A seis meses de guerra en Irán: un conflicto que transformó la arquitectura global

La guerra contra Teherán no ha reordenado Medio Oriente como esperaba Washington. Irán sobrevivió, los aliados diversifican su seguridad y China gana espacio en una región cada vez más multipolar.

La guerra contra Teherán no ha reordenado Medio Oriente como esperaba Washington. Irán sobrevivió, los aliados diversifican su seguridad y China gana espacio en una región cada vez más multipolar.

Poco más de seis meses han pasado desde que Estados Unidos e Israel lanzaron los primeros ataques contra Irán. Una guerra que prometía ser corta terminó convertida en uno de los mayores terremotos políticos internacionales del año.

Tomando la idea atribuida a Maquiavelo, sabemos cuándo comienza una guerra, pero difícilmente cuándo y cómo termina. Eso es precisamente lo que enfrenta hoy el presidente estadounidense Donald Trump, seis meses después de decidir seguir el plan israelí contra Teherán.

Antes del 28 de febrero, Irán aparecía debilitado por años de sanciones, protestas internas y los golpes sufridos por sus aliados regionales, el llamado eje de la resistencia. Washington, en cambio, disponía de una enorme superioridad naval, aérea y tecnológica. Esa superioridad, sin embargo, no fue capaz de convertirse en la victoria aplastante que buscaba Trump y sus límites quedaron mucho más expuestos.

Mojtaba Jamenei junto a su padre, Alí Jamenei
REMITIDA / HANDOUT por GOBIERNO DE IRÁN

La primera fase pareció confirmar las previsiones estadounidenses e israelíes. Las fuerzas aliadas atacaron cientos de instalaciones militares y centros de mando, golpearon la estructura del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria y asesinaron al líder supremo Ali Khamenei junto con al menos 7 altos mandos militares y miembros de su familia. En apenas 36 horas, CENTCOM afirmaba haber atacado más de mil objetivos.

No obstante, la decapitación política no produjo el resultado esperado. Irán mantuvo suficiente descentralización y capacidad operacional para comenzar casi inmediatamente una campaña de misiles y drones contra Israel y contra instalaciones estadounidenses en Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait. La guerra dejó entonces de medirse exclusivamente por cuánto territorio o infraestructura podía destruir Estados Unidos.

Teherán trasladó el costo hacia aquello que Washington tenía mayores dificultades para proteger, sus bases, sus aliados árabes y las rutas comerciales y energéticas del Golfo.

Ormuz, el petróleo y el costo de la guerra

El estrecho de Ormuz dejó de ser una amenaza hipotética y se convirtió en la principal herramienta estratégica iraní. Antes de la guerra transitaban por esta ruta más de 21 millones de barriles diarios de petróleo. Durante el segundo trimestre de 2026 el flujo cayó hasta unos 4,9 millones. Es decir, durante meses el sistema internacional tuvo que absorber una pérdida cercana a 16 o 17 millones de barriles diarios respecto de los niveles previos al conflicto. El Brent llegó a acercarse a los 120 dólares y los precios de fertilizantes y combustibles también subieron con fuerza.

Lo interesante es que la economía mundial resistió mejor de lo esperado. Pero no porque el problema fuera menor, sino porque comenzó a consumir sus amortiguadores. Al inicio de la guerra existían más de 8.200 millones de barriles de crudo y productos petroleros almacenados globalmente. Eso no significa que todos puedan utilizarse igualmente. Una gran parte corresponde a inventarios comerciales necesarios para mantener funcionando refinerías, oleoductos y terminales.

Los miembros de la Agencia Internacional de Energía tenían alrededor de 1.250 millones de barriles en reservas públicas de emergencia y otros 600 millones mantenidos por obligación estatal. En marzo aprobaron una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles, la mayor de su historia.

Enormes columnas de humo tóxico salen de almacenes de petróleo en la capital de Irán, Teherán, luego de ser atacada por bombardeos conjuntos de Israel y Estados Unidos
Enormes columnas de humo tóxico salen de almacenes de petróleo en la capital de Irán, Teherán, luego de ser atacada por bombardeos conjuntos de Israel y Estados Unidos. Vía X@mhdksafa

Por eso no existe realmente una fecha en que “se vaya a acabar el petróleo”. El problema es otro. Cada mes de interrupción reduce la capacidad del sistema para absorber el siguiente golpe. Desde el comienzo de la guerra hasta fines de julio desaparecieron aproximadamente 410 millones de barriles de los inventarios mundiales. Estados Unidos redujo su Reserva Estratégica hasta cerca de 287 millones, su nivel más bajo desde 1982. Arabia Saudita y Emiratos pueden desviar alrededor de 4,7 millones de barriles diarios mediante oleoductos que evitan Ormuz, pero tampoco pueden sustituir completamente los más de 20 millones que normalmente atravesaban el estrecho.

El mundo puede seguir resistiendo, pero cada nueva escalada encuentra menos reservas, menos capacidad logística sobrante y menos margen de maniobra.

El desgaste tampoco es exclusivamente económico. Irán perdió buena parte de su marina, defensas aéreas y centros de mando, pero conservó suficiente capacidad misilística y de drones para sostener una guerra asimétrica.

Estados Unidos, por su parte, comenzó a consumir capacidades estratégicas fundamentales. Hasta hoy han muerto 18 militares estadounidenses y más de 750 han resultado heridos, un número menor comparado con Irán, pero con un costo político mucho mayor. Washington habría utilizado cerca del 65% de sus interceptores Patriot, reducido en al menos 38% su inventario de THAAD y consumido una fracción importante de sus Tomahawk.

Dos baterías de sistemas anti misiles Patriot de origen estadounidense desplegados en Israel
Sistema antiaéreo Patriot estadounidense, desplegados en Israel. Vía X@IDF.

Para julio, el costo directo de las operaciones llegaba a unos 37.500 millones de dólares. Son precisamente recursos que Washington necesita también para Ucrania y para un eventual escenario de conflicto en el Indo-Pacífico.

El cambio de la arquitectura internacional estadounidense

Pero el cambio realmente importante apareció en el terreno político. El 17 de junio, Estados Unidos e Irán firmaron el Memorándum de Entendimiento de Islamabad. El acuerdo finalmente fracasó, pero reveló algo mayor; Irán no ganó, pero Estados Unidos perdió.

Washington comenzó la guerra buscando degradar decisivamente el programa nuclear y misilístico iraní, debilitar o incluso derribar al régimen y reconstruir el equilibrio regional a su favor. Tres meses y medio después estaba dispuesto a negociar la retirada del bloqueo naval, facilitar exportaciones petroleras iraníes, liberar activos congelados y discutir un enorme programa internacional de reconstrucción. Incluso la futura administración de Ormuz pasó a formar parte de las conversaciones. La prioridad dejó de ser transformar Irán y comenzó a ser recuperar la circulación comercial por el Golfo.

Ese giro fue observado especialmente por los aliados de Washington. Arabia Saudita, Emiratos, Qatar y Kuwait habían construido durante décadas su seguridad sobre la cooperación militar y energética con Estados Unidos, a cambio, Washington garantizaba que cualquier amenaza exterior grave sería contenida.

Esta vez los propios aliados estadounidenses fueron atacados por misiles y drones iraníes como consecuencia de una guerra que no iniciaron y de la cual tampoco pudieron mantenerse al margen. El resultado no significa que Estados Unidos haya dejado de ser indispensable, sino que comenzó a dejar de ser suficiente.

Así es como se entiende el acuerdo de defensa conjunto de La Meca firmado por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán el 7 de agosto. Los tres acordaron considerar un ataque contra uno como un ataque contra todos. Turquía aporta uno de los mayores ejércitos de la OTAN, Pakistán es una potencia nuclear y Arabia Saudita dispone de recursos económicos, energéticos y una posición central en el Golfo. No se trata de reemplazar a Estados Unidos. Se trata de diversificar riesgos. La seguridad comienza a organizarse mediante alianzas superpuestas en lugar de depender exclusivamente de una potencia dominante.

Lo mismo ocurre con las rutas energéticas. Arabia Saudita aceleró proyectos para transportar petróleo hacia el mar Rojo, Emiratos amplía Fujairah, Kuwait estudia utilizar infraestructura de sus vecinos e Irak busca nuevas salidas hacia Turquía, Siria y Jordania.

Durante décadas, construir rutas alternativas parecía económicamente ineficiente mientras Ormuz permaneciera abierto bajo protección estadounidense. Después de seis meses de guerra, mantener puertos, oleoductos, proveedores y reservas duplicadas comenzó a parecer estratégicamente racional.

China aparece precisamente en medio de esa transformación. Pekín condenó los ataques contra Irán y rechazó las sanciones estadounidenses, pero tampoco busca una victoria iraní que permita a Teherán mantener Ormuz permanentemente cerrado. China necesita que Irán sobreviva, pero también necesita que el petróleo circule. Arabia Saudita y otros países del Golfo comenzaron a pedir a Pekín que utilizara su influencia sobre Teherán para facilitar una salida diplomática. China no está reemplazando militarmente a Estados Unidos, está consolidando su posición económica y diplomática cada vez más difícil de excluir.

Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar de Medio Oriente y ningún otro actor dispone de una combinación comparable de bases, inteligencia, aviación, logística y defensa antimisiles. Pero la guerra debilitó su monopolio sobre la arquitectura regional. China gana espacio diplomático, Turquía amplía su influencia, Pakistán convierte su capacidad militar en capital político, Omán y Qatar aumentan su valor como mediadores y las monarquías del Golfo buscan reducir su dependencia de una sola garantía de seguridad. Incluso la estrategia estadounidense de integrar progresivamente a Israel con el mundo árabe mediante los Acuerdos de Abraham quedó más lejos después del conflicto.

La guerra comenzó como un intento de reordenar Medio Oriente desde arriba mediante la fuerza estadounidense e israelí. Seis meses después, el orden está empezando a reconstruirse desde abajo por Estados que buscan protegerse de Irán, de Israel y también de la posibilidad de que Washington no pueda protegerlos completamente de las consecuencias de sus propias decisiones.





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