La advertencia de la CIA y la nueva fase que podría preparar Rusia sobre la OTAN

La visita del director de la CIA a Moscú revela el nivel de preocupación estadounidense sobre que Rusia, presionada por el desgaste interno y militar, prepare tras las elecciones de septiembre una nueva fase de movilización y escalada sobre la OTAN.

La visita del director de la CIA a Moscú revela el nivel de preocupación estadounidense sobre que Rusia, presionada por el desgaste interno y militar, prepare tras las elecciones de septiembre una nueva fase de movilización y escalada sobre la OTAN.

La sorpresiva visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú el pasado 25 de agosto revela el complejo momento en las relaciones entre EE.UU y Rusia. El contexto en que se produjo y el mensaje que habría ido a transmitir lo ejemplifican.

Ratcliffe se reunió con su homólogo ruso, Serguéi Naryshkin, jefe del Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) heredero del mítico KGB soviético. Distintas fuentes estadounidenses aseguran que el motivo del viaje fue advertir a Rusia de no extender la guerra hacia territorio de la OTAN, con especial preocupación por Estonia, Letonia y Lituania.

Que el director de la CIA se desplace personalmente, sin aviso previo, no se trata de diplomacia convencional, sino de la “parte sucia” de la política internacional. 

John Ratcliffe, Director de la CIA. Foto: Retrato oficial

Este acto indica, a lo menos, que Estados Unidos cree que la tensión de las últimas semanas está alcanzando uno niveles de crisis extrema donde el mensaje que se necesita transmitir es tan delicado o relevante que el propio director de la inteligencia se deba presentar en el Kremlin, evitando medios telemáticos para asegurar que el mensaje no sea interceptado o malinterpretado.

Donald Trump intentó bajar el perfil de la misión calificándola de “semirrutinaria” y Moscú tampoco confirmó públicamente el contenido de las conversaciones. Pero el precedente pesa.

La última visita pública de un director de la CIA a Moscú fue la de William Burns en noviembre de 2021, apenas tres meses antes de la invasión a gran escala de Ucrania. Washington no sostiene que exista una invasión convencional inminente de los países bálticos, pero sí parece considerar suficientemente serio el riesgo como para enviar personalmente al jefe de su principal servicio de inteligencia.

El contexto que lo explica

La preocupación aparece en un momento particularmente delicado para Moscú. Durante julio, el Institute for the Study of War calculó apenas 37,85 kilómetros cuadrados de avances rusos confirmados, mucho menos de los 456 kilómetros cuadrados de julio del año pasado.

Las estimaciones ucranianas hablan además de cerca de 43 mil bajas rusas durante ese mes. Cifras imposibles de verificar independientemente, pero lo que si está claro es que el frente se mueve extremadamente despacio y la estrategia de desgaste también está desgastando a Rusia.

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Guerra en Ucrania. Foto: Agencia Aton.

Los costos tampoco quedan contenidos dentro de Ucrania. Los ataques ucranianos contra refinerías, depósitos y otras instalaciones están llevando progresivamente la guerra hacia la retaguardia rusa. Durante agosto, al menos diez regiones volvieron a aplicar restricciones a la venta de combustible, mientras las ventas de gasolina cayeron alrededor de un 20% desde comienzos del mes. Moscú restringió exportaciones, flexibilizó estándares de calidad y aumentó importaciones para sostener el suministro interno.

A eso se suma que Europa está pasando gradualmente de entregar armas a Ucrania a transferir capacidades para producirlas. Reino Unido y Francia avanzaron en cooperación tecnológica vinculada a misiles de largo alcance como Storm Shadow y SCALP. En tanto, Moscú endureció su discurso contra Londres y amenazó con posibles represalias contra activos militares británicos incluso fuera de Ucrania. Paralelamente, la OTAN fortalece su presencia en el Báltico, Polonia y los países nórdicos, con ejercicios, fortificaciones y nuevas inversiones defensivas.

El balance ruso y el temor de la OTAN

La teoría rusa de la victoria durante gran parte de la guerra ha descansado sobre una apuesta temporal. Rusia posee más población, mayor profundidad territorial y una industria militar superior a la ucraniana y, por tanto, puede resistir más tiempo que Kiev y esperar que el respaldo occidental se fatigue. Pero si la capacidad militar europea y ucraniana aumenta, y los ataques contra territorio ruso se vuelven más frecuentes, el tiempo puede dejar de jugar exclusivamente a favor de Moscú.

Basta con que Putin estime que mantener indefinidamente el escenario actual resulta más costoso que asumir nuevos riesgos para cambiarlo. ISW sostiene precisamente que el Kremlin continúa apostando a una guerra prolongada y a sobrevivir políticamente al apoyo occidental a Ucrania, pese al deterioro de sus avances y a los costos domésticos.

Donald Trump recibe a Vladimir Putin. Foto: ATON Chile.

Eso es lo que parece preocupar especialmente a Washington. No una invasión o ataque clásico, sino una acción suficientemente grave para medir la respuesta occidental y suficientemente ambigua para no desencadenar automáticamente el artículo 5. Sabotajes contra infraestructura crítica, ciberataques, interferencias de navegación, operaciones encubiertas, drones, incidentes marítimos o incursiones breves son lo que la CIA teme.

El objetivo sería comprobar dos cosas. Por un lado, cuánto permanece cohesionada la OTAN y, por otro, hasta dónde Donald Trump está realmente comprometido por la seguridad de los aliados europeos. Los propios diplomáticos bálticos sostienen que durante el verano recibieron nueva inteligencia sobre posibles operaciones rusas, aunque no existen señales de una ofensiva convencional inmediata.

Para Putin, una operación de ese tipo podría tener además una lógica estratégica. Esa ambivalencia que busca Rusia explica por qué una crisis limitada puede resultar atractiva y, simultáneamente, extremadamente peligrosa. Ambas partes podrían interpretar de manera distinta dónde termina la provocación y dónde comienza un ataque armado.

Movimientos rusos

Informes de inteligencia advierten que Rusia realizó ejercicios para probar su capacidad de ejecutar un nuevo gran reclutamiento. Algunas de esas pruebas se efectuaron en Kaliningrado y, según funcionarios occidentales, existen ejercicios similares en otras regiones. No existe una decisión confirmada y Moscú niega estar preparando otra movilización. Pero las evaluaciones occidentales consideran poco probable que una medida semejante se anuncie antes de las elecciones parlamentarias del 18 al 20 de septiembre. Volodimir Zelenski, presidente de Ucrania, asegura que Rusia estaría buscando unos 300 mil hombres adicionales después de septiembre.

Por eso lo que venga después del 20 de septiembre puede ser más importante que lo que ocurra antes. Una posibilidad es una nueva movilización destinada no tanto a cambiar inmediatamente el frente durante el otoño, sino a entrenar fuerzas para una campaña más intensa durante 2027.

Otra es un aumento de los ataques contra la infraestructura energética y económica ucraniana durante el invierno, intentando explotar nuevamente la vulnerabilidad de las ciudades y del sistema eléctrico. Una tercera sería aumentar las operaciones híbridas sobre Europa para presionar a los gobiernos que más apoyan a Kiev. Estas alternativas no son excluyentes, pues Rusia puede simultáneamente movilizar más hombres, intensificar los bombardeos y elevar la presión bajo el umbral de una guerra abierta con la OTAN.

 

Eso cambia también la interpretación del viaje de Ratcliffe. Más que intentar impedir un ataque ruso que Washington sabe que ocurrirá mañana, la misión podría haber buscado colocar una línea roja antes de que Moscú entre en una nueva fase de decisiones.

Estados Unidos observa a una Rusia todavía poderosa, pero sometida simultáneamente a elevadas pérdidas, ataques sobre su territorio, dificultades energéticas, mayores necesidades de personal y una Europa que intenta fortalecer su capacidad militar.

Al mismo tiempo, el Kremlin puede observar un Occidente tensionado por otros conflictos, con reservas de armamento desgastadas y profundas dudas sobre el compromiso de Trump con Europa. Para Moscú, ambas tendencias pueden producir una conclusión paradójica. Rusia enfrenta crecientes dificultades, pero también puede creer que existe una ventana limitada para explotar las debilidades occidentales antes de que Europa termine de rearmarse. De ahí que también el tema iraní pudo estar en la mesa de lo conversado entre Ratcliffe y Naryshkin.

El escenario más peligroso, entonces, no necesariamente es que Putin haya decidido iniciar una guerra contra la OTAN. Es que concluya que necesita recuperar la iniciativa y que puede hacerlo sin provocar una respuesta occidental unificada. Ahí convergen el frente ucraniano, la economía rusa, las elecciones, una eventual movilización y la presión sobre los países bálticos.

Hasta el 20 de septiembre el Kremlin necesita demostrar estabilidad. Después, puede disponer de mayor margen para trasladar nuevos costos de la guerra hacia la sociedad rusa y preparar la campaña de 2027. Esa puede ser la advertencia más importante detrás del viaje del director de la CIA: Washington parece preocupado no solamente por lo que Rusia está haciendo hoy, sino por los riesgos que Putin podría estar dispuesto a asumir una vez cerrada esa ventana electoral.





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