La Organización de Cooperación de Shangai: un laboratorio del nuevo orden global desde Eurasia

La cumbre de Bishkek mostró cómo la OCS avanza desde la cooperación regional hacia una arquitectura económica, tecnológica y estratégica que busca reducir la dependencia de occidente y ensayar un orden alternativo regional alternativo

La cumbre de Bishkek mostró cómo la OCS avanza desde la cooperación regional hacia una arquitectura económica, tecnológica y estratégica que busca reducir la dependencia de occidente y ensayar un orden alternativo regional alternativo

La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Bishkek, la capital de Kirguistán, mostró cómo las guerras, las sanciones y la rivalidad entre Estados Unidos y China están reordenando Eurasia y el mundo.

En la 26ª reunión de la organización ampliaron su agenda hacia las finanzas, la energía, la tecnología y el comercio, mientras sus miembros buscan reducir su dependencia de occidente.

Lo que nació hace 25 años como un mecanismo destinado principalmente a resolver disputas fronterizas y enfrentar problemas de terrorismo, separatismo y extremismo en Asia Central reúne hoy a diez estados, entre ellos China, Rusia, India, Pakistán e Irán, que representan a más de 3.400 millones de personas, es decir, al 42% de la población mundial y cerca del 25% del PIB global.

No es una alianza militar, tal como firmó la declaración de Bishkek, ni tampoco un reemplazo del sistema internacional existente, pero sí aparece cada vez más como uno de los espacios donde se está ensayando la arquitectura de un nuevo orden internacional emergente.

Ocho líderes mundiales posan para una foto uno al lado del otro sobre una alfombra roja. Detrás de ellos las banderas de sus países.
Cumbre de la Organización de Cooperación de Shangái en 2018. Fuente: kremlin.ru

La cumbre dejó 28 documentos, la declaración de Bishkek, modificaciones a la carta fundacional y nuevos mecanismos en seguridad, combate al narcotráfico, inteligencia artificial, centros de datos, energía, infraestructura y transporte. También avanzó la discusión sobre un banco de desarrollo de la OCS y sobre mecanismos de pagos que permitan aumentar el comercio en monedas nacionales. La transformación es importante porque cambia el significado de la propia seguridad.

Ya no se trata solamente de prevenir atentados o controlar fronteras. Las guerras de Ucrania e Irán, las sanciones financieras, las interrupciones de las cadenas de suministro y las disputas comerciales entre potencias han demostrado que un conflicto puede afectar simultáneamente el acceso al crédito, la energía, los sistemas de pagos, las comunicaciones y las rutas comerciales. La OCS comienza así a pensar la seguridad como una forma de resiliencia económica y estratégica más allá de occidente.

La agenda de las principales potencias del bloque y el respaldo iraní

El presidente chino, Xi Jinping, presentó el programa más ambicioso. Habló de desarrollo, seguridad común, cooperación entre sociedades y reforma de la gobernanza mundial, pero acompañó ese discurso con proyectos concretos. Cooperación en inteligencia artificial, cien proyectos tecnológicos durante los próximos tres años, desarrollo conjunto de capacidad fotovoltaica y eólica, nuevos corredores logísticos y un centro destinado a la economía portuaria.

En la sesión ampliada, donde participan miembros invitados y observadores, OCS Plus, Xi pidió además avanzar hacia un mundo “multipolar igualitario y ordenado”, rechazó el hegemonismo, unilateralismo y proteccionismo y defendió el papel central de Naciones Unidas. Beijing no plantea desarticular el sistema internacional existente, sino reformarlo, redistribuir poder dentro de sus instituciones y construir paralelamente redes que reduzcan la dependencia respecto de occidente.

Rusia fue mucho más explícita respecto de esa última dimensión. El presidente ruso Vladimir Putin presentó a la OCS como uno de los centros independientes del nuevo mundo multipolar y aseguró que el comercio ruso con los miembros del grupo superó los 400 mil millones de dólares durante 2025. Más importante todavía, afirmó que más del 98% de las operaciones entre Rusia y sus socios de la organización ya se realizan en monedas nacionales.

El presidente ruso, Vladimir Putin, y su par de China, Xi Jiping, posan para una foto mientras se estrechan la mano. Detrás de ellos la bandera de China y Rusia.
El presidente ruso, Vladimir Putin, y su par de China, Xi Jiping. Foto: Kremlin.

Moscú quiere que el eventual banco de desarrollo de la OCS posea la mayor independencia posible respecto de aquellos sistemas financieros que, según Putin, utilizan sus instrumentos económicos “como arma”.

Probablemente Irán fue el país que obtuvo el respaldo político más significativo. La declaración de Bishkek condenó los ataques militares contra territorio iraní, rechazó las medidas coercitivas unilaterales y defendió su soberanía y su derecho al desarrollo de energía nuclear con fines pacíficos.

Sobre la guerra rusa-ucraniana no existe un consenso entre los miembros y por eso prácticamente desapareció de la declaración colectiva. En cambio, sí existe una posición compartida mucho más clara respecto de Irán. Esto no significa necesariamente que todos los miembros compartan la política exterior de Teherán. Significa que el caso iraní toca una preocupación común. Hasta qué punto una potencia puede utilizar simultáneamente fuerza militar, sanciones, restricciones comerciales, acceso al dólar y control de determinadas redes financieras para modificar el comportamiento de otro estado.

Además, la guerra entre Estados Unidos e Irán dejó de ser exclusivamente un conflicto de Medio Oriente. El Estrecho de Ormuz se convirtió en un problema de seguridad energética para toda eurasia. Pero ese respaldo a Teherán no debe entenderse como el nacimiento de una alianza militar. La organización está lejos de ser una OTAN asiática, más bien buscan responder por otras vías. cobertura diplomática, continuidad del comercio, cooperación energética, monedas nacionales, rutas alternativas y mecanismos destinados a amortiguar los efectos de las sanciones.

Estados Unidos: el punto de unión, pero no exime de intereses contrapuestos

En ese escenario, Estados Unidos aparece paradójicamente como el actor principal que está incentivando la integración. Washington continúa siendo el estado individual con mayor capacidad de influencia sobre las redes financieras y comerciales internacionales.

Una parte importante de los pagos, créditos, seguros, tecnologías y transacciones globales continúa articulándose alrededor de instituciones occidentales. Sin embargo, eso hoy es un incentivo para construir alternativas cuando se utiliza sistemáticamente como herramienta de presión.

El presidente de China, Xi Jinping, junto a su par de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: X @WhiteHouse

Mientras EE.UU más utiliza las sanciones, restricciones tecnológicas, aranceles o amenazas de sanciones secundarias, mayores son los incentivos para que otros estados desarrollen alternativas. China o India, por ejemplo, pueden verse sometidas a decisiones adoptadas en Washington respecto de conflictos de los cuales no forman parte directamente. Ahí aparecen el interés por monedas nacionales, nuevos corredores comerciales, bancos regionales, centros de datos, cooperación energética y sistemas alternativos de pagos.

La OCS no es necesariamente en una organización antiestadounidense, sino en una infraestructura destinada a disminuir el costo de depender excesivamente de Estados Unidos.

India constituye el mejor ejemplo. Nueva Delhi participa de la OCS, compra energía rusa, mantiene vínculos con Irán y compite estratégicamente con China, pero al mismo tiempo conserva una estrecha relación económica y tecnológica con Estados Unidos e Israel y continúa participando en el Quad. El primer ministro indio, Narendra Modi incluso utilizó la cumbre para insistir en que los proyectos de conectividad deben respetar la soberanía e integridad territorial, una crítica indirecta a iniciativas chinas vinculadas con Pakistán.

Tampoco desaparecieron las tensiones entre miembros. Pakistán llevó al pleno la disputa sobre las aguas del Indo y acusó indirectamente a Indiade utilizar el agua como instrumento político.

Esa diversidad constituye al mismo tiempo una debilidad y una de las principales características de la organización. Rusia y China mantienen intereses distintos en Asia Central; India desconfía de Beijing; Pakistán rivaliza con Nueva Delhi; Irán tiene su propia agenda; y Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y los demás Estados centroasiáticos buscan conservar márgenes propios.

Nurlan Yermekbayev, Secretario General de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), en la reunión principal de los miembros del bloque. Foto: organización oficial de la cumbre

Durante décadas existió una especie de reparto informal en la región. Rusia aportaba seguridad y China capacidad económica. La guerra de Ucrania comenzó a alterar ese equilibrio. Moscú conserva enormes vínculos políticos, militares y culturales, pero Beijing expande cada vez más su influencia hacia la tecnología, infraestructura, transporte, energía y arquitectura institucional.

Por eso probablemente la mejor forma de entender la OCS es como un mecanismo para administrar una multipolaridad euroasiática cada vez más compleja. Estamos viendo coaliciones superpuestas más que dos grandes bloques rígidos como durante la Guerra Fría. Ese aparente desorden puede ser precisamente una de las características centrales del nuevo orden internacional.

En ese sentido, la importancia de Bishkek va mucho más allá de cada acuerdo específico. Las guerras, las sanciones y la utilización creciente de herramientas económicas como instrumentos geopolíticos están convenciendo a distintos países a cooperar para sentirse más seguros.

Esos seguros comienzan a tomar la forma de monedas nacionales, corredores comerciales alternativos, cooperación energética, tecnología propia, mecanismos financieros e instituciones regionales. El objetivo es desarrollar suficiente autonomía para poder decirle que no a Washington sin que el costo económico, financiero o estratégico resulte insoportable.

La OCS no constituye todavía el nuevo orden mundial, pero Bishkek muestra que puede convertirse en uno de los principales laboratorios donde ese nuevo orden empieza a ensayarse.





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