Brasil entra en la recta final de una elección marcada por la crisis del Supremo y el fantasma del 8 de enero

El gigante sudamericano llega al 4 de octubre entre una fuerte tensión institucional, presiones desde Washington y una disputa capaz de redefinir tanto el equilibrio político regional como su relación con Estados Unidos y China.

El gigante sudamericano llega al 4 de octubre entre una fuerte tensión institucional, presiones desde Washington y una disputa capaz de redefinir tanto el equilibrio político regional como su relación con Estados Unidos y China.

El próximo domingo 4 de octubre, más de 158 millones de brasileños y brasileñas están llamados a las urnas para elegir presidente, vicepresidente, gobernadores, diputados federales y estatales, y dos senadores por cada una de las 27 unidades de la federación.

No se trata de una elección cualquiera. Brasil enfrenta uno de sus escenarios institucionales más tensos desde el retorno a la democracia en 1985, con conflictos que se superponen entre el Poder Judicial, el sistema político, la seguridad interna y una dimensión internacional que se ha instalado de lleno en la campaña.

Los frentes internos

El primer foco de tensión está en el Supremo Tribunal Federal (STF). Durante septiembre, el tribunal quedó atravesado por una crisis vinculada a las investigaciones del caso de corrupción del Banco Master y a las actuaciones de distintos ministros, entre ellos Alexandre de Moraes —el juez que encarceló al expresidente Jair Bolsonaro— y André Mendonça, exabogado general de la Unión durante el gobierno de Bolsonaro.

Juez del Supremo Tribunal Federal de Brasil, Alexandre de Moraes.
Juez del Supremo Tribunal Federal de Brasil, Alexandre de Moraes.

El presidente del Supremo, Edson Fachin, intervino para modificar la conducción de procedimientos sensibles, mientras una sesión destinada precisamente a abordar la controversia terminó exhibiendo las divisiones internas de la propia corte. En otras crisis brasileñas, el Supremo podía ser cuestionado o acusado de politización, pero seguía funcionando fundamentalmente como árbitro. Hoy, en cierta medida, el árbitro también forma parte de la crisis, con un debate abierto entre juristas y magistrados sobre los límites y procedimientos del máximo tribunal.

A esto se suma que la elección de 2026 es, en buena medida, una prolongación de la crisis abierta tras los comicios de 2022. Después de la condena de Jair Bolsonaro en 2025 por el intento de golpe de Estado posterior a su derrota electoral, el expresidente quedó fuera de esta competencia. Su espacio político pasó ahora a su hijo, Flávio Bolsonaro, quien disputa la presidencia contra Lula da Silva. Por eso, cuestiones como el 8 de enero, las condenas contra dirigentes bolsonaristas, la actuación de Alexandre de Moraes y los límites del Poder Judicial forman parte de la propia campaña.

A ello se añadió otra preocupación institucional: la infiltración del crimen organizado en estructuras políticas, que llevó a la justicia brasileña a discutir hasta dónde puede impedir candidaturas vinculadas a organizaciones criminales sin vulnerar garantías como el debido proceso.

Banco Master.
Banco Master.

El frente externo

Pero probablemente la dimensión más inusual sea la internacionalización de esta disputa. Lula llevó esta preocupación incluso a la Asamblea General de Naciones Unidas esta semana, donde advirtió contra cualquier interferencia extranjera en los comicios y sostuvo que Brasil no cabe en el “patio trasero” de nadie.

La administración de Donald Trump ya mantuvo fuertes enfrentamientos con Brasil por el proceso contra Jair Bolsonaro y, durante este año, incrementó su protagonismo político y de seguridad en América Latina. Esta semana, Trump volvió a reivindicar una mayor presencia estadounidense en el hemisferio y reunió a gobiernos aliados en torno al llamado Escudo de las Américas, una coalición de la que Brasil permanece fuera y a la que Flávio Bolsonaro prometió unir al país si gana.

La tensión aumentó además porque Flávio mantiene una relación política bastante más estrecha con Washington. El candidato visitó la Casa Blanca durante este año y propuso negociar una nueva zona de libre comercio hemisférica con Estados Unidos, Canadá y México.

Lula, en cambio, ha insistido en una política exterior basada en la autonomía brasileña y esta semana declaró que había advertido personalmente a Trump que, si intentaba “meter la mano” en las elecciones, perdería. Incluso dentro de Estados Unidos surgieron cuestionamientos: un grupo de legisladores demócratas pidió al gobierno respetar el proceso y reconocer el resultado certificado de los comicios.

Flavio Bolsonaro y Donald Trump en el Despacho Oval.
El candidato a la presidencia de Brasil, Flavio Bolsonaro, y el presidente de Estado Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.

Empate en las encuestas y una dimensión regional en juego

Todo esto adquiere todavía más importancia porque la elección está extraordinariamente cerrada. Las encuestas publicadas el 21 de septiembre muestran a Lula y Flávio Bolsonaro estadísticamente empatados en una eventual segunda vuelta. Quaest registró una diferencia de un punto favorable a Bolsonaro, mientras BTG Pactual/Nexus dio un punto favorable a Lula. Ambas diferencias se encuentran dentro de sus respectivos márgenes de error. En un país tan polarizado, cualquier controversia sobre la justicia electoral, el reconocimiento del resultado o la intervención de actores externos adquiere una sensibilidad mucho mayor.

Pero Brasil no solo definirá su gobierno: también puede alterar nuevamente el equilibrio político de Sudamérica. La región que recibió a Lula cuando regresó al poder en 2023 se parece muy poco a la actual. En los últimos años hubo cambios de gobierno hacia las “nuevas derechas”. Javier Milei gobierna Argentina; José Antonio Kast asumió en Chile; Keiko Fujimori llegó a la presidencia de Perú y Abelardo de la Espriella hizo lo propio en Colombia. Ecuador continúa bajo Daniel Noboa, mientras Paraguay tiene a Santiago Peña. Brasil y Uruguay aparecen así como dos de los principales gobiernos progresistas entre las democracias sudamericanas.

Los presidentes de Uruguay y Brasil, Yamandú Orsi y Luiz Inácio Lula da Silva, respectivamente, en la cumbre Democracia Siempre en Chile.
Los presidentes de Uruguay y Brasil, Yamandú Orsi y Luiz Inácio Lula da Silva, respectivamente, en la cumbre Democracia Siempre en Chile. Foto: Aton.

El punto es que Brasil tiene un peso regional inigualable. Su economía alcanzó aproximadamente 2,28 billones de dólares en 2025 y el país supera los 200 millones de habitantes. Por tamaño económico, población, territorio y capacidad diplomática, un cambio de orientación en Brasil modifica el centro de gravedad regional.

Así, la contienda electoral también se divide entre la continuidad de un gran actor que sigue defendiendo el multilateralismo, la autonomía estratégica, el Mercosur y la participación brasileña en espacios como los BRICS, o un Brasil bastante más próximo a Washington en seguridad y con una mayor afinidad política con varios de los gobiernos conservadores de la región.

Pero eso tampoco significa que Brasil pueda simplemente escoger entre Estados Unidos y China. Pekín impone un límite económico muy concreto a cualquier realineamiento. En 2024, China recibió cerca del 28% de las exportaciones brasileñas, frente al 12% dirigido hacia Estados Unidos, y explicó más del 41% del superávit comercial de Brasil durante ese año. Por eso, incluso un eventual gobierno de Bolsonaro tendría incentivos para mantener una relación económica importante con China, aunque políticamente reforzara sus vínculos con Washington. La elección brasileña no puede reducirse entonces a una disputa entre Washington y Pekín, pero sí enfrenta dos concepciones diferentes sobre cuánto debe alinearse Brasil con Estados Unidos y cuánto margen de autonomía internacional debe preservar.

La otra dimensión es la integración sudamericana. Brasil sigue siendo el actor indispensable del Mercosur, que acaba de cumplir 35 años y actualmente reúne como Estados partes a Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia.

Lula da Silva le hace entrega de la presidencia pro tempore del MERCOSUR a su par argentino Javier Milei
El presidente de Brasil, Lula da Silva junto a Javier Milei, presidente de Argentina en la cumbre del MERCOSUR. Foto: X @LulaOficial.

Las diferencias políticas ya existen dentro del bloque, pero un cambio de gobierno brasileño modificaría las coaliciones internas y posiblemente también las prioridades de su agenda externa. Con Lula, Brasil ha buscado mantener la integración regional y una política de equilibrios entre Estados Unidos, China, Europa y el Sur Global. Con Flávio Bolsonaro, sus propuestas conocidas apuntan hacia una cooperación bastante más estrecha con Washington, especialmente en seguridad y comercio.

Por eso Brasil aparece como una de las últimas grandes piezas del cambio de ciclo sudamericano. El 4 de octubre no solo se decidirá quién gobernará el país durante los próximos cuatro años. También estará en juego qué contrapesos políticos existirán en una Sudamérica que cambió considerablemente desde 2022, qué dirección puede tomar la integración regional y qué relación establecerá la principal potencia latinoamericana con Estados Unidos y China. Más que definir simplemente el eje entre izquierda y derecha, la elección brasileña también pone sobre la mesa otro eje fundamental: autonomía o mayor alineamiento internacional. Y por el tamaño y el peso de Brasil, esa decisión tendrá consecuencias bastante más allá de sus propias fronteras.





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