Llevo varias semanas leyendo reescrituras contemporáneas de la mitología griega, tratando de entender por qué seguimos volviendo a historias cuyo final conocemos desde hace miles de años. Y anoche, coincidentemente, llegué al estreno de “Furias”, obra escrita por Manuela Oyarzún y dirigida por Víctor Carrasco que acaba de iniciar su temporada en el GAM. Y ahí estaba, otra vez, Casandra.
Casandra es uno de esos personajes que parecen destinados a seguir regresando y ya veremos por qué su historia sigue siendo contingente. Hija de los reyes de Troya, recibe de Apolo el don de la profecía y también su condena: podrá ver lo que otros no ven, podrá advertir lo que va a ocurrir, pero nadie creerá en su palabra. Según distintas versiones del mito, Casandra rechaza sexualmente a Apolo después de recibir de él el don de la profecía y el dios la castiga haciendo que nadie crea en aquello que anuncia.
Ese detalle me parece fundamental. Casandra no solo encarna la tragedia de saber y no ser escuchada. Su capacidad de ver queda ligada desde el comienzo al castigo por su insumisión. Es una mujer que dice que no y un hombre con poder que se asegura de que, desde ese momento, su palabra pierda valor.
En uno de los momentos de “Furias”, Casandra dice una frase que me parece clave para entender este relato: “La historia ha sido muy injusta con la actividad profética de la mujer”. Me interesa pensar esa actividad profética más allá de la capacidad sobrenatural de anticipar el futuro. Pensarla también como la posibilidad de mirar de otra manera, de percibir aquello que permanece fuera del campo de visión de los demás. Y preguntarnos qué ocurre cuando esa mirada pertenece a una mujer y contradice aquello que su época ha decidido considerar razonable, verdadero o conveniente.
“Furias” hace viajar a Casandra por distintos momentos. Francisca Gavilán encarna sucesivas versiones de esta mujer mientras Francisco Pérez-Bannen interpreta a las figuras masculinas de autoridad con las que se encuentra. En los años cincuenta es una mujer que escucha voces y cuya percepción debe ser reconducida por un psiquiatra hacia aquello que él considera realidad. Décadas después es una científica que estudia lechuzas y comienza a cuestionar los experimentos a los que son sometidas, enfrentándose esta vez a las lógicas económicas que sostienen la investigación. Finalmente llegamos a la puesta en escena de una ópera, donde la discusión se desplaza hacia la representación y hacia las historias y maneras que decidimos seguir contando. Cambian los escenarios, cambian los discursos, cambian las formas de autoridad, pero permanece una pregunta: ¿quién decide cuál es la mirada correcta?
Las lechuzas atraviesan toda la obra. No parece casual que sea justamente este animal, asociado desde la antigüedad con Atenea, con la sabiduría y con la posibilidad de ver en la oscuridad, el que acompañe a estas distintas Casandras. Una y otra vez ella intenta liberarlas, protegerlas o hacerles justicia. La propia presentación del montaje las describe como aves nocturnas, sabias y que no se dejan domesticar. Hay algo muy sugerente en esa imagen: una mujer a la que durante siglos hemos recordado porque veía aquello que los demás no podían —o no querían— ver, tratando de liberar a un animal capaz de mirar en la oscuridad.
También por eso me resultó interesante el trabajo audiovisual de la puesta en escena. Carrasco incorpora cámaras que registran lo que ocurre sobre el escenario y nos permiten observar simultáneamente cuerpos, rostros y acciones desde perspectivas diferentes. No existe una sola posición desde la cual mirar. El dispositivo nos obliga, literalmente, a mover el punto de vista. Y quizás sea eso lo que más me interesa de Furias: la invitación a descentrar la mirada.
Porque descentrar la mirada no consiste solamente en cambiar el lugar desde el cual observamos. También significa preguntarnos por qué algunas perspectivas han sido históricamente consideradas centrales y otras han debido luchar para ser reconocidas como legítimas. Durante siglos hemos tenido palabras para nombrar a las mujeres cuya percepción incomoda: locas, histéricas, exageradas, furiosas. Casandra carga con una genealogía especialmente cruel: tenía razón y, sin embargo, la historia la convirtió en la imagen de aquella mujer a la que nadie escucha.
Ahí aparece también el sentido del título. Las Furias romanas, Erinias para los griegos, eran divinidades antiquísimas encargadas de perseguir las transgresiones que quebraban un orden fundamental, especialmente los crímenes de sangre. En Las Euménides, última parte de la Orestíada de Esquilo, forman el coro que persigue a Orestes después de que éste asesina a su madre, Clitemnestra. Su furia no es un enojo descontrolado: nace de la convicción de que existe una injusticia que no puede quedar sin respuesta. En la obra de Oyarzún, esa idea del coro reaparece alrededor de Casandra y de su búsqueda de justicia para las lechuzas. Y entonces el encuentro entre estas figuras mitológicas comienza a tener otro sentido. Casandra ve aquello que otros se niegan a reconocer. Las Furias insisten en que aquello que ha sido violentado exige reparación.
Ver. No someterse. No ser creída. Insistir. Buscar justicia.
Salí del teatro con imágenes y preguntas que continuaron trabajando después de la función. Y esa me parece siempre una buena razón para escribir sobre una obra. También una buena razón para seguir yendo al teatro. Porque encontrarnos con una obra no consiste necesariamente en hallar respuestas que compartamos ni en salir de la sala deslumbrados. A veces algo bastante más interesante ocurre después: una imagen se queda con nosotros, una frase reaparece al día siguiente, una historia que creíamos conocer se cruza inesperadamente con nuestro presente. Y entonces, casi sin darnos cuenta, nos hemos movido un poco del lugar desde el cual acostumbrábamos mirar.





