El 11 de septiembre de 2001 no solo quedó grabado como el atentado terrorista más mortífero de la historia de Estados Unidos. También marcó el inicio de una transformación profunda del sistema internacional.
En apenas 102 minutos cayeron las Torres Gemelas, símbolos del poder económico estadounidense, mientras otro avión golpeaba la entrada del Pentagono y el último caía en Pensilvania tras un motín de los pasajeros. En total murieron 2 mil 977 personas de unas 90 nacionalidades y el territorio continental estadounidense demostro no ser inmune a las grandes amenazas externas.
Pero, visto desde 2026, la magnitud histórica del 11-S está también en las decisiones que Washington tomó después para impedir que algo semejante volviera a ocurrir.
La guerra contra el “terror”
Hasta entonces, Estados Unidos todavía operaba bajo las lógicas de guerra de antaño. El enemigo era un estado, tenía territorio, gobierno y capacidades militares identificables. Al Qaeda rompió esa lógica. Una organización sin territorio propio, dispersa entre distintos países y capaz de convertir aviones civiles en armas produjo un daño estratégico desproporcionado.
La amenaza dejó de ser solamente militar y comenzó a definirse también en términos morales. El presidente George W. Bush habló de fanáticos, enemigos del mundo libre y, más tarde, parte de un supuesto “eje del mal”.
La reacción contó con una legitimidad extraordinaria. La OTAN activó por primera y única vez el artículo 5 de defensa colectiva. La aprobación de Bush pasó de cerca del 51% antes de los atentados al 86% cuatro días después y llegó al 90% hacia fines de septiembre. En el congreso, la autorización para utilizar la fuerza fue aprobada por 98 votos unánime en el senado y por 420 contra uno en la cámara de representantes.

Ese consenso permitió atacar a Al Qaeda y al régimen talibán que le daba refugio en Afganistán, pero también abrió un espacio excepcional para ampliar las facultades del ejecutivo estadounidense. La definición de que se entendía como “terror”, quedó a la interpretación del ejecutivo del momento.
La denominada Authorization for Use of Military Force permitió al presidente actuar contra naciones, organizaciones o personas que considerara vinculadas con los responsables de los ataques. Poco después, la Patriot Act amplió la vigilancia federal, la interceptación de comunicaciones y el intercambio de información entre agencias. Seguridad exterior, inteligencia, migración, transporte y seguridad interior comenzaron a mezclarse.
Parte de aquella infraestructura sobrevivió a las guerras que le dieron origen y evolucionó hacia nuevas tecnologías de vigilancia, procesamiento masivo de datos y reconocimiento de individuos. Incluso empresas como Palantir surgieron y crecieron dentro de ese nuevo ecosistema de seguridad.

Frente a un enemigo difícil de localizar y capaz de atacar sin previo aviso ya no bastaba con responder después de una agresión. La lógica de Washington pasaba por qué había que encontrar la amenaza antes y neutralizarla antes de que pudiera materializarse. El problema fue que esta idea creó una guerra sin fronteras claras.
Primero se combatió a Al Qaeda, después, a sus organizaciones asociadas, luego, a gobiernos que pudieran protegerlas y, finalmente, a estados que Washington considerara capaces de convertirse en una amenaza futura. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2002 formalizó ese giro, la cuestión dejó de ser solamente cómo responder frente a un ataque y pasó a ser cuánto podía esperar Estados Unidos antes de actuar.
La invasión a Irak y el inicio de la erosión estadounidense
Pero mientras Afganistán se podía relacionar con los responsables del 11-S. Irak marcó el quiebre. Saddam Hussein no participó en los atentados y la invasión de marzo de 2003 se produjo sin una autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La justificación estadouniense paso por impedir la posibilidad de que Irak poseyera armas de destrucción masiva o pudiera transferirlas a grupos terroristas. Aquellas armas nunca aparecieron, y la intervención se convirtió en uno de los grandes símbolos del deterioro de la legitimidad estadounidense.
La paradoja fue profunda. Estados Unidos salió del 11-S con una solidaridad internacional enorme y un poder prácticamente incontestado, pero utilizó parte de ese capital para construir una estrategia que terminó erosionando reglas e instituciones del mismo orden internacional que pretendía defender. Guantánamo, las denuncias de tortura, las víctimas civiles, la vigilancia masiva y las ocupaciones prolongadas alimentaron el antiamericanismo y debilitaron la autoridad moral de Washington.
La guerra contra el terrorismo tampoco tuvo una condición clara de victoria. Estados Unidos podía destruir bases, eliminar dirigentes o derrocar gobiernos, pero “derrotar el terrorismo” era un objetivo abstracto que permitía prolongar indefinidamente el conflicto.
Irak dejó además otra consecuencia que adquiere especial relevancia hoy. La caída de Hussein eliminó uno de los principales contrapesos regionales de Irán y abrió espacio para una expansión de la influencia iraní sobre la política y las milicias iraquíes. La existe ironía histórica es difícil de ignorar. Estados Unidos derribó al régimen talibán, enemigo de Irán al este, y luego a Saddam Hussein, su principal contrapeso al oeste. Dos décadas y media después combate directamente contra una potencia cuyo margen regional aumentó parcialmente como consecuencia de aquellas intervenciones.
Estados Unidos 25 años después
Donald Trump construyó parte de su identidad política alrededor del rechazo a las “guerras eternas” de Afganistán e Irak. Criticó el intento de reconstruir otras sociedades y prometió una política exterior concentrada directamente en los intereses estadounidenses. Sin embargo, su gobierno terminó involucrado en una nueva guerra en Medio Oriente.
Hoy, ya no se trata de ocupar un país durante veinte años ni de reconstruir un Estado a imagen de Estados Unidos. Hoy predominan el bloqueo, las sanciones, la superioridad aérea y naval, los ataques selectivos y la coerción económica. Pero debajo de esas diferencias reaparece la misma pregunta: ¿cuál es exactamente la condición de victoria?
Estados Unidos puede destruir lanzadores, bombardear instalaciones, hundir buques o degradar capacidades nucleares. Mucho más difícil es garantizar que Irán nunca vuelva a desarrollarlas o modifique permanentemente su conducta regional. Destruir un objetivo militar es verificable; impedir indefinidamente que un Estado vuelva a construir una determinada capacidad es un problema político mucho más complejo.

Ahí la historia comienza a rimar con las décadas posteriores al 11-S. La prolongación de la presencia naval estadounidense en el Golfo vuelve además a consumir recursos que Washington necesita en otros escenarios, especialmente en el Indo-Pacífico. Como ocurrió durante Irak y Afganistán, Medio Oriente vuelve a absorber atención y capacidades mientras el principal desafío estratégico de largo plazo para Estados Unidos se encuentra en Asia y en la competencia con China.
La diferencia fundamental es que Estados Unidos ya no opera desde la comodidad de 2001. Entonces era la potencia indiscutida de un mundo unipolar. Hoy, cada portaaviones desplegado en el Golfo es un recurso que no está disponible frente a China; cada aumento del petróleo repercute sobre economías y elecciones; y cada decisión estadounidense es observada por Rusia, China, India, las monarquías del Golfo y otras potencias que poseen un margen de maniobra mucho mayor que hace veinticinco años.
Por eso el 11-S puede leerse hoy como el inicio de una gran paradoja. Los atentados llevaron a Estados Unidos a expandir su poder para defender el orden internacional que encabezaba. Esa expansión produjo guerras prolongadas, desgaste material y pérdida de legitimidad. Ese desgaste alimentó el rechazo interno a las intervenciones y ayudó a fortalecer una política exterior más transaccional, representada por America First. Sin embargo, el liderazgo que prometió abandonar las guerras sin fin terminó recurriendo nuevamente a varias de las herramientas y concepciones de seguridad que el propio 11-S ayudó a normalizar.
El mundo unipolar no terminó el 11 de septiembre de 2001, pero ese día comenzó a transformarse. Veinticinco años después, la paradoja es que Estados Unidos vuelve a encontrarse atrapado en Medio Oriente intentando resolver mediante superioridad militar un problema cuya naturaleza es esencialmente política. Solo que ahora lo hace desde un sistema internacional mucho más fragmentado, con rivales capaces de aprovechar cada recurso, cada contradicción y cada vacío que Washington deja en otros escenarios.






