“La piedra de toque de lo tenido por cierto, ya se trate de convicción, ya de mera persuasión, es, externamente, la posibilidad de comunicarlo y de que todo hombre de razón lo halle válido”. Con esta frase, Immanuel Kant resumía el núcleo de su apuesta por la Ilustración, la verdad no se valida en el aislamiento del sujeto, sino en la exposición pública a la mirada de otros seres racionales. Lo público, ese espacio de validación compartida, no es un mero dispositivo técnico de la política moderna, sino el fundamento mismo de lo político en las democracias liberales y, más allá de ellas, el horizonte de cualquier proyecto político que tenga en su mira la emancipación. El sapere aude, atrévete a pensar, era una invitación a la deliberación compartida.
A más de dos siglos esa “piedra de toque” la encontramos en el caso del consultor político argentino Fernando Cerimedo, detenido en Bolivia por causas judiciales que han permitido visibilizar operaciones de desinformación de su autoría en América Latina, mientras que en Chile se ha aprobado una comisión investigadora que desde la Cámara de Diputados investigará sus acciones en territorio chileno. Este es uno de los casos que retrata hasta dónde puede llegar la distorsión de esa “piedra de toque”. Pero Cerimedo no es ni el primero ni el único, forma parte de una industria global de fabricación de opinión que opera con distintos nombres y en distintos países, y que ha encontrado en la arquitectura de las plataformas digitales un terreno fértil.
Conviene recordar que la manipulación de la opinión es tan antigua como la política misma. El propio Kant, pese a su llamado universal, restringió su invitación excluyendo a quienes no pertenecieran a la comunidad letrada y a los propietarios. En 1964, Jürgen Habermas documentó cómo la esfera pública burguesa, nacida en cafés y salones del siglo XVIII, estuvo siempre atravesada por intereses de clase, y cómo la prensa masiva del siglo XX terminó por “refeudalizar” el debate, convirtiendo la deliberación en espectáculo.
Entonces, ¿qué diferencia a Cerimedo de las viejas artes de la manipulación informacional? ¿Es solo una cuestión de escala? La respuesta es sí, pero no únicamente, pues ese cambio de escala produce un cambio cualitativo. Para entenderlo, hay que mirar el funcionamiento técnico del ecosistema digital y, sobre todo, cómo se traduce en la experiencia concreta del usuario.
Los algoritmos de recomendación de plataformas como X, Facebook o Instagram no están diseñados para favorecer el mejor argumento, sino para maximizar el tiempo de permanencia y la tasa de interacción. Su lógica, objetivada en código, es simple, un contenido que genera clics, reacciones y comentarios es considerado “relevante” y se amplifica orgánicamente. Esa lógica se traduce, para el usuario, en un feed curado, en una recomendación personalizada. Lo que aparece al principio, lo que se repite en el scroll, lo que irrumpe como “tendencia”, no es necesariamente lo más importante o lo más verdadero, es lo que ha generado más reacciones. El algoritmo no distingue entre una reacción genuina y una fabricada, entre un debate ciudadano y una operación coordinada. Para la máquina, todo es dato. Y es esa indiferencia algorítmica la que este tipo de operadores saben explotar.
Lo que Cerimedo hizo fue industrializar la generación de esas señales de relevancia. Sus granjas de bots no publicaban ideas, sino estímulos emocionales, indignación, miedo, entusiasmo, en grandes volúmenes y a gran velocidad. Los algoritmos, al detectar crecientes muestras de actividad, interpretan ese ruido como demanda ciudadana y comienzan a recomendarlo a usuarios reales, creando un bucle: cuanto más se amplificaba artificialmente el contenido, más orgánicamente se distribuía. Así, una opinión marginal puede convertirse en “tendencia” en horas. La estadística deja de reflejar el debate para producir la realidad que decía medir, y el usuario, al abrir su aplicación, recibe esa realidad ya fabricada como si fuera el pulso espontáneo de la conversación pública.
Este caso no se agota en su operativa técnica. Es la punta visible de un fenómeno que ha marcado el desarrollo político reciente del continente, la articulación de redes transnacionales de ultraderecha que han hecho de la desinformación un negocio global y de la inteligencia artificial su principal vector de expansión. Lo que Cerimedo transparenta no es una excepción, sino las dinámicas que ponen en duda la legitimidad del ascenso de la ultraderecha en Latinoamérica, la fabricación de climas de opinión mediante manipulación digital. La inteligencia artificial generativa ha acelerado esta dinámica, haciendo indistinguible lo fabricado de lo genuino. El salto cualitativo no está en la intención, sino en la capacidad técnica de simular voluntades a escala industrial.
Esta sintonía no es casual, los gerentes de la industria tecnológica han mostrado una creciente afinidad con esa tendencia política, ya sea por convicción, por cálculo estratégico o por la lógica de un negocio que premia el conflicto. El resultado es una alianza de facto en la que los algoritmos se convierten en el engranaje silencioso que traduce intereses particulares en realidades políticas.
Esta operación es la antítesis exacta de lo que Charles Taylor definía como opinión pública moderna. Para Taylor, esta debía ser, primero, producto de la reflexión; segundo, emergente de la discusión; y tercero, reflejo de un consenso activamente producido. Cerimedo, siguiendo la lógica de base de las plataformas, invirtió cada término. Su producto no es reflexión sino estimulación emocional, no emerge de la discusión sino de la repetición automatizada, y no refleja un consenso, lo simula para generar un efecto de arrastre.
Kant sostenía que el soberano tenía el deber de tomar en cuenta la opinión pública, pero que esta debía ser autónoma, es decir, un producto de la sociedad civil. En el modelo Cerimedo, el poder no espera pasivamente la opinión, la produce activamente. El soberano, o quien aspira a serlo, puede contratar a operadores para fabricar el clima de opinión que luego dice reflejar. La publicidad, que debía ser el mecanismo de control racional del poder, se convierte en este caso en un apéndice del poder.
En Chile, la investigación de la Fiscalía Metropolitana Centro Norte intenta desentrañar si estas operaciones influyeron en procesos electorales recientes. Pero el caso trasciende lo penal. Cerimedo no es el problema, es el síntoma, uno entre muchos, de una contradicción estructural: las democracias liberales fundamentan su legitimidad en la deliberación racional, pero el principal canal donde hoy se produce opinión, las plataformas digitales, está diseñado para maximizar el engagement, no para favorecer el mejor argumento. La vulnerabilidad que explotó Cerimedo no es un error, es una característica del sistema, y por eso otros operadores, con otros nombres, pueden y de hecho están replicando el mismo modelo en distintos países, al servicio de una ultraderecha que ha hecho de la desinformación una estrategia central de su expansión continental, con la sintonía, activa o pasiva, de los grandes conglomerados tecnológicos que alojan y amplifican esa conversación.
Por eso, enfrentar esto exige algo más que perseguir a un operador en particular. Exige preguntarse si el modelo de esfera pública que heredamos de la Ilustración es compatible con un ecosistema donde “verdadero” es lo que se comparte, y “compartido” es lo que los algoritmos amplifican. La “piedra de toque” de la verdad, esa posibilidad de comunicar y ser validado por otro ser racional, se ha vuelto un espejismo cuando no sabemos si ese “otro” existe realmente. Recuperar la confianza en el debate público requiere empezar por exigir que los algoritmos dejen de ser cajas negras. Y eso, en el fondo, es una cuestión de soberanía democrática sobre la infraestructura donde se da gran parte de nuestra propia conversación.






