¿Qué pasaba en sus cabezas? Esa es una de las preguntas que durante años rondó al periodista y doctor en Literatura Latinoamericana, Carlos Basso, mientras investigaba el nazismo y sus distintas ramificaciones. Después de acercarse al fenómeno en libros como “La República Nazi en Chile” y “La secta perfecta“, Basso vuelve sobre esa inquietud en “El cerebro nazi, una aproximación al mal”, su más reciente investigación, editada por Planeta.
Un libro que se interna en los estudios psicológicos realizados por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial para intentar comprender a Adolf Hitler, pero que también mira más allá de su figura: hacia las condiciones sociales, económicas y culturales que permitieron que una doctrina totalitaria alcanzara dimensiones devastadoras.
“Es un continuum de investigación y esto es, digamos, lo que viene después de muchos años dedicado a este tema”, explicó Basso. Y es que su vínculo con esta historia comenzó hace 29 años, cuando empezó a cubrir las investigaciones y allanamientos relacionados con Colonia Dignidad. Desde entonces, el nazismo se convirtió en un territorio al que ha vuelto una y otra vez.
“De un aspecto de este tema fui pasando a otro”, contó. Así, hasta llegar a aquella pregunta esencial: “Después de tantos años investigando nazis, bueno, ¿qué pasaba en sus cabezas? ¿Qué sucedía ahí?”.
Sin embargo, la respuesta no es definitiva. Nadie, reconoció Basso, puede ofrecerla. Pero existen antecedentes. Hacia 1941, la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos, la OSS —antecesora de la actual CIA—, decidió investigar precisamente aquello: qué ocurría en la mente de Hitler y hacia dónde podía conducir el proyecto nazi.
Para hacerlo, recurrieron a tres especialistas. Entre ellos estaba el psicólogo Walter Langer, quien había estudiado en Viena y entrado en contacto con Anna Freud. Allí había observado el ascenso del nazismo y, especialmente, el fervor que despertaba entre grandes masas de personas.

“Ve cómo llegan los nazis a Viena, ve cómo esto causa un fervor popular que no tenía parangón, cómo una masa gigantesca de gente adhiere al nazismo en forma casi automática, y eso lo deja pensando”, relató Basso.
Años más tarde, ya como agente de la OSS, Langer recibió el encargo de estudiar al líder nazi. Como no existía posibilidad de entrevistarlo directamente, los investigadores debieron reconstruir su perfil a partir de sus discursos, sus escritos y los testimonios de quienes habían tenido contacto con él, incluidos algunos de sus familiares.
El resultado fue una serie de estudios independientes que, pese a sus diferencias, encontraron puntos de coincidencia. Uno de ellos llamó particularmente la atención de Basso. “Había una constante presencia de mesianismo. Hitler estaba convencido de que estaba ejecutando una especie de visión divina”, sostuvo.
No era, según el investigador, simplemente la utilización estratégica de un lenguaje religioso. Hitler parecía creer realmente en aquella misión. Y esa convicción habría sido también uno de los elementos que ayudaron a explicar la fuerza de su discurso.
“Ese es uno de los factores más importantes en términos de por qué también su mensaje fue tan pregnante en mucha gente”, planteó Basso. Una idea que, además, encontró terreno fértil en una sociedad profundamente marcada por la tradición cristiana.
Pero el cerebro de un líder no basta para explicar el surgimiento de una doctrina totalitaria. Hay un país detrás. Una crisis, una sensación de derrota y de vacío que precede al discurso. “A eso se suman un montón de factores más que tienen que ver tanto con su personalidad como con un contexto, un tema económico, y también con una sensación de menoscabo”, dijo Basso.
“Si uno quiere entender cómo nacen este tipo de sujetos, bueno, tienes que tener antes que nada un país humillado, un país menoscabado, un país donde haya una sensación de vacío, una sensación de falta de conducción”, agregó.

En ese contexto, las promesas adquieren una fuerza particular. Incluso aquellas que, vistas desde el presente, resultan inquietantemente familiares. “Él mismo prometió muchas veces, y yo sé que suena llamativo que se diga eso, que ‘vamos a hacer Alemania grande de nuevo’”, recordó.
Para Basso, el nazismo tampoco puede entenderse como un fenómeno que comenzó de pronto en 1933 y terminó con la derrota alemana en 1945. Las ideas que lo sustentaron tenían antecedentes mucho más antiguos y, sobre todo, sobrevivieron a la caída del régimen.
“De hecho, no es que no haya acabado solamente en esa fecha, sino que tampoco empezó en 1933”, afirmó. La definición que propone el investigador pone el foco en una combinación particularmente peligrosa, de la creencia en una supuesta superioridad étnica y la convicción de que esa superioridad otorga derecho a eliminar a quienes son considerados inferiores.
“Esa convicción le da derecho a acabar con los otros. Ahí ya pasamos a un campo distinto, ya pasamos a un campo nazi”, explicó. Es allí donde el libro abandona por momentos las fronteras de la Alemania hitleriana y encuentra ecos en otros lugares y épocas. Basso menciona al Ku Klux Klan en Estados Unidos y las ligas patrióticas que actuaron en Chile desde comienzos del siglo XX, responsables de ataques y masacres contra población peruana en el norte del país.
“Si tú vas y buscas qué motivaciones hay, por ejemplo, en las masacres de los serbios en contra de los bosnios, bueno, es exactamente la misma: es limpieza étnica”, planteó. La pregunta por la vigencia del fenómeno aparece entonces inevitablemente, especialmente en una época en que discursos pseudocientíficos pueden circular masivamente y presentarse como verdades.
Para Basso, el problema no pertenece únicamente al pasado. “Todas estas ideas que ellos atacan, ideas como democracia, como separación de poderes y todo eso, son ideas que nacen en la época de la Ilustración”, advirtió.

Y observó con preocupación la existencia contemporánea de corrientes que cuestionan precisamente esos principios, mencionando entre ellas la llamada Dark Enlightenment o “Ilustración oscura”, vinculada a figuras del mundo tecnológico. “En ese contexto, por supuesto que grupos de este tipo tienen muchas opciones de éxito”, sostuvo.
Otro de los capítulos que Basso considera particularmente relevante es el financiamiento del nazismo. Una dimensión menos conocida, pero fundamental para comprender cómo un país económicamente devastado consiguió sostener un proyecto de expansión territorial y rearme.
La maquinaria económica detrás del régimen utilizó, entre otros mecanismos, los llamados bonos Mefo, instrumentos de deuda impulsados por Hjalmar Schacht. La Alemania nazi necesitaba recursos no solo para sostener el funcionamiento del Estado, sino también para financiar su proyecto militar y expansionista.
“Ellos no solamente necesitaban efectivo para que el país funcionase como se tiene que funcionar, sino que además estaban empeñados, ellos tenían un plan de expansión. Y ese plan de expansión consideraba la conquista de distintos países”, señaló Basso.
La historia económica termina encontrándose con otra de las dimensiones más brutales del régimen. O sea, la explotación de prisioneros como mano de obra esclava y la participación de grandes empresas en ese sistema. “Les permiten que usen, que se establezcan, que pongan sus fábricas en las inmediaciones de los campos de concentración”, relató.
Y allí aparece una de las imágenes más difíciles del libro: personas sometidas a jornadas de trabajo hasta la muerte, recibiendo apenas lo indispensable para continuar con vida: “Las víctimas que estaban, básicamente, a la espera de ser ejecutadas, muchas de ellas, trabajaban en forma prácticamente gratuita, a cambio de un bol con agua y una papa”.






