Patricio Guzmán: escuchar a las personas, confiar en las personas

  • 18-09-2026

Desde que conocí la noticia de la muerte de Patricio Guzmán he vuelto a las conversaciones que sostuvimos a lo largo de los años. Esperaba encontrarme, una vez más, con sus reflexiones sobre la memoria, el golpe de Estado y las imágenes que dedicó una vida entera a preservar. Pero otra preocupación comenzó a repetirse. Una mucho más sencilla y, probablemente por eso, menos atendida al hablar de su obra: las personas, como protagonistas y audiencia.

En 2010, durante una entrevista para la serie “Historias del Cine Chileno”, Guzmán me contó que, antes de convertirse en el cineasta que hoy reconocemos, había creado un pequeño cine arte en el teatro Ictus. Los lunes, cuando la sala descansaba de sus funciones habituales, junto a sus compañeros, instalaban un telón y proyectaban los cortometrajes que realizaban en el Instituto Fílmico de la Universidad Católica. Lo hacían, me dijo, porque tenían “deseos de comunicarnos con la gente” y se sentían parte de lo que estaba pasando a nivel social en distintos lados. Más adelante, en esa entrevista, le pregunté para quién había realizado “El primer año”, el documental en el que registró los primeros doce meses del gobierno de Salvador Allende. Su respuesta fue breve: “Para la gente”.

Puede parecer una obviedad. Las películas se hacen para ser vistas y todo cineasta aspira a encontrarse con un público. Pero en el caso de Patricio Guzmán esa respuesta contenía también una manera de entender el cine y, me parece, una manera de imaginar la sociedad.

“El primer año” nació de su fascinación frente a lo que estaba ocurriendo en Chile. Guzmán recordaba la alegría colectiva, la vida en las calles, las fábricas, las plazas y las manifestaciones. No hablaba todavía de la responsabilidad de conservar la memoria ni de la conciencia de estar registrando un acontecimiento histórico. Hablaba de emoción. De personas que sentían que podían participar en la construcción del país y de un cineasta que necesitaba filmarlas porque estaba enamorado de lo que veía.

Cuando la situación política se volvió más compleja y esa alegría comenzó a transformarse en tragedia, surgió “La batalla de Chile”. Para contarla, Guzmán tomó una decisión fundamental: no quería instalar en un estudio a sociólogos o politólogos que explicaran el proceso mientras el pueblo aparecía como ilustración. Quería ir a las fábricas, a los cordones industriales, a las marchas y a las concentraciones. Escuchar qué pensaban los trabajadores sobre Allende, sobre los ministros, el desabastecimiento, la producción y el proyecto político del que formaban parte. También le dio espacio en la narración a los camioneros, a los comerciantes y a quienes se oponían al gobierno. No eran una multitud esperando que alguien interpretara la historia por ellos. Eran sujetos conscientes de su lugar dentro de ella. Me contaba que en esa película la voz en off solo entregaba algunos elementos contextuales para comprender el relato. Confiaba en que cada persona pudiera sacar sus propias conclusiones a partir de las imágenes.

Muchos años después, cuando tuve el honor de acompañarlo en el lanzamiento del libro “La batalla de Chile. Historia de una película”, Guzmán hizo una precisión que me parece importante. Quienes realizaron la película no se sentían voceros del pueblo. Su trabajo consistía en registrar las distintas miradas que estaban presentes en ese momento. La diferencia es decisiva: no pretendían hablar en nombre de quienes filmaban ni explicar desde afuera lo que esas personas vivían. Ponían la cámara frente a ellas y escuchaban cómo interpretaban su propia experiencia.

El resultado conserva algo que todavía impresiona: la capacidad de esas personas para comprender el momento que estaban viviendo y expresarlo con precisión. Recuerdo claramente lo que me produjo ver Salvador Allende por primera vez y encontrarme con hombres y mujeres, muchos de ellos trabajadores, capaces de referirse con enorme soltura a los procesos políticos, sociales y culturales que atravesaban el país. La cámara no los convertía en representantes de una categoría abstracta llamada “pueblo”. Registraba miradas particulares que, al reunirse, permitían comprender algo mayor sobre la sociedad chilena.

Las películas de Guzmán nos permiten recordar acontecimientos, pero también formas de habitar lo colectivo. Guardan gestos, palabras, maneras de organizarse, de discutir y de imaginar un país. Al retratar a la gente, en su diversidad, nos recuerdan lo que hemos sido y también lo que podríamos volver a ser.

Ese ejercicio atraviesa buena parte de su filmografía posterior. En “Chile, la memoria obstinada”, Guzmán reúne a quienes vivieron el proceso de la Unidad Popular con jóvenes que crecieron durante la dictadura sin conocer esas imágenes. La memoria aparece en el encuentro entre generaciones: en quienes reconocen a sus compañeros perdidos y en quienes descubren una historia que también les pertenece, aunque nadie se las haya contado.

En “El caso Pinochet”, el proceso judicial se construye con las voces de abogados, fiscales y jueces, pero también con los testimonios de sobrevivientes, familiares de detenidos desaparecidos y mujeres que viajaron a declarar sobre la tortura y la represión. La justicia deja de ser una discusión reservada a los especialistas porque necesita de esas voces para existir.

En “Nostalgia de la luz” conviven astrónomos que observan un pasado ocurrido a millones de años de distancia, arqueólogos que estudian las huellas de antiguas civilizaciones y mujeres que recorren el desierto buscando los restos de sus familiares. En “El botón de nácar”, las voces de los pueblos originarios del sur se encuentran con las historias de quienes fueron arrojados al mar durante la dictadura. En “La cordillera de los sueños”, artistas, escritores, músicos y documentalistas proponen distintas maneras de mirar esa enorme presencia que acompaña, protege y al mismo tiempo aísla a Santiago.

Su última película estrenada, “Mi país imaginario”, registra una historia que todavía estaba ocurriendo. Para aproximarse a la revuelta de octubre de 2019, Guzmán escuchó a mujeres de distintas edades y trayectorias intentando comprender aquello que había irrumpido en las calles. Su propia voz organizaba el relato y lo conectaba con el país que llevaba décadas filmando, pero eran esas experiencias las que daban cuerpo al desconcierto, la violencia, la alegría y las posibilidades abiertas por ese momento.

El cine de Patricio Guzmán es profundamente personal. Su voz, sus recuerdos y su interpretación de la historia están presentes. Nunca fingió una neutralidad que no existe. Pero también comprendió que ninguna voz podía contener por sí sola la historia de un país, ni siquiera la suya. Por eso sus películas están construidas a partir de testimonios diferentes que, puestos en relación, producen un pensamiento mayor.

Esa coralidad no es solamente una decisión cinematográfica. También expresa una convicción política: cada experiencia contiene un saber y cada persona puede participar en la construcción del relato común. La gente no aparece como una masa que necesita ser explicada por expertos, dirigentes o artistas. Aparece pensando, recordando, preguntándose y elaborando el sentido de aquello que ha vivido. Al observar a quienes estuvieron delante de su cámara no contemplamos solamente a otros chilenos en otro tiempo. Reconocemos posibilidades de lo humano y capacidades colectivas que el presente puede hacernos olvidar.

Por eso la memoria, en su cine, no es un ejercicio inmóvil, sino uno que llama al dinamismo en el presente. Su trabajo no consistía en conservar imágenes para guardarlas dentro de un archivo ni en repetir ceremoniosamente una versión del pasado. Sus películas son una conversación que debía mantenerse viva, una energía capaz de circular entre quienes vivieron los acontecimientos, quienes los filmaron y quienes llegamos después a mirarlos.

Se ha dicho, con justicia, que Patricio Guzmán fue el gran cineasta de la memoria chilena. Pero al volver a escucharlo y recorrer sus películas aparece otra convicción igualmente persistente: su confianza en las personas. En su capacidad para comprender la historia mientras ocurre, para narrar su propia experiencia, para escuchar otras voces y para reconocerse como parte de algo colectivo.

Volver hoy a sus películas no significa solamente mirar el país que fuimos. También puede ayudarnos a imaginar la sociedad que todavía podríamos construir: una sociedad capaz de mirarse, escucharse y pensar en común. Patricio Guzmán hizo cine con las personas y, como él mismo dijo, “para la gente”. Y en ese gesto nos dejó mucho más que un registro del pasado. Nos dejó una manera de entendernos y creer en nosotros.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

Presione Escape para Salir o haga clic en la X