A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, el profesor emérito del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, José Morandé Lavín, planteó que los ataques contra las Torres Gemelas constituyeron un verdadero “punto de inflexión” para el sistema internacional, al modificar las prioridades de seguridad de las principales potencias y redefinir la percepción de las amenazas globales.
En diálogo con la primera edición de Radioanálisis, Morandé sostuvo que la relevancia histórica de los atentados también está dada por el momento en que ocurrieron: prácticamente al inicio del siglo XXI y apenas una década después de la disolución de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría.
“Evidentemente que hay cambios respecto a la década anterior y el mundo también se transforma respecto de las amenazas y las prioridades que adquieren los países”, señaló en primer lugar.
Para el académico, el impacto fue particularmente significativo porque el ataque golpeó directamente a Estados Unidos cuando el país era “la potencia hegemónica” y no tenía prácticamente competidores desde el punto de vista de la seguridad y la estrategia internacional. La magnitud del atentado y el drama humano generado en Nueva York repercutieron, a su juicio, tanto en la agenda internacional como en las estrategias nacionales de distintos países.
Uno de los principales cambios fue la incorporación del terrorismo como una amenaza prioritaria para la seguridad internacional. “Los países tomarán las providencias para combatir esta nueva amenaza que emerge en el mundo, que es el terrorismo”, explicó Morandé, y destacó que la respuesta estadounidense obtuvo además un importante respaldo internacional inmediatamente después de los ataques.
Sin embargo, el académico advierte que el actual proceso de transformación del orden mundial no puede atribuirse exclusivamente a lo ocurrido en 2001. A su juicio, es necesario observar las “continuidades” del sistema internacional y reconocer que, 25 años después, Estados Unidos sigue manteniendo elementos de la estrategia de seguridad desarrollada tras los atentados, aunque en un escenario internacional muy diferente.

La principal diferencia está en la distribución del poder. “25 años atrás, cuando ocurren los atentados, Estados Unidos era en ese minuto amo y rector de la agenda internacional y de la política mundial. Hoy día vemos que tiene competidores”, recalcó. Entre ellos mencionó principalmente a China y, en una escala menor, a Rusia, actores que forman parte de una creciente competencia geopolítica.
En ese sentido, Morandé identificó una continuidad entre la estrategia adoptada durante el gobierno de George W. Bush y algunas de las prioridades actuales de Washington. Mencionó particularmente al concepto de preemption and preventive, basado en anticiparse a una amenaza y actuar contra un adversario cuando se considera que existe un riesgo serio para la seguridad o los intereses nacionales.
“En eso lo que hace hoy día la administración norteamericana no es necesariamente algo inédito”, sostuvo el académico. Entre las continuidades destaca que el terrorismo todavía permanece dentro de las amenazas consideradas por la estrategia de seguridad nacional estadounidense.

Los atentados también modificaron la concepción tradicional de amenaza internacional. Hasta entonces, gran parte de las estrategias de seguridad estaban diseñadas para enfrentar a otros Estados, mientras que Al Qaeda representaba un actor no estatal, descentralizado y con capacidad para operar en distintos territorios. “Cuando se trata de combatir Estado a Estado la lucha es más directa, porque están diseñadas las estrategias de los Estados para combatir a otros”, detalló.
Esta característica introdujo una dificultad inédita para las potencias: cómo enfrentar organizaciones que no poseen un territorio definido ni responden a las reglas tradicionales de los conflictos entre Estados. Según Morandé, la propia estrategia de seguridad estadounidense de 2002 anticipó otro de los grandes riesgos asociados a este fenómeno: que actores no estatales pudieran acceder a armas de destrucción masiva.
“El tema de las armas de destrucción masiva en manos de no Estados es tremendamente complejo y delicado para la conducta de los Estados”, advirtió. En ese escenario, los atentados de 2001 no solo modificaron las prioridades de seguridad, sino que también obligaron a replantear las herramientas con que los países enfrentaban amenazas provenientes de actores que no encajaban en las categorías tradicionales del sistema internacional.






