El advenimiento de la generación beta: ¿qué hay del porvenir de la humanidad?

  • 25-09-2026

Al imaginar cómo serán quienes están naciendo, la sociedad revela sus expectativas e interviene en el futuro que anuncia.

Una generación es definida antes de haber vivido y compartido una historia. Sus integrantes tienen en común, por ahora, solo anuncios sobre lo que serán.

Promesas y temores

En enero de 2025 nacieron las primeras niñas y los primeros niños que podrían recibir la denominación de Generación Beta. Según las proyecciones, esta generación sería hiperconectada, conviviría en un mismo ecosistema con la IA y desplazaría sus mentes y cuerpos entre entornos físicos y digitales.

Quienes crecieron junto a internet fueron llamados nativos digitales, a los Beta se los podría denominar nativos algorítmicos: personas para quienes interactuar cotidianamente con inteligencias artificiales que responden, recomiendan, anticipan y entregan servicios y productos no constituirá una novedad, sino parte de su entorno.

Esta etiqueta fue propuesta por MacCrindle Research. Según esa clasificación, la Generación Beta comprende a quienes nacen entre 2025 y 2039. Sus caracterizaciones combinan proyecciones demográficas con conjeturas más antropológicas. Un análisis de Word Data Lab, difundido por el Foro Económico Mundial, estimó que los nacidos entre 2025 y 2038 representarán el 18% de la población mundial en 2050. Otras proyecciones anticipan lo que serán sus valores, vínculos, capacidades cognitivas, preferencias educativas y maneras de relacionarse con las tecnologías.

Llama la atención la radicalidad de estos anuncios. Sugieren transformaciones de un orden distinto, incluso más profundas que las asociadas a la sedentarización de las poblaciones nómadas y al surgimiento de las ciudades en la antigüedad. Se insinúa que estaría en juego la propia condición humana.

Las expectativas frente a esta convivencia tecnológica no son siempre auspiciosas. La exposición temprana a la inteligencia artificial alimenta vaticinios sobre una generación más dependiente de su uso, menos dispuesta al esfuerzo y más proclive a la delegación de tareas mentales a recursos externos. Se invoca aquí una lógica semejante a la del efecto Google, que dice que cuando esperamos poder recuperar una información, tendemos a recordar menos su contenido y más dónde encontrarla.

Los resultados recientes de PISA 2025 estarían mostrando que el uso de la inteligencia artificial se asocia con puntajes más bajos. Esta asociación no demuestra causalidad ni permite anticipar las capacidades de una generación que apenas comienza a nacer. Pero se proyecta la imagen de una generación con menor atención, creatividad y pensamiento crítico.

El repertorio oscila, entre la promesa de capacidades ampliadas y el temor a capacidades atrofiadas. En ambos casos se atribuyen rasgos a seres humanos que aún no han tenido ocasión de desarrollarlos.

Las consecuencias de anticipar el futuro

De lo anterior emergen algunas preguntas: ¿qué revelan estas descripciones sobre la sociedad que las produce? ¿Qué efectos pueden tener sobre aquello que anuncian?

La etiqueta “betas” transforma proyecciones demográficas y tecnológicas en atributos humanos, proyectando las condiciones del entorno sobre las disposiciones de quienes deberán desenvolverse en él. Sin embargo, que la inteligencia artificial esté incorporada a la vida cotidiana no significa que la mayoría la vaya a usar de la misma manera ni que produzca efectos semejantes. Tampoco supone que quienes nacen en determinados años compartan un mundo homogéneo. La fecha de nacimiento aproxima biografías, pero las desigualdades, las instituciones y los territorios separan.

Estas categorizaciones también permiten examinar cómo se anticipa el futuro de la sociedad y con qué distinciones se lo hace. En el fondo, revelan nuestras expectativas, nuestros temores y nuestra confianza, quizá excesiva, en la capacidad de la inteligencia artificial para determinar la experiencia humana.

Las etiquetas generacionales forman parte de expectativas más amplias que pueden orientar decisiones en el presente. En ese horizonte, los gobiernos pueden evaluar nuevas formas de atención y gestión de datos sanitarios; las empresas, diseñar productos para una infancia presuntamente integrada a la inteligencia artificial; los sistemas educativos, reformular competencias; los inversores, identificar futuros consumidores; las familias, ajustar sus deseos de tener hijos. De este modo, descripciones ligeras pueden adquirir consecuencias concretas.

Aquí aparece una relación circular. Cuando la imagen de una generación hiperconectada orienta decisiones, e influye en organizaciones e instituciones, puede contribuir a producir algunas de las condiciones que parecían limitarse a imaginar. La sociedad, a través de múltiples agentes, interviene así en el futuro que procura anticipar, en una suerte de profecía autocumplida

Ello no significa que las profecías generacionales se cumplan íntegramente. Las organizaciones median entre los anuncios y sus realizaciones procesando las expectativas según sus propias capacidades, restricciones e intereses. Hay mucha complejidad que las predicciones suelen dejar fuera de foco. Una universidad puede anunciar que está preparándose y, al mismo tiempo, conservar currículos, evaluaciones y estructuras diseñados para otra época.

La etiqueta generacional admite, además, una lectura algo irónica. En el vocabulario tecnológico, “beta” designa una versión sometida a pruebas. Aplicada a las personas, parece anunciar seres humanos en permanente actualización, expuestos a evaluaciones, ajustes y nuevas exigencias de adaptación. La metáfora resulta atractiva precisamente porque condensa una autodescripción contemporánea según la cual todo, incluso una generación, puede presentarse como maleable o fluyente.

¿Qué hay entonces del porvenir de la humanidad? Lo cierto es que las certezas son escasas. Es previsible que los/as llamados/as Beta crezcan en ecosistemas profundamente tecnologizados, aunque de formas muy desiguales. Sus trayectorias seguirán, en cualquier caso, sometidas a la contingencia. Ya Bradbury imaginó  en “La pradera” (1951) un entorno tecnológico que no solo acompañaba a los niños, sino que comenzaba a modelar aquello en que podrían convertirse. Pero habrá que esperar para saber qué ocurrirá con los actuales vaticinios generacionales. Quizá entonces descubramos, una vez más, que el futuro no es como lo habíamos pensado.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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