La guitarra de Eduardo Gatti suena en la Sala Master y, con ella, aparecen también los paisajes, los viajes y las personas que habitan sus canciones. El público escucha en silencio, atento a cada palabra, mientras el músico va recorriendo una trayectoria que atraviesa décadas de la música chilena. Esta vez, además, acompañado por su hijo Manuel Gatti, en una presentación registrada íntegramente en audio y video para un próximo lanzamiento audiovisual.
Sin embargo, el encuentro generó una espera un poco mayor a la planificada, pues un resfrío había dejado a Gatti sin voz y obligado a postergar el concierto. Por eso, antes de comenzar, el músico agradeció especialmente la presencia del público que había vuelto a acompañarlo. Y, después, la memoria comenzó a desplegarse canción tras canción.
La primera parada estuvo en Ritoque. Gatti recordó una duna, unos gansos que lo perseguían y una canción nacida de aquella escena: “Tarde”, la primera que compuso con Los Blops. No hubo necesidad de explicar demasiado. En sus palabras, aquel paisaje regresó por un momento a la sala, como también lo hizo la particular relación que el músico y su generación tuvieron con la naturaleza.
“Campos verdes” apareció desde ese mismo lugar. Gatti habló de una época en que acercarse a la naturaleza era, antes que nada, una experiencia intuitiva y poética. Hoy, dijo, esa preocupación tiene otra urgencia, atravesada por el ecologismo y la crisis ambiental. Entonces no había necesariamente conceptos ni discursos. Estaba el paisaje, y estaba la música para intentar nombrarlo.

Así fue avanzando la noche. No tanto como un repaso ordenado de una carrera, sino como una sucesión de recuerdos que las canciones parecían guardar. “Canción a Emilia”, de su último disco, llevó la conversación hasta su nieta, presente entre el público; una canción había nacido de una promesa que Gatti sentía que no había cumplido. Por un instante, la distancia entre la historia personal y la canción pareció desaparecer.
Con “Huacas”, el escenario volvió a convertirse en camino. La historia comenzó con una camioneta que había que devolver en Ecuador y terminó atravesando durante una semana los desiertos de Chile y Perú. En algún punto de ese viaje apareció la melodía que luego encontraría su nombre en las huacas del Sol y de la Luna.
Las historias también condujeron hacia Violeta Parra. Gatti recordó una de sus primeras composiciones, “Qué lindas son las mañanas”, marcada por la única vez que escuchó cantar a Violeta en vivo, pocos meses antes de su muerte. Más que una anécdota, el recuerdo apareció como una marca, en una de esas experiencias que permanecen mucho después de que termina la canción.
Hubo espacio también para mirar hacia atrás con cierta distancia y humor. “Valle de los espejos”, escrita en 1972 y grabada como lado B de un single de 45 revoluciones, volvió a poner en escena al joven compositor que estaba comenzando a encontrar su propia voz. Después llegó “Ramita de sauce”, compuesta antes de integrarse a su segundo disco solista, y esa idea, tan sencilla como difícil de atrapar, de cómo las personas y las canciones se van encontrando a lo largo de la vida.
El pasado de Los Blops regresó nuevamente con “Naomi”, la última canción que Gatti compuso para la banda. La ironía estaba en que, cuando se las mostró a sus compañeros, ellos le avisaron que Los Blops ya se habían disuelto. La historia provocó risas, una de varias que atravesaron una noche que estuvo lejos de ser solemne.
Porque entre canción y canción también hubo conversación, tallas y pequeñas interrupciones. Después de la transmisión radial, la complicidad entre Eduardo y Manuel Gatti se hizo todavía más evidente. De hecho, y en un momento, Eduardo saltó sin querer una canción que estaba en el setlist y que correspondía precisamente a su hijo, en un error terminó siendo otra escena del concierto, de esas situaciones que no pueden repetirse exactamente igual en una grabación.

“Navegante” llevó la memoria hacia el mar. A los 17 años, Gatti había subido como tripulante a un barco rumbo a España. La experiencia terminó cambiando el rumbo de su vida, pues la música ganó y él bajó del barco. Esa historia encontró su lugar en una canción que, escuchada décadas después, parecía contener todavía algo de aquel joven que estaba buscando dónde quedarse.
Para entonces, la Sala Master ya cantaba. “Francisca” fue una de las más coreadas, y más tarde “Los momentos” convirtió al público en una voz colectiva. No era solamente el reconocimiento de una canción conocida: era la sensación de estar compartiendo un repertorio que había acompañado distintas generaciones y que, esa noche, volvía a sonar en un espacio íntimo.
También hubo lugar para “El botero”, con letra de David Turkeltaub, y para los “poemas sin guitarra”. Gatti incluso recordó los compactos que alguna vez vendió para financiar su trabajo, mezclando la memoria de su trayectoria con ese humor que terminó relajando todavía más el ambiente.
Manuel tuvo también su espacio con “Ganas de vivir”. Y aunque el concierto estaba construido sobre décadas de canciones, no hubo una frontera rígida entre pasado y presente. Padre e hijo compartieron escenario, guitarra y voz, mientras las canciones de uno y otro se iban entrelazando.
El cierre llegó con “Sambayé” y, finalmente, “Quiero paz”. Para entonces, lo que había ocurrido en la Sala Master parecía menos un concierto retrospectivo que una conversación prolongada con la memoria. Cada canción había abierto una puerta distinta: Ritoque, el desierto, el mar, Violeta Parra, Los Blops, la familia y los encuentros que terminan convirtiéndose en música.
Las canciones de Eduardo Gatti volvieron a sonar así, varias décadas después de haber sido escritas. Y lo hicieron acompañadas de aquello que quizá el tiempo no consigue borrar: las historias que las hicieron nacer.






