La lectura de este libro me dejó pensando en todas esas cosas que creemos que nos pertenecen para siempre: una casa, un país, una lengua. También en lo frágiles que pueden volverse cuando el mundo cambia y en nuestra capacidad para reconstruirlas —de manera distinta— junto a otras personas.
La protagonista de la novela, Hiruko, proviene de un archipiélago situado entre la China meridional y la Polinesia que ha desaparecido del mapa. Tawada nunca lo nombra directamente, aunque se habla “del país del sushi” y todo nos hace pensar en Japón. Hiruko estaba en Escandinavia cuando ocurrió y quedó convertida en una de las últimas habitantes posibles de un lugar que ya no existe o del que, al menos, no logra obtener noticias confiables. Su país sobrevive en sus recuerdos, en ciertos sabores y, especialmente, en una lengua que ya no tiene con quién hablar.
Instalada en Dinamarca, inventa el panska, una mezcla flexible de idiomas escandinavos que le permite desplazarse y comunicarse. No es una lengua correcta ni pura. Es una lengua de supervivencia, porosa, construida con aquello que Hiruko ha encontrado durante el camino. En esa invención se concentra una de las ideas más poderosas del libro: las lenguas —y las personas— viven porque se contaminan, viajan y cambian.
Mientras leía pensaba cuánto revelan nuestras palabras acerca de los lugares por los que hemos pasado y de las personas con las que hemos aprendido a nombrar el mundo. También qué ocurre cuando la lengua en la que nacimos deja de ser la que usamos para movernos, pedir ayuda, hacer amistades o explicar quiénes somos. ¿Cuánto de nuestra identidad se juega en las palabras? ¿Qué sucede con la memoria cuando ya no podemos compartirla en el idioma en que fue construida?
Esta preocupación atraviesa la vida y la obra de la autora Yoko Tawada. Nació en Tokio en 1960, estudió literatura rusa en la Universidad de Waseda y a los 19 años viajó a Alemania a través del ferrocarril Transiberiano. En 1982 se instaló en Hamburgo y desde 2006 vive en Berlín. Escribe en japonés y en alemán, pero sería insuficiente decir que trabaja en dos idiomas. Tawada escribe en el espacio que se abre entre ellos: allí donde una palabra deja de parecer natural, donde una traducción falla o donde un error inventa una posibilidad que antes no existía.
Ella ha compartido sobre esta experiencia desde la noción de exofonía: existir y escribir fuera de la lengua materna. Es una categoría más amplia que la de literatura migrante, porque no define a quien escribe solamente por su desplazamiento geográfico o por su origen. Tampoco considera la segunda lengua como una carencia. Por el contrario, habitar un idioma adquirido permite reconocer sonidos, dobles sentidos, accidentes gramaticales y asociaciones inesperadas que el uso cotidiano suele volver invisibles.
La experiencia también transforma la relación con la primera lengua. Mirar el japonés desde el alemán —y el alemán desde el japonés— hace que ambos pierdan su apariencia de sistemas naturales y cerrados. En la obra de Tawada, una lengua nunca coincide completamente con una nación ni pertenece por entero a quien la habla. Su escritura cuestiona esa identificación automática entre lengua, territorio e identidad nacional y privilegia la mezcla, la traducción y, muchas veces, el malentendido productivo.
Tawada ha desarrollado desde esa extrañeza una obra que cruza novelas, cuentos, poesía, teatro y ensayo. En ella reaparecen la extranjería, la metamorfosis, la traducción y los cruces entre lo humano y lo animal. Ha recibido reconocimientos fundamentales en Japón y Alemania, entre ellos los premios Akutagawa, Tanizaki y Kleist, además de la Medalla Goethe. En 2018 obtuvo el National Book Award de literatura traducida por “El emisario” y, cuatro años después, “Desperdigados por el mundo” fue finalista del mismo premio. Son datos que ayudan a dimensionar su trayectoria, aunque explican poco la experiencia desconcertante, divertida y luminosa de leerla.
Porque esta novela habla de asuntos enormes —la crisis climática, las migraciones, el nacionalismo, la pérdida del hogar— sin transformarlos en un catálogo de desgracias ni construir una distopía oscura convencional. Tawada combina pérdida, humor, absurdo, amistad y una intensa imaginación lingüística. Suena brutal que Hiruko haya perdido su país y que deba recorrer Europa buscando a alguien con quien volver a hablar su lengua. Sin embargo, la autora tiene un cariño tan profundo por sus personajes y por el lugar desde el cual cuenta sus historias que resulta muy fácil quererlos y conmoverse con ellos. Hacía tiempo que no me pasaba sonreír durante buena parte de una lectura.
La búsqueda de Hiruko comienza con el deseo de encontrar a alguien que hable japonés, pero pronto reúne a un pequeño grupo de personas que tampoco encajan limpiamente en las identidades que el mundo les asigna. Knut es un joven lingüista danés; Akash, una estudiante india que vive en Alemania y transita su género; Nanook es groenlandés y suele ser confundido con japonés; Nora carga con su ansiedad ante la crisis ambiental. Cada uno lleva consigo una historia, una lengua, un lugar de origen —o la pérdida de ese lugar— y, en el encuentro con los demás, comienza a aparecer la posibilidad de construir algo parecido a una comunidad. La autora entrega a cada personaje su propio capítulo. Ese cambio de perspectiva nos permite conocer los detalles de sus viajes y las distintas maneras en que experimentan el desarraigo. También impide que los observemos únicamente desde fuera. Cada voz corrige, amplía o vuelve más compleja la impresión que otro personaje nos había dado. Nadie puede ser explicado por una sola pertenencia y nadie existe únicamente como representación de un país, una lengua o una identidad.
Me conmovió especialmente que la comunidad aparezca antes que las respuestas. Los personajes se equivocan, se traducen mal, proyectan prejuicios sobre los demás y aun así continúan intentando comprenderse. La comunicación se convierte entonces en una práctica de hospitalidad. No necesitan compartir origen, lengua o identidad para construir una comunidad provisional. Tampoco deben entenderse completamente: basta con permanecer en la conversación, aceptar que cada persona trae consigo algo que no podemos traducir del todo y seguir haciendo el esfuerzo de encontrarse.
En tiempos en que parece tan fácil levantar fronteras entre unos y otros, este libro nos recuerda algo bastante más sencillo: estamos todos conectados. Cada uno de nosotros tiene en su historia a alguien —si no somos nosotros mismos— que por distintas razones se movió, cruzó una frontera, dejó un lugar y tuvo que aprender a habitar otro junto a personas diferentes.
“Desperdigados por el mundo” es el primer volumen de una trilogía y eso se siente en su final abierto, en la conciencia de que este viaje apenas comienza. Pero también puede leerse como una novela sobre aquello que ocurre cuando el hogar deja de ser un sitio al cual regresar y debe transformarse en algo que hacemos con otros. Como el panska de Hiruko, somos también una mezcla de los paisajes, las palabras y las personas que hemos conocido durante el camino. Tal vez pertenecer no consista en conservarnos intactos, sino en aprender a construir una casa donde nuestras diferencias puedan conversar.






