Brasil define mucho más que la presidencia: el equilibrio de fuerzas que se juega este 4 de octubre

El 4 de octubre el gigante sudamericano también definirá la composición de su Congreso y las gobernaciones que condicionarán su gobernabilidad y su margen de acción como potencia regional.

El 4 de octubre el gigante sudamericano también definirá la composición de su Congreso y las gobernaciones que condicionarán su gobernabilidad y su margen de acción como potencia regional.

Las elecciones de este domingo 4 de octubre en Brasil definirán mucho más que el futuro de la presidencia del país. Los más de 158 millones de electores también deberán establecer cuál será la arquitectura política con la que tendrá que convivir el próximo gobierno, porque aunque desde el Palacio del Planalto se define buena parte del rumbo del país, la capacidad para transformar un programa electoral en políticas concretas depende también del Congreso, las gobernaciones y de una extensa red de fuerzas territoriales.

Además de presidente y vicepresidente, los brasileros escogerán los gobernadores y vicegobernadores de los 26 estados y del distrito federal, los 513 integrantes de la Cámara de Diputados, diputados estaduales y distritales y, particularmente importante, 54 de los 81 miembros del Senado Federal, es decir, dos tercios completos de la Cámara Alta.

Todas estas elecciones legislativas quedarán resueltas el domingo. Una eventual segunda vuelta del 25 de octubre solo corresponderá a la presidencia y a aquellas gobernaciones en que ningún candidato alcance la mayoría de votos válidos necesaria. Esto significa que, si Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), y Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL) terminan enfrentándose tres semanas después, ambos lo harán conociendo exactamente con qué Congreso deberán gobernar.

Lula da Silva y Flavio Bolsonaro.

Las encuestas anticipan la segunda vuelta presidencial. Datafolha registró 40% para Lula y 36% para Flávio Bolsonaro, mientras Quaest los situó en 39% y 34%, respectivamente. El último AtlasIntel/Bloomberg publicado este martes 29 de septiembre elevó a ambos y registró 45,3% para Lula y 42,2% para Flávio. Pero es en la eventual segunda vuelta donde el margen es más estrecho. AtlasIntel marcó 47,6% para Lula y 47,7% para Bolsonaro, una diferencia completamente dentro del margen de error de un punto porcentual. Otros levantamientos también han mostrado escenarios técnicamente empatados.

La disputa por el legislativo y las gobernaciones

Dado que la incertidumbre presidencial adquiere mayor importancia, conviene mirar lo que ocurra con el Senado. La Cámara Alta brasileña no solo participa junto a los diputados en el proceso legislativo, sino que posee atribuciones exclusivas que la convierten en una pieza central del equilibrio entre los poderes del Estado.

El Senado interviene en la aprobación de nombres propuestos para el Supremo Tribunal Federal, la Procuraduría General, el Banco Central y las jefaturas de las misiones diplomáticas permanentes, además de poseer atribuciones sobre eventuales procesos por delitos de responsabilidad contra altas autoridades. Por eso, lo relevante después del domingo es saber si el próximo ejecutivo encuentra una mayoría estable, una mayoría negociable o una Cámara Alta donde los bloques opositores tengan suficiente fuerza para condicionar nombramientos y decisiones institucionales.

São Paulo muestra bien esa diferencia entre una elección aparentemente más definida y otra todavía muy abierta. En la gobernación, el actual mandatario Tarcísio de Freitas, de Republicanos y aliado de Flávio Bolsonaro, registra 50% de las preferencias, frente al 30% de Fernando Haddad, del PT de Lula. Pero para las dos plazas paulistas del senado el escenario es completamente diferente. Por el campo oficialista, Marina Silva, de Red de Sostenibilidad, aparece con 15% y Simone Tebet, del PSB, con 14%. Mientras que por la oposición, Guilherme Derrite, del PP, está con 12% y André do Prado, del PL de Flávio Bolsonaro, también con 12%. Los cuatro están en empate técnico y en la pregunta espontánea todavía 61% de los votos al Senado no estaban definidos.

La Cámara de Diputados presenta una dinámica diferente, porque allí aparece con fuerza una característica histórica del sistema brasileño: la fragmentación y el peso del llamado Centrão, un amplio espacio de partidos de centro y centroderecha que no constituye una coalición única y que suele negociar con gobiernos de distinto signo. Por eso, incluso una victoria presidencial acompañada de buenos resultados legislativos seguirá exigiendo acuerdos para aprobar presupuestos, reformas tributarias, políticas sociales o grandes proyectos de infraestructura.

Para Lula, una cámara dominada por fuerzas negociadoras significaría la continuidad de un presidencialismo de coalición que ya ha marcado su actual mandato. Para Flávio Bolsonaro, incluso si el PL aumenta su representación, tampoco existiría automáticamente una mayoría subordinada al nuevo Ejecutivo. La gobernabilidad brasileña continuará dependiendo, en buena medida, de la construcción permanente de mayorías parlamentarias.

Elecciones en Brasil.

A eso se agrega el mapa territorial que dejarán las gobernaciones. En Minas Gerais, por ejemplo, Cleitinho Azevedo, de Republicanos, lidera la disputa estadual y ha declarado su apoyo a Bolsonaro, aunque el propio PL compite allí con candidatura propia. En Río de Janeiro, Eduardo Paes, del PSD, mantiene 43% en el último Datafolha y ha construido una alianza con Lula; Douglas Ruas, del PL y directamente alineado con el bolsonarismo, avanzó hasta 30%. Y en Bahía, Jerônimo Rodrigues, del PT, aparece técnicamente empatado con ACM Neto, de União Brasil.

Estos ejemplos muestran por qué sería insuficiente interpretar Brasil simplemente como un Nordeste de izquierda enfrentado a un Sur y Sudeste de derecha. Los votantes brasileños están construyendo mayorías cruzadas. El resultado puede ser un sistema político donde el presidente posea un mandato electoral nacional, pero deba convivir con gobernadores poderosos de otro signo, un senado parcialmente opositor y una cámara donde las fuerzas de centro ocupen nuevamente la llave de la mayoría. Más que una excepcionalidad, esto forma parte del propio funcionamiento federal y multipartidista brasileño.

La dimensión exterior de Brasil

Todo eso tiene además una dimensión internacional particularmente importante. Brasil es simultáneamente la mayor economía y el país más poblado de América Latina, un miembro fundador de los BRICS, protagonista del Mercosur y una potencia agrícola, energética, ambiental y diplomática con intereses vinculados tanto a China como a Estados Unidos y Europa. Pero una cosa es la estrategia exterior que quiera impulsar el presidente y otra distinta es el margen político interno que tenga para sostenerla durante cuatro años.

Una continuidad de Lula supondría previsiblemente mantener el énfasis en autonomía estratégica, BRICS, cooperación Sur-Sur, integración regional y una relación importante con China. Una presidencia de Flávio Bolsonaro ha planteado una relación distinta con Washington y mayores cuestionamientos hacia algunos componentes de esa aproximación a los BRICS.

ablero de ajedrez con piezas blancas frente a la bandera de China y piezas negras frente a la bandera de Estados Unidos, simbolizando la rivalidad estratégica entre ambas naciones.
Un tablero de ajedrez simboliza la competencia geopolítica entre China y Estados Unidos, representados por sus banderas de fondo. Foto creada por inteligencia artificial.

No obstane, independientemente de las preferencias ideológicas de un gobierno, Beijing representa un mercado fundamental para las exportaciones brasileñas, especialmente para sectores como soja, mineral de hierro, petróleo y otros productos vinculados al poderoso agronegocio.

Al mismo tiempo, Estados Unidos sigue siendo un socio político, financiero, tecnológico y comercial fundamental. Gobernadores del Centro-Oeste vinculados a la producción agrícola, autoridades de estados industrializados como São Paulo o Minas Gerais y bancadas parlamentarias asociadas a esos sectores poseen intereses propios que pueden limitar cambios abruptos en la orientación externa del país. Lo mismo ocurre con la Amazonía, el financiamiento climático, la infraestructura continental, los corredores bioceánicos y la integración energética, donde las decisiones federales requieren muchas veces coordinación con actores subnacionales.

Por eso, las elecciones brasileñas de este domingo no deberían observarse solamente como el primer capítulo de una disputa presidencial que eventualmente concluirá el 25 de octubre.

El 4 se decidirá una parte sustancial de la estructura de poder que gobernará Brasil durante los próximos cuatro años. El Senado definirá importantes contrapesos institucionales, la Cámara mostrará cuánta capacidad tendrá cada Ejecutivo para construir mayorías y las gobernaciones revelarán cómo se distribuye territorialmente el poder político y económico.

Si existe segunda vuelta, el día 25 terminará de conocerse quién ocupará el Palacio de Planalto dentro de esa estructura. Y de la relación entre ambas decisiones dependerá no solo la gobernabilidad interna del país, sino también cuánto margen tendrá Brasil para actuar como una potencia regional con autonomía en un sistema internacional cada vez más competitivo, fragmentado y en transformación.





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