“La Noche de los Lápices es todos los días”: Pablo Díaz, 50 años después

Secuestrado a los 18 años, sobrevivió a los centros clandestinos de la dictadura argentina y perdió a sus compañeros. Cinco décadas después, vuelve sobre el horror, su historia con Claudia Falcone y la necesidad de mantenerlos presentes.

Secuestrado a los 18 años, sobrevivió a los centros clandestinos de la dictadura argentina y perdió a sus compañeros. Cinco décadas después, vuelve sobre el horror, su historia con Claudia Falcone y la necesidad de mantenerlos presentes.

El 16 de septiembre de 1976, la dictadura argentina secuestró a un grupo de estudiantes secundarios de La Plata. Tenían entre 16 y 18 años. Claudio de Acha, María Claudia Falcone, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y María Clara Ciocchini fueron llevados a centros clandestinos de detención y permanecen desaparecidos. Pablo Díaz tenía 18 años y también fue secuestrado, pero sobrevivió. El año pasado, cuando se cumplían 49 años de aquellos hechos, viajamos hasta City Bell, en las afueras de La Plata, para conversar con él. En su casa, Díaz volvió sobre una historia que había comenzado mucho antes de aquella madrugada.

“Nuestra historia de vida son tres años”, dice. Claudia tenía 16 años cuando fue secuestrada. Habían comenzado la secundaria a los 12 y, durante esos años, construyeron una vida marcada por la organización estudiantil, el trabajo comunitario, la lucha por el boleto escolar, los vínculos entre compañeros y, después, la represión que terminó con la vida que conocían.

Antes de la noche

La Plata era entonces una ciudad joven, con estudiantes que llegaban desde distintos lugares de Argentina para estudiar. Díaz y sus compañeros también tenían hermanos mayores en las facultades y, cuando iban a visitarlos, veían cómo funcionaban los centros de estudiantes universitarios. En el primer año de secundaria decidieron llevar esa experiencia a sus propias escuelas. “Pidamos centro de estudiantes que sean la síntesis del adolescente en la escuela secundaria”, recuerda Díaz.

La organización comenzó a crecer. En 1973 se conformaron nueve centros de estudiantes en La Plata y, al año siguiente, ya eran 19 escuelas con organización estudiantil. La mayoría de quienes los lideraban pertenecía a la clase media urbana y asumía esas tareas de manera voluntaria. Díaz recuerda esa participación desde la empatía: “Chicos que se aprestan a decir ‘yo los puedo representar’”.

La actividad de los centros también los llevó fuera de las escuelas. En las afueras de La Plata se habían instalado familias provenientes de Paraguay, Bolivia y Perú, muchas de ellas en condiciones precarias. Cuando sus hijos llegaron a las escuelas y contaron que sus padres no sabían leer ni escribir, los estudiantes comenzaron a participar en labores de alfabetización. “Ahí conocimos la pobreza. Nos avergonzó que personas vivieran en esas condiciones tan poco dignas”.

Entre esos estudiantes estaba María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y María Clara Ciocchini. En 1975, la situación económica argentina golpeaba a las familias y el costo del transporte se sumaba a los gastos que debían asumir los padres para que sus hijos pudieran estudiar. Díaz y sus compañeros buscaron una forma de aliviar ese costo. El reclamo fue por un boleto estudiantil secundario gratuito. “10 mil estudiantes secundarios salimos a la calle. Y lo logramos”, recuerda Díaz. Semanas después, comenzó a regir el beneficio.

Lucha por el boleto estudiantil secundario en La Plata - La noche de los lápices
Lucha por el boleto estudiantil secundario en La Plata – La noche de los lápices.

Cuando les quitaron la voz 

Un año después, todo cambió. Con el golpe de Estado de 1976, la dictadura cerró los centros de estudiantes y prohibió la participación política de los jóvenes. “Se prohibió la voz, se prohibió la voz en el adolescente, se prohibió la voz como instancia del saber de la realidad”, recuerda Díaz. En las calles de La Plata también se restringió la posibilidad de reunirse: si un grupo de jóvenes se encontraba en una plaza, la policía podía ordenar que se dispersara y que no permanecieran más de tres juntos.

En septiembre comenzaron los secuestros de los estudiantes que habían participado de aquellas movilizaciones. Díaz tenía 18 años cuando fue detenido y llevado a distintos centros clandestinos. Claudia también había sido secuestrada y en uno de esos lugares volvieron a encontrarse, aunque quedaron separados por una pared, vendados y sin saber cuándo era de día o de noche. “Yo me enamoré en un campo de concentración de mi amiga de 16 años”, cuenta.

Claudio de Acha, María Claudia Falcone, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y María Clara Ciocchini - jóvenes detenidos y desaparecidos por la última dictadura argentina.
Claudio de Acha, María Claudia Falcone, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y María Clara Ciocchini – jóvenes detenidos y desaparecidos por la última dictadura argentina.

Desde la celda contigua, Claudia le hablaba y Díaz respondía. “Me decía Pablo; ¿estás despierto? Y yo le decía sí. Así nos enamoramos”. Sobre aquellos días, Díaz dice: “Para mí la vida fue bella porque la conocí a Claudia, porque la tuve a Claudia. Si no tuve el deseo de morir fue por el deseo de estar con ella”.

Pero en los centros clandestinos también estaba el resto del horror. En el Pozo de Banfield, Díaz compartió cautiverio con otros jóvenes y conoció a Cristina Navajas, Gabriela Carriquiriborde y Stella Maris Montesano, las tres embarazadas y posteriormente desaparecidas. Él tenía 18 años y Gabriela, 22. Los jóvenes intentaban ayudarlas durante sus embarazos y avisaban cuando comenzaban los dolores. “Las venían a buscar, se las llevaban y no volvían”.

La justicia y los que no volvieron

El 28 de diciembre de 1976, Díaz salió del Pozo de Banfield y quedó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, acusado de haber sido descubierto ese mismo día distribuyendo panfletos subversivos. Permaneció detenido casi cuatro años sin proceso judicial y recuperó la libertad el 19 de noviembre de 1980.

Durante esos años de cárcel se enteró de que Claudia estaba desaparecida. En una de las primeras visitas de su madre y sus hermanas, le pidió a su hermana mayor que fuera hasta la casa de Claudia para contarle que él estaba bien. Ella llegó, preguntó por Claudia y terminó contándole a su padre que Pablo había estado con ella en un centro clandestino de detención. “Esa fue la primera noticia que tuvo su familia de ella en más de seis meses”. Cuando su hermana volvió a visitarlo, llegó llorando y le contó que Claudia estaba desaparecida.

Años después, durante el Juicio a las Juntas, realizado en 1985 contra los integrantes de las primeras juntas militares de la dictadura argentina, Díaz habló de una maternidad clandestina en el Pozo de Banfield. También volvió al lugar junto a los jueces. Frente a una puerta, la señaló y dijo: “Acá tenían familia”. El presidente del tribunal lo corrigió: “Pero Pablo, esto es la cocina. Esto no es una maternidad. Esto es la cocina”. Díaz explicó qué significaba para él que las mujeres hubieran tenido a sus hijos allí: “Qué iba a decir que tenían familia en la cocina. Que representa más crueldad. La misma con la que actuaron”.

Pablo Díaz junto a Julio César Strassera, fiscal principal del Juicio a las Juntas.
Pablo Díaz junto a Julio César Strassera, fiscal principal del Juicio a las Juntas.

Durante años, además, Díaz dudó de lo que había visto y escuchado. No tenía otros testigos que pudieran confirmar su relato y algunas de las preguntas que recibió lo llevaron a cuestionarse si efectivamente aquellos niños habían nacido en cautiverio. Uno de esos casos era el de Daniel Santucho Navajas, hijo de Cristina Navajas y nieto 133 recuperado por las Abuelas de Plaza de Mayo. Díaz le contó a Nélida Gómez, madre de Cristina y abuela de Daniel, que su hija había tenido familia. Ella murió antes de conocer a su nieto. Esos reencuentros también quedaron ligados a su propia experiencia: “A veces he llorado en el baño o en el borde de la cama a puertas cerradas sobre esas alegrías. Sobre esos reencuentros”.

En 1986, Díaz participó además en el guion de La noche de los lápices. Cuando conversamos sobre esa película, le preguntamos por qué quiso participar: “Lo hice para volverla a ver, para volver a ver a Claudia Falcone”.

También habla de lo que espera encontrar cuando llegue el momento de morir. Hay una fantasía: “Cuando la naturaleza me lleve, volverlos a ver y preguntarles si hice todo lo que tenía que hacer para que ellos estén vivos”. Cree que pasaría ese examen porque sus compañeros siguen presentes en los centros de estudiantes que llevan el nombre del 16 de septiembre, en las marchas y en los homenajes que se realizan en su memoria.

Pablo Díaz en la grabación de la película La noche de los lápices. Archivo personal.
Pablo Díaz en la grabación de la película La noche de los lápices. Archivo personal.

Y también está el miedo: “Cuando la naturaleza me lleve, volver a ver a Claudia con sus 16 años y yo ir con mi vejez”. Díaz lo resume así: “Porque nosotros somos así. Soñadores, fantasiosos, miedosos”.

La memoria de los que no volvieron

Cincuenta años después, Díaz sigue hablando de sus compañeros y también de quienes nacieron mucho después de la dictadura. “Yo veo que en la Noche de los Lápices como memoria. Sin embargo, la tengo que llevar a la instancia de la identidad de los jóvenes de hoy”, plantea.

Piensa en quienes hoy tienen la misma edad que ellos tenían cuando fueron secuestrados. “Nosotros podíamos tener una expectativa de sensibilidad social, amor y pelea, que hoy la tenemos que deconstruir en los jóvenes, porque tenemos que romper la soledad individual”.

Esa memoria también aparece en las conversaciones cotidianas. “La sobremesa familiar tiene que ser un punto de debate”, dice Díaz. Allí quiere que aparezca la historia de aquellos estudiantes, lo que hacían antes del golpe, por qué se organizaron y lo que les ocurrió después.

Pablo Díaz en la actualidad.
Pablo Díaz en la actualidad.

Cuando vuelve sobre Claudia, vuelve también a esos años. Se conocieron en la organización estudiantil, participaron en la lucha por el boleto y después fueron secuestrados. En el cautiverio se enamoraron. Díaz sobrevivió y pudo contar lo que vivieron: “Creo en la Noche de los Lápices como una historia de amor de adolescentes”.

Habla de la amistad, de la sensibilidad social, de los estudios, de la familia y de la posibilidad de construir una vida junto a otros. También habla de quienes no pudieron hacerlo. De los compañeros que fueron secuestrados y desaparecieron, de las familias que durante décadas buscaron respuestas y de los jóvenes que hoy vuelven a encontrarse con sus nombres en centros de estudiantes, marchas y homenajes.

Por eso, cuando piensa en lo que significa aquella historia cinco décadas después, Díaz no la deja en 1976: “La Noche de los Lápices es de una amplitud. Es grandísima en el lenguaje porque tiene que ver con un presente”. Y ese presente, para él, está también en quienes hoy tienen la edad que ellos tenían entonces. En sus preguntas, en sus conversaciones y en la forma en que decidan relacionarse con los demás. Cuando le preguntamos por el lugar que ocupa hoy aquella historia, Díaz responde: “La Noche de los Lápices es todos los días”.





Presione Escape para Salir o haga clic en la X