Joan Jara está en todas partes. En una chaqueta que todavía se usa, en los libros que siguen abiertos sobre una mesa, en un anillo de oro que lleva grabado el nombre de Víctor Jara y que su hija guarda con cuidado. Pero también está en los cuerpos de quienes aprendieron a bailar con ella, en las generaciones de artistas que formó y en una convicción que atravesó su vida: que el arte no debía ser un privilegio, sino una herramienta para vivir.
En 2027 se cumplirán 100 años de su nacimiento. Joan nació en Londres en 1927 y llegó a Chile a mediados de los años 50, y fue aquí donde desarrolló una trayectoria que la convertiría en una de las figuras fundamentales de la danza contemporánea del país. De hecho, fue integrante del Ballet Nacional Chileno, académica de la Universidad de Chile, impulsora de espacios de formación y, junto a Patricio Bunster, fundadora del Centro de Danza Espiral; en una trayectoria que el 2021 la hizo merecedora del Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales.
Pero si se mira su vida únicamente desde esos reconocimientos hay algo esencial se pierde. Porque Joan Jara no fue solamente una bailarina que llegó a Chile, ni únicamente la defensora de los derechos humanos que, después del golpe de Estado, recorrió el mundo denunciando los atroces crímenes de la dictadura. Fue también una mujer que entendió la danza como una forma de educación, de expresión y de encuentro con los demás.
“Mi mamá me acompaña todo el rato”, dice su hija Amanda, sentada en una de las habitaciones de la casona que hoy alberga a la Fundación Víctor Jara mientras sostiene algunos de los objetos que otrora pertenecieron a Joan. Pero lo cierto es que no necesita de lo objetual para recordarla.
Después de 96 años de vida compartida, explica, su presencia no cabe en una vitrina. Está en su casa, en sus cosas, en las personas que todavía llegan para contarle alguna historia; en quienes fueron sus alumnos y conservan por ella un cariño que atraviesa las décadas. Quizás por eso es que, al intentar reconstruirla, aparecen primero los movimientos.

Una vida hecha de danza
Joan creció en un mundo marcado por la Segunda Guerra Mundial. Era joven cuando viajó a Alemania para estudiar danza, llegando a una ciudad todavía atravesada por las huellas de los bombardeos. Amanda recuerda esa decisión como una de las primeras expresiones de una característica que definiría a Joan, y que tiene que ver con la audacia.
“Mi mamá era súper tímida”, cuenta, aunque había en ella una capacidad para sobreponerse a esa timidez y salir al encuentro del mundo. Y bailar fue una de esas formas de hacerlo. También lo fue viajar, enseñar, crear y, más adelante, exponerse públicamente para denunciar las violaciones a los derechos humanos ocurridas en Chile, y que tuvieron entre sus víctimas al cantautor y padre de Amanda, Víctor Jara.
Su llegada a la Alemania de posguerra quedó como una experiencia decisiva. En Berlín, su hija recuerda una catedral destruida que permanece sin restaurar, conservada como testimonio de lo ocurrido. Algo de esa imagen permite comprender la mirada de Joan, pues frente a la devastación no veía solamente al enemigo, sino a las personas.
“Creo que eso da cuenta de su humanidad, de ver a las personas no como enemigos, sino como hermanos y hermanas, en una desgracia que es de otros”, explica. “Las guerras son otros; los pueblos estamos aquí”.
Ese sentido de hermandad la acompañaría después en Chile. Y también su manera de entender el arte. Joan se integró al Ballet Nacional Chileno, donde participó como intérprete en algunas de las obras más importantes del repertorio de la época. Paralelamente, desarrolló una extensa labor docente en la Universidad de Chile, donde enseñó danza y contribuyó a formar a nuevas generaciones de intérpretes y creadores.

Su vínculo con la enseñanza no fue accesorio. Joan entendía que el cuerpo también podía ser una herramienta de conocimiento y expresión. Por eso impulsó espacios de formación que buscaban ampliar el acceso a la danza y sacarla de los lugares tradicionales en los que había permanecido confinada.
Durante su paso por la Universidad de Chile creó y dirigió la carrera de Pedagogía en Danza Infantil y, junto a Alfonso Unanue, impulsó el primer Taller Coreográfico, espacio destinado a la experimentación y creación de nuevos coreógrafos.
Para Joan, la danza nunca fue únicamente una disciplina escénica. Su cuerpo era un instrumento, sí, pero también una puerta de entrada a una forma distinta de relacionarse con el mundo. Durante la Unidad Popular participó, además, en iniciativas como el Tren de la Cultura, llevando la danza y otras expresiones artísticas a distintos lugares del país.
Su hija recuerda que, incluso cuando dejó los escenarios, ambas compartían clases de baile. Joan necesitaba moverse. El cuerpo, entrenado durante décadas, seguía siendo una forma de pensamiento. “Mi mamá, lo que soñaba, era que los niños en las escuelas bailaran”, cuenta sobre una motivación que han hecho propia también desde la fundación que lleva el nombre de su padre.
No se trataba de formar bailarines. Mucho menos de reservar la danza para quienes podían pagarla. Se trataba de algo más elemental, relacionado con permitir que los niños y niñas pudieran encontrarse con su propio cuerpo, con la alegría, con la pena, con la naturaleza y con los demás.

“Por eso ella quería que todos los niños y niñas bailaran en el colegio. Porque te conecta con tu cuerpo, con el mundo, con la naturaleza, con tu alegría y con tu pena. Es una forma orgánica de existir”, afirmó Amanda.
En esa idea también aparece la Joan maestra. La mujer que formó generaciones y que entendió las artes escénicas como una herramienta de expresión. “No porque ‘yo soy bella cuando bailo’, sino porque, a través de la expresión, se puede transmitir un mensaje”, explica su hija.
Y es que la misma herramienta que alguna vez sirvió para expresarse a través del cuerpo terminaría siendo utilizada para denunciar. Durante los 80, el Centro de Danza Espiral se convertiría en uno de los espacios fundamentales para la formación y creación de la danza en Chile. Allí continuó desarrollando una idea que había atravesado buena parte de su trayectoria, vinculada a que la danza debía estar vinculada con la educación, la comunidad y la posibilidad de ampliar las formas de expresión.
Espiral prolongó así una búsqueda que había comenzado décadas antes en la Universidad de Chile, dedicada a formar artistas, pero también entregar herramientas para comprender el cuerpo y el mundo desde otros lugares.

Del escenario a la denuncia
Después del golpe de Estado, Joan comenzó otro tipo de movimiento. Dejó de bailar profesionalmente, pero no abandonó el arte. En cambio, comenzó a utilizar la visibilidad que había construido como artista para contar fuera de Chile lo que estaba ocurriendo en el país.
Durante los años siguientes viajó fuera de Chile para denunciar las violaciones a los derechos humanos, y lo hizo acompañada de músicos y artistas: Quilapayún, Inti-Illimani, Ángel Parra, Isabel Parra y otros nombres vinculados a la música chilena.
En esos viajes, la denuncia convivía con la cultura. Se hablaba de la tragedia, pero también sonaba la música de un país que, lejos de sus fronteras, buscaba hacerse escuchar. “Es que la música es un lenguaje universal”, dice su hija. “Se siente en el cuerpo”.
La defensa de los derechos humanos, para Joan, tampoco quedó reducida a una historia familiar. Después de la muerte de Víctor Jara, presentó en 1978 una querella contra quienes resultaran responsables de los hechos ocurridos en el Estadio Chile. Pero, al hablar de esa experiencia, su mirada iba mucho más allá.
Había estado en la morgue. Había visto los cuerpos acumulados. Y había comprendido que lo sucedido no era únicamente la tragedia de una familia. “Ella lo entendió al tiro: esta es una tragedia colectiva”, relata su hija.
La notoriedad de Víctor hizo que su historia pudiera ser identificada y reconocida, pero Joan comprendió esa visibilidad como una posibilidad para hablar también por quienes no tuvieron esa suerte. Por las familias que no pudieron identificar a sus muertos, por quienes no tenían fotografías, nombres conocidos ni una voz que pudiera ser reconocida.

Ese gesto ayuda a comprender otra dimensión de Joan. La de una mujer que convirtió una experiencia personal devastadora en una responsabilidad pública. Y no porque el dolor dejara de ser suyo, sino porque entendió que podía abrir un camino hacia otros. Y ese camino también estuvo hecho de vínculos.
El recuerdo de Amanda es que Joan siempre viajaba acompañada, pues la música chilena estaba a su lado mientras denunciaba lo ocurrido. Los artistas, los amigos, los alumnos y las personas que conoció fueron construyendo alrededor de ella una red que, con los años, se volvió también una forma de memoria.
Quizás por eso su presencia todavía aparece en lugares tan distintos. Está en la Fundación Víctor Jara y en los proyectos que buscan acercar el arte a niños y niñas. En los talleres de música, danza, máscaras y formación expresiva, y también en la insistencia por expandir los horizontes y ofrecer otras formas de mirar.
Pero está también en una casa donde su hija todavía usa sus prendas. Entre esos objetos aparece su anillo de matrimonio, con una inscripción que dice “Víctor Jara”. Amanda lo calza algunas veces, aunque no acostumbra usar anillos. Lo mira con cuidado, consciente de que también es un objeto que puede perderse.
Sin embarglo, la memoria de Joan no depende de esas cosas, pues su legado está menos en los objetos que en el movimiento que dejó detrás. En los cuerpos que aprendieron a bailar. En las generaciones que entendieron el arte como una herramienta. En quienes encontraron en ella una maestra. En quienes escucharon su denuncia. En quienes todavía llegan a contar alguna historia sobre aquella mujer que, pese a su timidez, fue capaz de cruzar océanos, entrar en territorios devastados, subirse a escenarios y salir al mundo a hablar.
En 2027, cuando se cumplan 100 años de su nacimiento, su nombre volverá a aparecer en fotografías, escenarios, archivos y homenajes. Pero quizás su legado se entiende mejor en algo menos solemne: en quienes todavía bailan porque alguna vez Joan les enseñó que el cuerpo también podía ser una forma de pensar, sentir y estar con otros.
“Yo diría que mi mamá debería recordarse como una mujer alegre, consecuente y muy rigurosa”, dice Amanda. Tres palabras que, juntas, parecen contener una vida entera. Una que nunca dejó de moverse.





