Star Trek: 60 años aprendiendo a vivir juntos

  • 26-09-2026

“La humanidad es una criatura extraordinaria, con un enorme potencial, y espero que Star Trek nos haya ayudado a mostrar lo que podemos llegar a ser si creemos en nosotros mismos y en nuestras capacidades”. —Gene Roddenberry (creador de Star Trek).

Sesenta años después, creer en ese potencial humano puede parecer un gesto contracultural. Vivimos rodeados de discursos que prometen unirnos a condición de identificar a alguien a quien temer o excluir. Por eso la ética detrás de Star Trek resulta especialmente vigente: porque sus tripulaciones nunca han tenido garantizada la convivencia. Deben aprenderla, discutirla y, muchas veces, defenderla frente a sus propios prejuicios.

Desde su estreno en 1966, la serie imaginó un futuro en el que personas de distintos orígenes podían trabajar juntas para explorar el universo. Lo hermoso es que nunca se quedó solamente con esa imagen. A lo largo de sus distintas versiones, Star Trek ha vuelto una y otra vez sobre las dificultades de encontrarse con otros, de escuchar aquello que no entendemos y de llegar a acuerdos cuando lo que está en juego importa de verdad. La paz, en ese universo, tiene costos. Requiere curiosidad, voluntad política y la capacidad de revisar las propias certezas.

Esa confianza en lo que podemos construir juntos sigue apareciendo en las historias nuevas. Strange New Worlds, que acaba de terminar su cuarta temporada, nos lleva a la Enterprise en los años previos a la serie original, cuando el capitán Christopher Pike estaba al mando. En cada viaje, su tripulación explora un mundo distinto y se enfrenta a preguntas que van mucho más allá de lo que encuentra en el espacio. Cuando recientemente quise sumergirme en Star Trek, le pregunté a mi amigo Pancho Ortega por dónde empezar y me recomendó Strange New Worlds, y tenía razón: nos permite conocer a personajes como Spock y Uhura antes de la serie original, sin pedirnos décadas de historias previas para disfrutar el viaje. Este año se estrenó además Academia de la Flota Estelar, centrada en un grupo de jóvenes cadetes. Sesenta años después, la pregunta sigue abierta: ¿cómo se aprende a ser parte de una tripulación? Podemos adelantar que la respuesta no viene dada por ponerse el mismo uniforme.

Pero más allá de su tremendo potencial político vestido de cultura pop, sigo disfrutando de este universo también por el enorme placer que me produce verlo. Amo la estética de la serie original, esa imaginación del futuro que lleva inevitablemente las formas y los colores de los años sesenta. Y amo que Star Trek conserve, hasta hoy y al igual que en su origen, una disposición juguetona.

Quienes la crean saben que está haciendo ciencia ficción y disfruta de todas las posibilidades que eso le abre. Un episodio puede convertirse en un juicio donde se discuten los principios de la propia Federación; otro, en un musical. Podemos encontrarnos con el terror o con una intriga que recuerda a Agatha Christie. Strange New Worlds ha recuperado con especial alegría esa posibilidad de que cada capítulo nos lleve a un lugar distinto. Se siente el cariño por las historias anteriores, por sus personajes y sus preguntas, junto al entusiasmo de quienes todavía encuentran cosas nuevas que hacer con ellas.

Entiendo que acercarse a Star Trek puede marear: hay más de diez series y trece películas estrenadas en cine, con tripulaciones, épocas y hasta líneas temporales diferentes. Si interesa descubrir el comienzo, el orden cronológico sería Star Trek: Enterprise, Star Trek: Discovery – sólo las emporadas 1 y 2 (porque luego se pega un salto hacia el futuro) y Star Trek: Strange New Worlds, y ahí llegamos a las tres temporadas de la serie original, con Kirk, Spock y Uhura a bordo de la Enterprise.

Si te atrae una exploración más larga de sus preguntas sobre convivencia y diplomacia, La nueva generación nos presenta al capitán Picard y a otra tripulación, un siglo después. Entre medio están las seis películas del ciclo clásico y desde allí se puede seguir el hilo que más despierte la curiosidad: la estación espacial de Deep Space Nine, la nave perdida lejos de casa en Voyager o las historias recientes en las series Lower Decks, Prodigy, Picard y Discovery. Parte del placer de este universo es descubrir que no existe una única puerta de entrada.

Y sí, el contenido de Star Trek es un mundo gigantesco. Se calcula que hay cerca de mil episodios repartidos en más de cincuenta temporadas en las series de televisión, contenido que sigue creciendo, porque el universo es infinito y las tripulaciones de la Flota Estelar siguen comprometidas a “ir valientemente, donde ningún humano ha ido antes”.

Quizás por eso Star Trek ha podido acompañar a públicos tan diferentes durante sesenta años. Cada generación recibe esas historias desde su propio presente y puede imaginar, con ellas, otro futuro. A mí me sigue conmoviendo esa invitación: salir a conocer mundos desconocidos y, en el camino, aprender a vivir con quienes tenemos al lado.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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