Daniela Catrileo: “La poesía tiene ese gesto hermoso de seguir resistiendo con lo mínimo, con lo pequeño”

Como sus propios poemas, "Soñamos con cetáceos" —lo más reciente de la autora— invita a desacelerar. A mirar aquello que permanece en los márgenes. A escuchar las voces familiares, las voces de otras mujeres, las voces de quienes estuvieron antes.

Como sus propios poemas, "Soñamos con cetáceos" —lo más reciente de la autora— invita a desacelerar. A mirar aquello que permanece en los márgenes. A escuchar las voces familiares, las voces de otras mujeres, las voces de quienes estuvieron antes.

Hay algo en la poesía de Daniela Catrileo que parece ocurrir a baja velocidad. Una imagen, una palabra, un recuerdo familiar, el olor del pan amasado, el mate, un río, el mar. Pequeños fragmentos que, en medio del vértigo cotidiano, corren el riesgo de pasar desapercibidos, y que en sus libros adquieren otra densidad.

Ese ejercicio de mirar de nuevo es también el que propone “Soñamos con cetáceos” (editorial Seix Barral), poesía que recorre una década de escritura —desde 2016 hasta 2026— y que reúne textos provenientes de sus distintos libros y publicaciones. Un volumen que, más que cerrar una etapa, parece abrir un espacio para volver sobre lo escrito y reconocer en esos versos a las distintas mujeres que ha sido la autora.

Yo creo que es un regalo a la niña poeta que fui”, dijo Catrileo al mirar el conjunto de su obra. “Uno nunca dimensiona todas las cosas que ha hecho, escrito, hasta que las ve así, en la materialidad”. Pero antes de llegar a esa niña está el territorio. O, más precisamente, los márgenes desde donde Catrileo ha construido una mirada sobre el mundo.

"Soñamos con cetáceos", libro de Daniela Catrileo.
“Soñamos con cetáceos”, libro de Daniela Catrileo.

La poesía tiene ese gesto hermoso de seguir resistiendo con lo mínimo, con lo pequeño”, planteó. “Con capturar un momento, una imagen, una palabra; con quedarse como en el resabio de la mirada”. Es en ese contexto que la idea de lo periférico aparece no como una simple posición geográfica, sino como una forma de observar. Ir “a contrapelo de la gran historia”, quedarse en los márgenes, atender aquello que no suele ocupar el centro.

“No por una pasión estética de adornarlo, sino, al contrario, de quedarse en aquello que nos hace contemplar con más lentitud, más silente también, y quizás contra la celeridad”, explicó. En “Soñamos con cetáceos” esa mirada convive con distintas formas de intimidad. Hay poemas que recuperan recuerdos familiares y voces de generaciones anteriores, otros que recorren territorios, memoria y despojo, y también textos de tono confesional, especialmente en “Mi costado salvaje”, una parte de la obra que la autora reconoce como “lo más transparente” que ha escrito en poesía.

No hay nada críptico allí, la verdad, y muy poco opaco. Es como abrir un diario de vida”, dijo, y aseguró que la transparencia es, de hecho, una de las búsquedas que hoy le interesan. Una poesía capaz de decir sin esconderse detrás del lenguaje, de entrar directamente en una escena o en una emoción.

“Hoy, cuando releo, no sé, un texto de Mary Oliver o de Cristina Peri Rossi, donde sus palabras son efectivamente transparentes, donde uno puede entrar a una escena en particular o ser muy abiertas también con sus emociones, es algo que también genera otro tipo de emoción”, señaló. “Como un escalofrío. Así, potente”.

Para Catrileo, esa amplitud de registros es parte de la belleza misma de la poesía: “Creo que la poesía puede tener todas esas formas y eso es lo que me parece tan hermoso también de este oficio”.

Daniela Catrileo
Daniela Catrileo. Foto: Víctor Gálvez

Una genealogía de mujeres

La historia de esa mirada también tiene sus propias genealogías. Catrileo recuerda un libro que leyó siendo adolescente y que, según cuenta, transformó radicalmente su manera de acercarse a la literatura: “Lo que se hereda no se hurta”, de la académica chilena Eliana Ortega.

“Para mí, la poesía de mujeres transformó mi vida por completo”, afirmó. Aquel libro le permitió descubrir a autoras como Diana Vélez y Soledad Fariña, y posteriormente acercarse a una generación amplia de escritoras chilenas: Paz Molina, Cecilia Casanova, Nadia Prado, Carmen Berenguer, Malú Riola, Elvira Hernández y Verónica Jiménez, entre otras.

“Creo que eso ha sido para mí como ir trazando también una especie de genealogía con el lugar donde una se sitúa desde la literatura”, explicó. Leerlas, dice, implica comprender no solamente sus obras, sino también los lugares desde donde escriben, sus propuestas estéticas y las formas de lenguaje que utilizan. Esa genealogía se amplió posteriormente hacia las escritoras mapuche, a quienes reconoce como una comunidad cercana y fundamental.

Entre ellas menciona a Roxana Miranda Rupailaf, Graciela Huinao, Adriana Paredes Pinda, Jenny Díaz-Huenten y Maribel Mora Curriao, autoras cuyas escrituras, lejos de constituir un bloque homogéneo, revelan una diversidad de territorios y aproximaciones.

También es importante relevar la heterogeneidad de nuestro pueblo y las formas diversas de sus propuestas estéticas”, sostuvo. En esa diversidad encuentra, igualmente, una forma de conversación entre generaciones, territorios y lenguajes. Leer a otras autoras puede convertirse, incluso, en una manera de conversar con quienes ya no están.

“Creo que leer a otras es traducirlas, es encontrarse, es conversar”, dijo. “Cuando leemos a autoras que ya no están entre nosotras, también es hacer una especie de oráculo con las muertas, que encuentro una forma maravillosa de seguir extendiendo el diálogo”.

Daniela Catrileo, poeta.
Daniela Catrileo, poeta. Foto: Jacobo Nájera.

Escribir desde el territorio

En la poesía de Catrileo —parte del colectivo Rangiñtulewfü—, lo mapuche no aparece como una decoración temática ni como una referencia aislada. Es, más bien, una manera de relacionarse con aquello que la rodea. “A mí, personalmente, me atraviesa y es fundamental pertenecer al pueblo mapuche”, afirmó. “Es algo que es parte de mi memoria política, mi memoria histórica, familiar, parte de mi espiritualidad también”.

Esa pertenencia atraviesa su percepción del mundo y su relación con los territorios. Los ríos, los paisajes y los espacios devastados aparecen como parte de una red sensible en la que la poeta también se inscribe.

“Me interesa mucho la manera en que me puedo acercar a un territorio en particular, de qué manera lo habito, de qué manera dialogo, de qué manera hago rogativa a ese territorio cuando me acerco”, explicó. Por eso, separar la escritura de la propia vida no siempre resulta posible. “Es parte de mi vida, por supuesto, y no es tan fácil separar a veces lo que uno escribe de lo que uno es”.

Esa relación con el territorio también se vincula con una experiencia compartida: la periferia. Durante la conversación, Catrileo cuenta que nació en San Bernardo, un dato que permite pensar esa condición desde un lugar concreto, pues vivir lejos de los centros no solo supone una distancia física, sino también la construcción de otra forma de mirar.

“Eso marca mucho. Vivir lejos de los lugares del centro y construir un territorio a partir de eso, un paisaje, una mirada”, reflexionó.

Daniela Catrileo, poeta.
Daniela Catrileo, poeta.

Una década, una niña

Reunir 10 años de poesía implicó volver sobre textos escritos por una Daniela que ya no es exactamente la misma. La revisión de los libros anteriores se convirtió también en una forma de editar, releer y transformar aquello que alguna vez pareció definitivo.

Nada permanece tal cual fue, sino que también poder darle otra oportunidad a esos versos y ver si necesitaban otra revisión”, contó. Ese ejercicio tiene algo de pudor, pero también de reconocimiento. Porque mirar hacia atrás significa encontrarse con alguien distinta y, al mismo tiempo, profundamente familiar.

“Elegí hacer esa toma de conciencia y decir: ‘¡Era yo! Soy yo misma!’”, confesó. Y quizás ahí se encuentre una de las claves de “Soñamos con cetáceos”: no como un punto final, sino como una conversación entre distintas versiones de una misma escritora.

Quiero acercarme mucho también a esa niña, que es la niña que impulsó también el deseo por la escritura, que fue una niña lectora y que gozaba con la poesía”, expresó Catrileo. Todavía se siente cercana a ella. Por eso, reunir estos diez años de escritura es también devolverle algo.

Es devolverle, de alguna manera, este pequeño regalo, un gesto, no solamente a esa niña que fui y que soy, sino que también a todas las infancias que sueñan con la escritura”, sumó. Quizás por eso la poesía reunida no se siente necesariamente como un cierre. Más bien como una pausa en medio del camino: detenerse, mirar hacia atrás, reconocer las huellas y volver a caminar.

Como sus propios poemas, “Soñamos con cetáceos” invita a desacelerar. A mirar aquello que permanece en los márgenes. A escuchar las voces familiares, las voces de otras mujeres, las voces de quienes estuvieron antes. A reconocer que un territorio también puede ser una memoria y que una palabra, cuando se la mira el tiempo suficiente, puede contener un mundo.





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