límites y descubren, jugando, quiénes podrían llegar a ser.
El problema aparece cuando las reglas del juego comienzan a convertirse en las reglas con las que construimos nuestra propia identidad.
Porque entonces aparece una pregunta bastante más seria: ¿Qué ocurre cuando empezamos a tratar nuestra propia identidad como un videojuego?
Pensemos en algo muy cotidiano.
¿Cómo te va a subir el aura si corres desesperado para alcanzar la micro? ¿Si llevas una bolsa transparente y todos pueden ver lo que hay dentro?
¿Si reaccionas demasiado ante algo que se supone que debería dejarte indiferente?
¿Si dices exactamente lo que estás pensando cuando podrías haberte quedado callado y parecer mucho más “cool”?
¿Si demuestras demasiado entusiasmo?
¿Si se nota demasiado que algo te importa?
¿Si haces algo que te deja en evidencia?
¿Si intentas demasiado parecer que no estás intentando?
Ahí está la paradoja.
Chile inicia sus batallas farmeadoras de aura pic.twitter.com/J2m9rZwv6f
— usuario (@liongp_) August 22, 2026
Porque, si el objetivo es parecer espontáneo, puedes terminar calculando hasta la espontaneidad. Y quizás alguna vez te hayas descubierto pensando: “Mejor no hago esto porque me baja el aura.”
Ahí el juego se vuelve interesante.
Porque ya no necesitas que alguien te diga qué hacer.
El marcador empieza a estar dentro de tu cabeza.
No hace falta que exista una pantalla mostrando el número. Basta con haber aprendido qué cosas suman y cuáles restan.
Correr puede restar.
Quedar en evidencia puede restar.
Decirle que me gusta sería un error fatal.
Mostrar demasiado interés puede restar.
Parecer inseguro puede restar.
Intentar demasiado puede restar.
Y, quizás lo más extraño de todo, ser demasiado espontáneo también puede restar. Entonces la pregunta deja de ser solamente qué es el aura.
La pregunta pasa a ser: ¿Cuántas cosas dejas de hacer porque estás calculando cómo te harán ver frente a los demás?
Y aquí aparece algo profundamente humano.
Porque durante la adolescencia estamos construyendo identidad.
Necesitamos descubrir qué nos gusta, qué rechazamos, con quién queremos estar, qué queremos mostrar y qué preferimos esconder. La mirada de los otros importa. La pertenencia importa. La aprobación importa.
No porque los adolescentes sean débiles.
Porque somos humanos.
Durante miles de años, pertenecer a un grupo fue una cuestión de supervivencia. Hoy puede parecernos exagerado que alguien sufra porque no fue invitado a una fiesta, porque quedó fuera de un grupo o porque sus compañeros no reaccionaron a una publicación. Pero para quien está construyendo su lugar en el mundo, esas cosas pueden doler de verdad. Y ahora esa mirada no termina cuando termina la jornada escolar.
Puede seguir en el teléfono.
En la cámara.
En el grupo de WhatsApp.
En TikTok.
En Instagram.
En los comentarios.
En las visualizaciones.
En el algoritmo.
Antes podíamos hacer una estupidez frente a nuestros amigos y, al día siguiente, quizás nadie se acordaba.
Ahora podemos hacerla frente a nuestros amigos, grabarla, publicarla y descubrir que cientos o miles de personas también la vieron.
El juego ya no termina necesariamente cuando termina el juego.
Ese es el cambio.
Porque ahora no solamente podemos representar una identidad.
Podemos observar qué versión de nosotros mismos funciona mejor.
Publicamos algo.
La gente reacciona.
Aprendemos.
Repetimos.
Una determinada forma de vestir recibe más comentarios.
Una determinada forma de hablar genera más atención.
Una determinada pose funciona.
Una determinada personalidad parece gustar más.
Y entonces puede ocurrir algo muy sutil.
Ya no solamente mostramos quiénes somos.
Comenzamos a preguntarnos quién debemos ser para ser mostrados. Ese es, para mí, el verdadero punto de interés.
No que un adolescente quiera parecer cool.
Eso ha ocurrido siempre.
Sino que ahora puede recibir información prácticamente en tiempo real sobre qué versión de sí mismo consigue más aprobación.
Y ahí aparece una confusión que puede ser mucho más profunda: tener valor y parecer valioso no son lo mismo.
Puedes parecer seguro y sentirte aterrorizado. Puedes parecer indiferente y estar completamente afectado. Puedes parecer popular y sentirte solo. Puedes parecer fuerte y estar agotado. Puedes controlar perfectamente tu rostro mientras por dentro estás atravesando una tormenta. Por eso tampoco la fortaleza es lo mismo que la inalcanzabilidad. La fortaleza permite sentir y seguir adelante. La armadura intenta que nadie descubra que estamos sintiendo. El problema de una armadura no es que proteja. El problema es olvidar que es una armadura.
Y aquí los adultos deberíamos tener cuidado antes de mirar a los jóvenes y decir: “estos niños viven demasiado pendientes de las redes”.
Porque nosotros también farmeamos. Farmeamos seguidores. Farmeamos contactos. Farmeamos títulos. Farmeamos productividad. Farmeamos reconocimiento. Farmeamos estatus. Farmeamos dinero. Farmeamos logros que podamos contar. Solo que hemos aprendido a ponerles nombres socialmente aceptables. Llamamos networking a acumular contactos. Marca personal a administrar nuestra imagen. Productividad a convertir cada minuto en rendimiento. Éxito a acumular señales visibles de que nos está yendo bien.
Y quizás incluso nosotros sepamos perfectamente qué cosas nos “suben” o nos “bajan el aura”, aunque nunca usemos esas palabras.
Sabemos qué ropa llevar a una reunión. Qué foto publicar. Qué opinión conviene expresar. Qué opinión conviene guardar. Qué parte de nuestra vida mostrar. Qué parte esconder. Qué tan rápido responder un mensaje. Cuánto entusiasmo demostrar. Cuánto éxito contar. Cuánto fracaso admitir. También tenemos un marcador. Solo que lo llamamos de otra manera.
La diferencia es que ellos están aprendiendo estas reglas mientras todavía están descubriendo quiénes son. Y quizás por eso “farmear aura” sea una metáfora mucho más grande de lo que parece. Porque ellos no inventaron el algoritmo.
Nosotros construimos plataformas que convierten la atención en valor, la exposición en recompensa y la popularidad en una forma de capital social.
Les pedimos que sean auténticos mientras les enseñamos, todos los días, que aquello que
funciona es aquello que genera reacción.
No podemos sorprendernos después de que aprendan la lección.
Chile inicia sus batallas farmeadoras de aura pic.twitter.com/J2m9rZwv6f
— usuario (@liongp_) August 22, 2026
La están aprendiendo de nosotros. Por eso la pregunta deja de ser exclusivamente adolescente.
¿En qué momento dejamos de construir una vida y comenzamos a construir una imagen de la vida?
Un videojuego tiene niveles. La vida no.
Un videojuego tiene puntos. La confianza no.
Un videojuego tiene recompensas inmediatas. El carácter no.
Puedes acumular seguidores. No puedes acumular afecto como si fueran monedas. Puedes repetir una conducta para obtener un like. No puedes repetir mecánicamente la intimidad hasta conseguir amor.
Puedes fabricar una apariencia de seguridad. Pero la seguridad real se construye de otra manera. Equivocándose. Sintiendo vergüenza. Siendo rechazado alguna vez. Pidiendo ayuda. Reparando un daño. Sosteniendo una amistad cuando ya no resulta divertida. Atravesando una pérdida. Aprendiendo que uno puede sobrevivir incluso cuando nadie está mirando. Eso no se farmea. Se
construye. Lento. Invisible muchas veces. Desde dentro hacia afuera.
Por eso no creo que la respuesta sea prohibir el juego, demonizar las redes o mirar con nostalgia una adolescencia que tampoco fue tan sencilla como ahora tendemos a recordar. La adolescencia necesita jugar. Necesita exagerar. Necesita probar personajes. Necesita equivocarse. Necesita descubrir qué significa ser uno mismo frente a otros. Lo que necesitamos ofrecerle es algo que ninguna plataforma puede entregar. Espacios donde una persona pueda ser imperfecta sin ser evaluada.
Conversaciones donde no tenga que producir una imagen de sí misma.
Relaciones donde pueda decir “tengo miedo” sin perder estatus.
Lugares donde equivocarse no signifique quedar eliminado.
Porque quizás el verdadero desafío para esta generación no sea aprender a desconectarse de la pantalla.
Sea aprender algo mucho más difícil: que no todo lo importante necesita ser visto.
Hay una vida que ocurre cuando la cámara está apagada, una identidad que no necesita espectadores, vínculos que no necesitan likes para ser verdaderos.
Hay cosas que podemos hacer simplemente porque nos gustan, aunque nadie las vea. Hay momentos en los que podemos correr para alcanzar la micro, aunque alguien piense que eso nos hace perder aura.
Podemos llevar una bolsa transparente.
Podemos reírnos demasiado fuerte.
Podemos emocionarnos.
Podemos decir lo que pensamos.
Podemos equivocarnos.
Podemos quedar en evidencia ante quien nos atraiga.
Podemos hacer el ridículo.
Y sobrevivir.
Quizás incluso descubrir que aquello que temíamos que nos hiciera perder aura era, precisamente, una parte de nosotros que necesitaba tener permiso para existir. Porque quizás la verdadera seguridad no consista en conseguir que nadie vea nuestras grietas. Quizás consista en no necesitar esconderlas todo el tiempo.
Y quizás la forma más profunda de tener aura sea justamente aquella que no necesita demostrarla. Porque tarde o temprano, todas las cámaras se apagan.
Y cuando eso ocurra, la pregunta importante no será cuántos puntos de aura acumulamos. Será mucho más sencilla.
¿Te gusta quién eres cuando nadie está mirando?






